Cada julio es lo mismo, no puedo evitarlo. Ya ni lo intento. Son los poderosos ciclos, implacables. Cuando era niña me asustaba porque, para sacarme de la ducha donde me encantaba permanecer horas, mi abuela me decía me estaba haciendo viejita y me enseñaba las yemas de mis dedos arrugadas por el efecto del agua.Entonces salía corriendo. No, no, no. No quería ser una anciana prematura de cinco años. Otras veces me asustaba sacándose la dentadura. O diciéndome que un día el pelo se me pondría blanco, moría de miedo cuando la escuchaba roncar en las noches como si tuviera un temible jaguar dentro de su diminuto cuerpo. Sus rugidos y las imágenes del aterrador rosario que nos habíamos recetado antes de ir a la cama me tenían en una ansiedad constante. Pinche abuela cabrona. Pero qué divertida era. Cómo extraño ese estado alterado de conciencia que era pasar los días con ella.

Esta mañana me preparé un té con el agua en ebullición. Mis hermanos y yo heredamos de ella el insalubre hábito de tomar las bebidas calientes hasta lo imposible, tenemos lengua de asbesto, como ella misma decía.

Me preparé el té y pensé “abuela”. Y julio. Y que me pongo a llorar. Pues sí, aquí su plañidera de confianza no desperdicia la ocasión.

Para mí julio será siempre la muerte de mi abuela y con la edad no hago sino tratar de acercarme más a esa mujer determinante en mi identidad. Me descubro hablando con mis libros tal y como ella hablaba con sus plantas. Me descubro repitiendo sus frases, sus modos de cabrona irredenta, su amor duro y agudo, su indiferencia letal, repasando sus historias de mitómana consagrada, anhelando su lucidez inaudita.

Esa mujer me enseñó, con las palabras más sencillas, las mejores lecciones de mi vida. Una que atesoro en el alma y que me va revelando cada vez más significados, está contenida en esta frase: “ya veremos”. Luego de pasar los veranos con ella, a veces paraíso y otras tormento, invariablemente llegaba el día de despedirnos. Yo me acongojaba pensando que la abuela se quedaría sola, a sus sesenta y tantos me parecía Tutankamón momificado, ¿cómo podía arreglárselas para estar en esa casa sola, en aquel remoto pueblo michoacano alejado de esta pasarela de modernidad?

Despedirme de ella me dejaba con el corazón preocupado. Fui una niña en constante ansiedad, no podía evitar ver las pequeñas y grandes oscuridades del mundo sin sentir que me concernían. Así que insistía en preguntarle cuándo volveríamos a vernos, qué haría cuando se quedara sola. Siempre contestaba lo mismo: ya veremos.

Luego contemplaba su figura de bocadito empequeñecer aún más mientras yo me alejaba en el camión que me traía de regreso a esta gran y caótica ciudad. Pero ese “ya veremos” me tranquilizaba. Pronto noté que también mi madre lo decía.

Ya veremos implica un futuro. Implica que el tiempo juega a favor. Implica que lo que veremos, lo veremos juntos.

Los trucos de mago de mi abuela eran muchos, mi favorito era verla tocarse la nariz con la punta de la lengua y quedarme horas intentándolo hasta que el cansancio me hacía desistir.  Pero lo suyo eran las palabras. Torcerlas, jugar con ellas, dotarlas de un montón de significados, tragárselas y regurgitarlas convertidas en otra cosa.

¿Se habrá enterado mi abuela de la narradora que era? ¿de su dominio del lenguaje, de su capacidad lúdica? Mi abuela que apenas podía escribir su nombre.

La última vez que la vi en su pueblo fue el año 2006 y nunca más volví porque a partir de entonces su salud empezó a deteriorarse y la tuvimos aquí, en la gran capital.

Aquella última ocasión, frente a esa misma casa, de pie sobre su pequeño cuerpo —apenas un destilado de sí misma—, no dijo ya veremos, esa mañana me dijo adiós, mi amor.

Y hoy quería decirle que sigo repasando las lecciones, que algunas no las aprendí tan mal, que “ya veremos” es mi remanso y mi certeza.

 

@AlmaDeliaMC