Alma Delia Murillo: La senda del perdedor y otra cerveza


“Hay que comer con la mano derecha. Pensar con el hemisferio izquierdo. Enamorarse con el derecho. Triunfar con el dedo medio”. Foto: Especial

Mis padres querían ser ricos, así que se imaginaban ser ricos.

Esa demoledora frase, que bien podría representar a toda la clase media posmoderna, es de Bukowski. El maldito, el viejo indecente, el que hizo bien al morirse en 1994 y no alcanzar estos tiempos de sequía emocional donde desde la razón es mandatorio ser buenitos, triunfadores, políticamente correctos y secuestradores del alma humana con todas sus posibilidades en nombre de la corrección política.

Bukowski, me atrevo a decir, habría corrido el mismo destino que Marcelino Perelló en esta feria de neurosis dosmilera. Bendita la hora.

En la primera parte de “Peleando a la contra” (Anagrama, 1997), Charles arranca con relatos de su infancia donde fabulosos caballos blancos lamen la escarcha del sueño. Me detuve largo rato sobre este párrafo: “Dos personas mayores peleándose, gritando. Gente comiendo. Gente siempre comiendo. Yo también. Mi cuchara estaba doblada de tal forma que si quería comer, tenía que cogerla con mi mano derecha. Si la cogía con la izquierda, se apartaba de mi boca. Yo quería cogerla con la izquierda”.

Hay que comer con la mano derecha. Pensar con el hemisferio izquierdo. Enamorarse con el derecho. Triunfar con el dedo medio.

Llámenme ridícula, pero bien pensado, es escalofriante que por generaciones nos hayamos empeñado (y sigamos haciéndolo) en mutilar las funciones de nuestro maravilloso cerebro porque la sociedad de triunfadores tiene reglas para todo.

Vuelvo a Bukowski, nunca me fui de él en realidad: la brutal impudicia con la que escribió sobre sexo y carnalidad, la exposición dolorosa de sus miserias y pulsiones—y las nuestras— siempre en sujeción para sobrevivir perdedores a medias en un régimen de exitosos a medias. Qué devastador pensar que perseguimos con tal empeño la medianía de un lado y otro de la frontera. Entre una línea y otra de los hemisferios cerebrales.

La lucidez de Bukowski, como la de Cioran, es una herida. Un tormento. Una punzada que necesitaba aligerarse con cerveza. Ni modo que no.

Hay que leerlo de nuevo, créanme que hace sentido y estrena nuevas resonancias en tiempos como los que corren. Muy cabrón.

Sé que a más de uno (o una) le parecerá que estoy haciendo apología de un personaje que hoy representa al heteropatriarcado criminal, el falocentrismo letal y a toda esa asquerosa cosa de la que tanto renegamos y que se llama animalidad. Como sigamos a palos contra nuestro pobre animal interior terminará por abandonarnos. Y entonces sabremos.

Renieguen pues los ofendidos, que aquí hay sitio para todos.

Pero como dice el editor de Black Sparrow Press: “Mientras sigan existiendo lectores inteligentes e intrépidos, ni la obra ni la vida de Bukowski podrán caer en el olvido”

Antes de terminar, doy cuenta de una preciosa sincronía. Húmeda y preciosa, como las lenguas rojas que babeaban desde las almas de los caballos de Charles. Hoy, dice ese demonio llamado internet, es día de la cerveza. No lo sabía, lo descubrí a la mitad de este texto. Pues que sea a la salud de ese binomio —ridículo y obvio para algunos, que agradecemos otros— que fue Charles Bukowski y una de sus bebidas predilectas.

Destilado el tema en uno de sus propios versos.

“Quédate con la cerveza.
la cerveza es sangre continua
una amante continua”