Ana Cristina Vélez: Hacer un catálogo para indexar la vida


Codex Borbonicus, tomado de Wiki.

En unos pocos decenios, la complejidad de la vida de una persona común ha aumentado significativamente. La complejidad entendida como la cantidad de información que cada uno debe manejar, usar, tener presente y recordar. Aunque nos ayudamos con muchos artificios y herramientas como el teléfono celular, las libretas, el computador o simplemente papelitos, muchos de los datos no podemos dejarlos anotados ni en el computador ni en el teléfono inteligente, debemos llevarlos en la mente.

En la lista enorme de información y pensando solo en la lista de obligaciones tenemos que recordar cómo pagamos y cuándo se vencen las cuentas de EPM, Tigo-Une, Fonvalmed, Claro, Tarjetas de crédito, IVA, predial, impuesto de renta, impuestos de auto, revisión técnico-mecánica, SOAT, semaforización, impuestos nacionales, seguros médicos, seguros de vida, seguros de robo y de catástrofes, administraciones de vivienda, pagos de colegios, de trasporte escolar, de universidades, cursos, clases, etcétera.

Luego viene la lista de los números de las cuentas, los usuarios y las claves de los correos electrónicos, del teléfono, del Ipad, de las cuentas con las que pagamos la lista del párrafo anterior, de las tarjetas de crédito y débito, de las claves del reloj, del Dropbox, de las páginas sociales, del WiFi, de Instagram, Twitter, Facebook, Amazon, Skype, de las aplicaciones, del iCloud, del laboratorio médico, Life miles o semejantes, Netflix, Puntos Colombia (y que el lector agregue los que me faltan).

Así que se vuelve necesario tener un archivo (y con respaldo) con una lista ordenada y por capítulos de los distintos asuntos con los que debemos lidiar cada día, cada mes, cada año, por fechas, por índice alfabético, por rutinas, por clase, tipo o contenido.

Además, debemos recordar cómo manipular los aparatos electrónicos, el escáner, la impresora, la cámara fotográfica, la lavadora, el horno microondas, las opciones infinitas de los teléfonos, los distintos software del computador. Para los jóvenes es más fácil, pues están habituados al lenguaje de estas tecnologías; en cambio, las personas mayores no lo están, y los muy viejos son como los loros: no aprenden a hablar; o sea, les queda muy difícil aprender estos lenguajes y solo lo hacen de manera muy precaria.

Es verdad que la conexión a Internet nos ahorra un tiempo que antes perdíamos haciendo filas, para resolver todo lo que he mencionado pero, aun así, la complejidad de la vida ha aumentado indudablemente, y empezamos a sentir que tenemos que, no solo indexar la vida misma, sino además hacer algo parecido a lo que hicieron en Macondo, para memorizar los objetos y los sentimientos. Y hacerlo a tiempo, antes de llegar al caos, pues en una realidad imaginaria (como lo temía García Márquez) ya hemos sucumbido.

De Cien años de soledad:

“Fue Aureliano quien concibió la fórmula que había de defenderlos durante varios meses de las evasiones de la memoria. La descubrió por casualidad. Insomne experto, por haber sido uno de los primeros, había aprendido a la perfección} el arte de la platería. Un día estaba buscando el pequeño yunque que utilizaba para laminar los metales, y no recordó su nombre. Su padre se lo dijo: «tas». Aureliano escribió el nombre en un papel que pegó con goma en la base del yunquecito: tas, Así estuvo seguro de no olvidarlo en el futuro. No se le ocurrió que fuera aquella la primera manifestación del olvido, porque el objeto tenía un nombre difícil de recordar. Pero pocos días después descubrió que tenía dificultades para recordar casi todas las cosas del laboratorio. Entonces las marcó con el nombre respectivo, de modo que le bastaba con leer la inscripción para identificarlas. Cuando su padre le comunicó su alarma por haber olvidado hasta los hechos más impresionantes de su niñez, Aureliano le explicó su método, y José Arcadio Buendía lo puso en práctica en toda la casa y más tarde lo impuso a todo el pueblo. Con un hisopo entintado marcó cada cosa con su nombre: mesa, silla, reloj, puerta, pared, cama, cacerola. Fue al corral y marcó los animales y las plantas: vaca, chivo, puerco, gallina, yuca, malanga, guineo. Poco a poco, estudiando las infinitas posibilidades del olvido, se dio cuenta de que podía llegar un día en que se reconocieran las cosas por sus inscripciones, pero no se recordara su utilidad. Entonces fue más explícito. El letrero que colgó en la cerviz de la vaca era una muestra ejemplar de la forma en que los habitantes de Macondo estaban dispuestos a luchar contra el olvido: Esta es la vaca, hay que ordeñarla todas las mañanas para que produzca leche y a la leche hay que hervirla para mezclarla con el café y hacer café con leche. Así continuaron viviendo en una realidad escurridiza, momentáneamente capturada por las palabras, pero que había de fugarse sin remedio cuando olvidaran los valores de la letra escrita.”