Ana Cristina Vélez: Se ha vuelto difícil prestar atención a la vida real


La tecnología ha creado una vida en la que uno está constantemente bombardeado por información, noticias, llamadas, tuiters, comentarios, videos, textos e imágenes. Cada página virtual y cada artefacto tecnológico alerta, llama, quiere vender o decir algo. La información consume mucha parte de la atención y por tanto empobrece la atención en el trabajo, en las relaciones, en la vida diaria y sobre uno mismo. La atención consciente o atención plena es algo que algunas personas casi nunca experimentan. Incluso, ocurre que las personas se sienten molestas sin darse cuenta de que lo están, o comen sin pensar en que comen, sin ser conscientes sobre qué, cómo y cuánto comen. El placer de comer se da, pero de cierta manera se hace imperceptible cuando la persona ve televisión o lee el periódico mientras lo hace. Hay algo triste en el hecho de vivir sin hacerlo consciente. Así la vida se pasa, como si nada, sin que nos demos cuenta.

Si esta es la relación consigo mismo, es posible imaginar que la relación con los demás es todavía más pobre en atención. Muchos hijos se quejan de que sus padres no prestan atención cuando ellos hablan, muchos se quejan de sus parejas por la misma razón. Ha circulado en internet una fotografía que se llama la visita a la abuela. La abuela mira a sus parientes mientras todos ellos están distraídos con el teléfono celular (da risa pero así es). Hay otra fotografía, genial, de unos niños visitando el famoso cuadro de Rembrandt, La ronda de la noche. Ninguno de ellos presta atención al cuadro. De nuevo, todos están inmersos en la red. Y así, cada vez es más común ver parejas de novios en un restaurante, cada uno loco de amor, pero por su lado.

Casi nadie sabe cuántas veces al día revisa el teléfono, el correo electrónico o Facebook (los adolescentes chatean en promedio cien veces al día). Si se piensa bien, es una tristeza que la búsqueda de información se superponga sobre la experiencia real de la vida y la aniquile. Definitivamente, es importante ser conscientes de esta realidad y tomar medidas con nosotros mismos y con nuestros hijos. Los jóvenes son flexibles, sus cerebros son frescos y listos para aprender; es lamentable que les parezca normal vivir desconcentrados y físicamente aislados. Es enriquecedor prestar atención a los demás y a las propias emociones; valioso, ser capaces  de reconocer los caminos que desvían y alejan de las metas, y,  necesario, saber ignorar el canto de tantas sirenas.

Hay dos formas de distracción para con los otros: sensorial y emocional. En la sensorial, no percibimos la postura, los movimientos del cuerpo y los gestos de la cara del otro. Vale la pena saber que las personas que se aplican botox en la cara pierden la capacidad de entender los gestos, pues al estar paralizados para hacer microsimulaciones musculares, no pueden comprender el contenido emocional de la cara que miran (los músculos de la cara tienden a simular las gestos de la cara con la que se interactúa. Es necesario entender emocionalmente los propios gestos para entender los de otros). La distracción emocional ocurre cuando, aunque percibimos al otro, no somos capaces de entender lo que siente. Esto es empatía. La empatía se encarga de que las sociedades funcionen. Sin la capacidad de ponerse en los zapatos del otro, no se tiene el impulso de querer cambiar las circunstancias de aquellos que la están pasando mal. Sin la atención sensorial no hay atención emocional. Si se está distraído, no importa que se desee tener buenas relaciones con los demás, y lo más probable es que se los pase por alto.

En la pelea que hay que dar para ganarle a las consecuencias malas de las herramientas buenas es necesario hacer pactos con uno mismo y con los otros. Tomar medidas, como poner horarios y definir las circunstancias de uso. A veces es necesario guardar el teléfono y las pantallas en un cajón hasta que se decida racionalmente cómo usarlos.