Andrés Reynaldo: La Guerra Civil Fría


El senador Bernie Sanders (independiente por Vermont) se dirige a la votación sobre la reforma fiscal, el 20 de diciembre, en WashingtonTasos Katopodis Getty Images

A mí no me importaba Donald Trump. En mi libro, era un excéntrico ricachón con unos edificios demasiado convencionales para mi gusto y unos hoteles demasiado caros para mi bolsillo. Le presté alguna atención cuando puso en tela de juicio el certificado de nacimiento de Barack Obama. Lo cual me pareció, y sigue pareciendo, disparatado. Ni siquiera había visto The Apprentice.

Cuando Trump apareció en la lista de los candidatos republicanos, lo di por perdido. En mi privada lista independiente estaban Jeb Bush, Marco Rubio y John Kasich. Para emergencias, Hillary Clinton. En el peor de los casos, pensé yo, si Hillary viniera a ser un tercer período de Bill Clinton el país probablemente volvería a moverse hacia el centro. Por supuesto, era una opción aprensiva. Hice, como muchos otros, la misma apuesta por Barack Obama. Ya vimos los resultados.

Entra en escena, entonces, Bernie Sanders. El actual espíritu de los tiempos (un académico picúo diría el Zeitgeist) mostró su trágica dimensión bicéfala. Sanders y Trump representan los dos bandos decisivos en lo que Angelo Codevilla califica como nuestra “Guerra Civil Fría”. El respectivo rechazo de las elites demócratas y republicanas viene de un principio de conservación típico de las guerras civiles: tratar de sobrevivir al conflicto agazapado en el medio. Lo cierto, lo históricamente comprobado, es que a la larga ese medio es barrido por uno, si no por dos, de los bandos. Mientras los demás creíamos presenciar el habitual espectáculo electoral, Sanders y Trump estaban armando campamento en un nuevo territorio.

Esta Guerra Civil Fría apenas ha comenzado. Trasciende, además, a Sanders y Trump. No hay manera de ignorarlo. En algunos frentes, la batalla está casi perdida para los conservadores. La acción afirmativa, la autovictimización de las minorías y el multiculturalismo han apartado el currículo de la escuela y la universidad de su natural raíz grecolatina y judeocristiana. El legado clásico se encuentra en las catacumbas. Estúpidamente, demagógicamente, se ataca a la cultura occidental como una perversa construcción del hombre blanco. Como si Occidente no fuera el fruto maravilloso de un gran mestizaje, decantado por los valores de Grecia y Roma. Se cierran cátedras sobre Shakespeare y se abren institutos para estudiar las más insustanciales, caprichosas seudodisciplinas de la panoplia minoritaria. Las editoriales han comenzado a contratar “lectores sensibles” que expurguen las obras de cualquier contenido políticamente incorrecto. (Ver In an Era of Online Outrage, Do Sensitivity Readers Result in Better Books, or Censorship?The New York Times, diciembre 24, 2017). De este modo, dice Francine Prose, Shakespeare no hubiera podido publicar Otelo. Ya en las aulas de los estudios hispanos en Estados Unidos y Gran Bretaña han comenzado a alzarse las voces feministas contra la misoginia del Quijote. Vivimos ya bajo la censura de las utopías totalitarias.

Para el hombre culto esto constituye la muerte de la inteligencia, la degradación del saber como principio normativo de la humanidad, la degradante tabla rasa de las obras, los caracteres y las civilizaciones. A su vez, el hombre común intuye la catástrofe bajo el cotidiano asedio de los medios, la academia y las instituciones cooptadas por el terror multiculturalista contra su Dios, su costumbre, su origen, su ética y, sobre todo, su sentido común.

A mí no me importaba Trump. Hasta que vi junto a la tribuna de Sanders los íconos del odio, las banderas del resentimiento, la ignorancia y la embriaguez igualitaria. Ya no se trata de un fenómeno marginal. La barbarie está tocando a mi puerta. No, en esta guerra civil no me voy a quedar en el medio.