Antonio Vélez: Altruismo recíproco


 

Jacques Louis David

Richard Dawkins propone que, dado que el egoísmo es una característica tan arraigada en todo humano, debemos crear políticas egoístas que inciten a los individuos a la acción. Por ejemplo, crear alianzas de mutuo beneficio, o compartir utilidades. No olvidemos que cada vez que los grandes líderes de la historia han tratado de unir un grupo, han usado su carisma para llevar a la gente a pensar en el colectivo como si fuese una gran familia, y han manipulado las emociones de los individuos para que dirijan sus esfuerzos hacia el bien común. Para ello se han valido de recursos sicológicos, como el de usar términos que unen: hermanos, camaradas, socios…

Es conveniente señalar en este punto una forma de altruismo recíproco observada en muchos pueblos, notable porque parece calculada usando medios estadísticos avanzados: Las gentes comparten aquellos alimentos en los que el éxito de conseguirlos tiene una varianza alta; los de varianza baja se guardan. Por ejemplo, la pesca es muy variable día a día. Hoy pesco más de lo que soy capaz de consumir, pero mañana puedo llegar con las redes vacías. La pesca, en consecuencia, es una actividad de éxito variable, con una varianza muy alta; en otras palabras, la pesca es muy incierta. Entonces me conviene regalar los excedentes de hoy para recibir mañana los de mi vecino. Y en efecto, así ocurre en los pequeños pueblos de pescadores. La caza es más incierta aun. Robert Wright se atreve a afirmar que “compartir la caza mayor se hace más porque se trata de una actividad altamente aleatoria, que por el peligro de perder lo que no se coma de inmediato”.

Caridad Romana (Gaspar de Crayer)

Y como el altruismo recíproco funciona relativamente bien, es recomendable echar mano de él con el fin de organizar inteligentemente las sociedades. Toda la estructura social básica está construida alrededor de las necesidades emocionales. Recordemos que para controlar el funcionamiento del altruismo recíproco venimos programados con sentimientos especiales, como el de mantener los ojos bien abiertos sobre los que trampean y no devuelven los favores, sumado a la rabia y disposición a castigarlos con severidad y a denunciarlos públicamente. Cicerón decía, con gran sentido común, que no hay deber más importante que el de devolver los actos bondadosos, pues los hombres desconfiamos de los que olvidan los beneficios recibidos. Desconfiamos de los desagradecidos, y los odiamos.

Encuentro de Alejandro Magno y Diógenes (Gaspar de Crayer)

Disponemos también de emociones desagradables que nos fuerzan a reciprocar, como la ansiedad, la desconfianza, la culpabilidad y la vergüenza. El altruismo recíproco está sostenido por dos sentimientos de signos contrarios: indignación del altruista si no se le devuelven el favor, y culpabilidad del beneficiado si no lo devuelve. Sin proponérnoslo llevamos una especie de contabilidad mental, aunque sesgada a favor nuestro, de todos los favores recibidos y de los que nosotros hemos realizado. Los primeros, de cierta manera molestan, nos esclavizan hasta que creemos haber satisfecho la deuda, acción que tiene el efecto de liberarnos. Y sentimos un gran disgusto si pasa el tiempo y no recibimos ninguna compensación por los segundos. Todo esto ocurre en un plano irracional, no consciente, y llega a extremos desmedidos, como la rabia que nos da un favor menor –dar la hora, por ejemplo– no correspondido siquiera con un “gracias”, en apariencia inútil. Si repetidamente invitamos a comer a un amigo, y este se muestra olvidadizo en corresponder a nuestras atenciones, de inmediato lo incluimos en la lista negra, y de ese momento en adelante evitaremos por todos los medios nuevas invitaciones. Estos cálculos mentales parecen mezquinos y vergonzosos, por lo que más de uno estaría dispuesto a negarlos, pero son universales de la conducta humana, y ocurren aunque tratemos conscientemente de evitarlos, lo que demuestra su claro origen genético. No se pueden desaprender.

El biólogo Robert Trivers cita un principio económico llamado Teorema popular de los juegos repetidos, descubierto de manera independiente por varios expertos de la teoría de juegos, de tal modo que no tiene padre. El teorema afirma que las interacciones repetidas pueden servir como contrato efectivo para mantener la cooperación. Y que cualquier beneficio mutuo que dos individuos acuerden otorgarse por medio de un contrato formal puede mantenerse si los individuos interaccionan con frecuencia. Los sicólogos evolutivos conjeturan que el altruismo recíproco prospera cuando las partes implicadas se reconocen, interactúan con frecuencia, los costos implicados son bajos, se lleva alguna cuenta de los favores otorgados y existen acuerdos mutuos.

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