Antonio Vélez: Cerebro y vejez


RimbaudCon el paso de los años, el cerebro se encoge y se llena de fluido, y entre los 20 y los 90 años pierde de un 5 a un 10% de su peso. La muerte cerebral es en realidad una masacre: se mueren entre 30.000 y 50.000 neuronas por día. A los 65 años se ha perdido un décimo de las neuronas que se tenían en la juventud, y con ellas, conexiones sinápticas, recuerdos y comportamientos programados. La memoria a corto plazo es la que más rápido se estropea. Sin embargo, cuando se deterioran las neuronas, algunas de sus vecinas producen nuevos axones o alargan las dendritas. También, por medio del aprendizaje, las neuronas enriquecen sus conexiones sinápticas, y la red se vuelve más tupida.

Con la edad, sólo sufre daño notable una región, el locus coeruleus, y sucede alrededor de los 65 años de edad, cuando muere el 45% de sus células nerviosas. Así explican la dificultad de conciliar el sueño en las personas mayores. Con la vejez, las áreas motrices de la corteza frontal pierden entre el 20 y el 50% de las neuronas, y en la corteza occipital, la pérdida es del 50%. En cambio, en la corteza prefrontal, que rige las decisiones y el buen juicio, prácticamente no hay pérdida. Existe un problema adicional: los receptores de dopamina, sustancia asociada con las sensaciones de placer y recompensa, empiezan a disminuir, lo que puede conducir a la depresión.

Al principio, las pérdidas no son muy notorias, pues la plasticidad del cerebro permite compensar la pérdida activando otras áreas. Y aunque sobreviven las neuronas, sus conexiones se deterioran. La inteligencia, medida con los tests, alcanza su máximo entre los 18 y los 25 años; sin embargo, hay una compensación: el cerebro posee a los 60 años muchísima más información que la que tenía a los 20. Son más sabios los viejos.

Tanto en el envejecimiento normal como en el patológico, la alteración cognitiva más común es el deterioro de la memoria, debido a la pérdida de neuronas en zonas estratégicas como el hipocampo, lugar fundamental para procesar los recuerdos. Y con ello se producen alteraciones significativas en el funcionamiento social y laboral, pues la memoria es esencial para multitud de aspectos de la vida diaria, y sus fallas afectan las decisiones y el aprendizaje. En la época moderna, el deterioro de la memoria se vuelve más crítico, debido al evidente incremento de la expectativa de vida. En particular, la demencia senil y los trastornos cognitivos se han vuelto un problema importante de salud, por su frecuencia y por su transcendencia en la calidad de vida de los afectados.

El envejecimiento del cerebro parece castigar con preferencia el análisis agudo. En ciencias, rara vez un anciano ha hecho una contribución importante; no obstante, en otras actividades intelectuales los años pasan sin hacer tanto daño. Los escritores y artistas, por ejemplo, como los vinos, mejoran con los años. Pasados los 80, Sófocles escribió Edipo en Colono, Verdi compuso Falstaff, Tolstoi escribió Guerra y paz y Goethe terminó Fausto. Miguel Ángel acabó el Juicio Final a los 70, Bertrand Russell escribió Sociedad humana: ética y política a los 82, y Frank Lloyd Wright diseñó el Museo Guggenheim a los 88 años. Pablo Picasso estaba en plena creatividad cuando pasó por los 80, mientras que Bernard Shaw escribió varias obras después de los 90.

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Tolstoi

En el campo de la política los años cuentan, pero a favor. Tal vez la madurez y la experiencia contribuyan a producir gobernantes más equilibrados y justos, pues pesan bastante el conocimiento y la sabiduría que proporcionan las canas. En matemáticas y física, los años son agresivos: pasada cierta edad, el talento parece menguar bastante. Pero consolémonos: el matemático Leonhard Euler produjo más de 300 artículos después de los 60, y el austriaco Leopold Vietoris, para ejemplo inigualable, escribió su último trabajo a los ¡103 años de edad!

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Pablo Picasso

No obstante lo triste que le resulta al viejo saber que su mente ya no es la que era, no todo es pérdida. Las habilidades que se van perdiendo son las que constituyen lo que un neurólogo llamó “inteligencia fluida”: resolver problemas y reconocer patrones visuales, matemáticos y de lenguaje. La compensación es que al mismo tiempo se va construyendo la “inteligencia cristalizada“, que se basa en la experiencia personal, y constituye lo que llamamos sabiduría.

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