Aprender de Alemania o de Francia


De entre las fotos que distribuían ayer las agencias internacionales, destacaban dos: los líderes alemanes firmando ayer la gran coalición y el presidente de Francia de visita en Córcega haciendo frente a un problema de nacionalismo que puede ir a más en los próximos meses. Mientras tanto, en España, las imágenes más vistas eran los choques electorales entre los líderes políticos de un lado y de otro, cuando no se prevé que haya elecciones a corto plazo.

Es verdad que criticar a los políticos es el deporte nacional español. Pero en días como ayer, esa crítica sale de oficio; por puro contraste. Alemania ha conseguido formar un Gobierno de coalición entre el centro derecha y el centro izquierda, con enormes dificultades y “concesiones dolorosas” (en palabras de Angela Merkel), que no solo garantizará la estabilidad y la prosperidad del país, sino que allanará el camino a las reformas que necesita la Unión Europea. Ambos partidos saben que esta nueva convivencia de cuatro años les puede volver a pasar factura en las siguientes elecciones, pero han optado por elegir lo mejor para su país.

En España, pasa lo contrario. La política está bloqueada porque los cuatro grandes partidos solo piensan en las próximas elecciones (que no se celebrarán hasta 2019) y tiemblan cada vez que sale una encuesta nueva. El espectáculo de ayer en el Parlamento, con el duro enfrentamiento entre Mariano Rajoy y Albert Rivera por la cuestión catalana, era descorazonador (¿no están en el mismo bando?). El líder de Ciudadanos anda hiperventilando desde que los sondeos le han hecho presidenciable y ha decidido atacar al Gobierno y al PP como si estuvieran las elecciones convocadas. Y, claro, en Génova han decidido ir a degüello contra él.

Del viaje de Emmanuel Macron a Córcega para afrontar el desafío nacionalista, se deduce un fuerte sentimiento de impotencia al compararlo con la gestión de la cuestión catalana realizada por Rajoy en los últimos años. Tampoco tiene desperdicio la designación por el Gobierno de Luis de Guindos como candidato a vicepresidente del Banco Central Europeo, sin negociación alguna con la oposición y sin prueba alguna de idoneidad. Con ese estilo político, seguiremos perdiendo influencia en Europa.

El martes, en la reunión de editoriales de EL PAÍS, un compañero muy experimentado explicaba muy bien el nivel de la política española actual: “es como un vuelo gallináceo que no termina de despegar”.