Ariel Hidalgo: ¿Valió la pena?


Una muchedumbre hace fila para rendir tributo al difunto líder Fidel Castro en la Plaza de la Revolución, en La Habana, el 28 de noviembre del 2016. La revolución de Castro deja un saldo de penurias económicas y represión política. Ramón Espinosa AP

En pocos días algo que han llamado “revolución” cumplirá 59 años de existencia.

Se ha afirmado, con datos más que suficientes, que Cuba era el país de América Latina que menos necesitaba una revolución por sus avances económico-sociales y culturales. Cierto que existía un alto grado de corrupción pública y grandes diferencias sociales, algo que podía constatarse sobre todo en el campo por la concentración de las tierras en pocas manos y sus períodos de tiempo muerto, pero había en marcha un proceso gradual de avances políticos y sociales durante los gobiernos auténticos, sobrenombre del Partido Revolucionario Cubano, el mismo nombre del creado por José Martí para el logro de la independencia, indicativo de que se presentaba como una continuidad de su lucha por elevados ideales democráticos. Y a la larga, existía un gran optimismo de que con el esperado triunfo electoral del Partido Ortodoxo –anteriormente ala izquierda del autenticismo–, todos esos males finalmente serían superados.

Ser de izquierda no se veía entonces entre muchos cubanos con el sentido peyorativo de hoy, sino como búsqueda de justicia social, defensa de los desamparados y de la soberanía nacional, y esto era lo que significaban las adjetivaciones de “socialista y antimperialista” del Partido Auténtico. Nadie puede decir que alguno de los principales líderes auténticos u ortodoxos fuera “comunista” como se entiende hoy, de defensa de los proyectos totalitarios incubados en la sombría Rusia de Stalin. Por el contrario, los comunistas cubanos de entonces habían apoyado a Batista como presidente en su primer período, incluso frente al candidato auténtico vencedor de las elecciones del 44, Grau San Martín.

El verdadero detonante de la insurrección de los años 50 no fue, por tanto, el problema social sino el artero golpe de Batista que sustituyó la Constitución del 40 por unos Estatutos de Abril, e impidió el triunfo ortodoxo. En consecuencia, los objetivos fundamentales de los movimientos revolucionarios surgidos en ese período eran restablecer esa constitución y celebrar elecciones libres, y por añadidura, reanudar el proceso de sanear al país de sus males sociales y hacer realidad una verdadera justicia social. Pero tras la insurrección, con la desaparición de casi todos los líderes democráticos, surge, procedente de la ortodoxia, un nuevo caudillo que se niega a restablecer la constitución y a celebrar elecciones libres mientras se aliaba a los comunistas. Tampoco puso fin a los latifundios sino que los convirtió en estatales. Así comenzó el proceso de instaurar el fatídico modelo del centralismo monopolista de Estado.

La excusa fue la supuesta necesidad de salvaguardar a la revolución de los posibles intentos intervencionistas del vecino del Norte, algo que pierde sentido con el respaldo de la casi totalidad de la población. El caudillo no tenía por qué temer a unas elecciones libres porque por entonces hubiese tenido un triunfo electoral sin precedentes, pero sabía que con los pasos posteriores que convertiría a la nación en un feudo gigantesco, iba a ir perdiendo poco a poco ese sostén. Si se hubiesen respetado los derechos del voto popular con una constitución tan avanzada, si realmente hubiese repartido las tierras, si hubiera incentivado la libre iniciativa económica de los pequeños productores en vez de arrebatarles lo poco que tenían, si hubiese respetado todos los derechos de la ciudadanía, habría logrado no sólo un apoyo perdurable, sino que además, habría conquistado un glorioso lugar en la historia de Cuba y de América.

Pero supongamos por un momento que la excusa tuviese fundamentos reales, que la revolución no podría sostenerse sin esa alianza con los comunistas y sin someter a la población a un control absoluto. Entonces habría que preguntar, como hizo un famoso cantautor frente a un numeroso grupo de admiradores en plena Habana: “¿Valió la pena?” ¿Valió la pena someter a millones de habitantes a pasar calamidades sin fin como el desabastecimiento, la crisis habitacional y los apagones? ¿Valió la pena privarla indefinidamente de sus derechos fundamentales como la libre expresión, libre movimiento y asociación independiente? ¿Valió la pena encarcelar a decenas de miles de cubanos, pasar por las armas a otros miles, y provocar el destierro de más de un millón de ciudadanos, y por tanto, la división de la gran mayoría de las familias? ¿Y todo eso para qué? Pues por una revolución democrática que nunca llegó a realizarse, traicionada por los mismos que supuestamente debieron defenderla.

Ariel Hidalgo: Escritor e historiador.

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