Armando Durán / Laberintos: En busca imposible de la revolución perdida


 

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   Hace pocos días, en el grato paraje de Punta Cana, República Dominicana, se celebró la V Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac). El general-presidente Raúl Castro aprovechó la ocasión de encontrarse rodeado de los jefes de Estado y de Gobierno de la región para exhortar al presidente Donald Trump a no modificar los términos del diálogo que actualmente sostienen Estados Unidos y Cuba. Recuérdese que antes de tomar posesión Trump de su cargo calificó a Fidel Castro de ser un “bárbaro dictador” y, ahora, ya instalado en la Casa Blanca, tanto él como Rex Tillman, su secretario de Estado, le han advertido al gobierno cubano que para no frenar o detener por completo el proceso de normalización de relaciones entre La Habana y Washington, Cuba tendría que hacer mucho más de lo que ha hecho hasta ahora, no sólo en materia de apertura económica, sino iniciando una auténtica apertura política y respeto a los derechos humanos, condicionamiento que Castro ha insistido en caracterizar como temas que no están ni serán incluidos en la agenda de las negociaciones, porque desde el punto de vista oficial del Partido Comunista de Cuba, en la isla hay una democracia casi perfecta y allí se respetan, más que en el resto del hemisferio, los derechos humanos de los ciudadanos.

   Puede pues decirse que ante un eventual cambio en la política de Estados Unidos con respecto a Cuba como parte del proyecto anunciado por Trump de desmontar las políticas internacional y doméstica puestas en marcha por Barack Obama durante los 8 años de su mandato presidencial, en verdad Castro debe sentirse amenazado. De manera muy especial, porque el desarrollo vertiginoso de la crisis económica venezolana ya se hizo sentir en Cuba durante el año pasado y porque su dramática evolución durante los últimos meses permite presumir que sus consecuencias serán aun mucho peores para Cuba este año que comienza, a menos que las negociaciones con Estados Unidos introduzcan cambios muy sustanciales en el desarrollo de la economía cubana. ¿Qué hacer entonces? ¿Radicalizar la revolución para defender los principios de la revolución al precio que sea y enfrentar por las malas esa eventual nueva realidad de las relaciones entre ambos gobierno, o entrar por el angosto aro diseñado por los asesores de Trump y evitar así morir en el intento, así sea renunciando a las metas del socialismo?

   En su discurso ante la plenaria de esta V Cumbre del Celac el presidente Castro parece haber preferido, al menos por ahora, el camino acordado con el ahora ex presidente Obama. “Sería deseable que el nuevo gobierno de Estados Unidos opte por el respeto a la región”, dijo, “aunque es preocupante que haya declarado intenciones que ponen en riesgo nuestros intereses en las esferas del comercio, el empleo, la migración y el medio ambiente.” Después de dedicarle unos pocos párrafos a los temas y reivindicaciones regionales que habitualmente se repiten en estos encuentros, añadió que “un retorno del neoliberalismo incrementaría la pobreza y el desempleo, agravando así las condiciones sociales de América Latina y el Caribe.” Por último, metió el dedo en la llaga cubana: “Deseo expresar la voluntad de Cuba de continuar negociando los asuntos bilaterales pendientes con Estados Unidos, sobre la base de la igualdad, la reciprocidad y el respeto a la soberanía de nuestro país. Deseamos proseguir el diálogo respetuoso y la cooperación en temas de interés común con el gobierno del presidente Donald Trump.” Es decir, continuar eliminando las barreras entre las dos naciones, pero sin ceder demasiado.

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   Llama la atención, sin embargo, que Castro haya anticipado en Punta Cana su decisión de avanzar, a pesar de todos pesares, por el camino de buscar entendimiento con Trump, siempre y cuando, por ahora, ello no signifique poner en peligro la verticalidad en los mandos ni la hegemonía ideológica del partido único. Un “sí”, mister Trump, pero no tanto ni tan rápido, del que nadie sabe cuál puede llegar a ser su desenlace. No parece factible, sin embargo, que Cuba logre modificar el pensamiento de Trump, quien parece resuelto a fijarle un el rumbo tremendista a su gobierno. En todo caso, la historia nos demuestra que las revoluciones no pueden ser y no ser a un mismo tiempo, como aspira Raúl Castro hacer en Cuba. Y que una vez perdidas, nada ni nadie podrá reencontrarlas.

   Un buen ejemplo de esta imposibilidad nos la ofreció la Unión Soviética, cuya revolución cumple este mes 100 años del inicio del proceso revolucionario que culminó con aquellos diez días de octubre de 1917 que conmovieron al mundo, según el famoso libro de John Reed. Es decir, con el golpe de Estado contra el gobierno revolucionario del menchevique Alexandr Kerensky y la toma del poder por Vladimir Lenin y su facción bolchevique. El mundo no volvería a ser el mismo después de aquella experiencia, pero la celebración de su primer centenario en versión Putin consiste principalmente en adelantar una revisión a fondo de la historia para limpiar de culpas ese sangriento episodio de años de guerra civil, purgas de Stalin, gulags y muros de intransigencia y represión feroz, con la intención de convertir la historia de la revolución rusa en un cuento casi para niños, sin buenos ni malos, como si la revolución tal como realmente ocurrió no hubiera sucedido jamás. Una fórmula imprescindible para explicar cómo, y en tan poquísimo tiempo, nada más salir Mijail Gorbachov por la puerta trasera del Kremlin, la nueva Rusia, sin revolución, con mucho capitalismo y muy poca democracia, se olvidó de la revolución y comenzó a ser lo que es hoy.

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   Un proceso similar se ha vivido en China. De aquella revolución que comenzó en 1927 con el enfrentamiento de los nacionalistas del partido Kuomintang de Chiang Kai-Shek y el partido Comunista de Mao Zedong, interrumpido entre 1937 y 1945, años de la ocupación japonesa de China, cuando ambos bandos unieron sus fuerzas para oponerse al enemigo común, y reanudado inmediatamente después de la rendición incondicional de Japón, hasta transformar la vieja China en una China revolucionaria sin remedio a partir de 1949. Una experiencia traumática hasta el mismo día de la muerte de su promotor, de la que hoy sólo queda el mal recuerdo de la llamada revolución cultural, revolución dentro de la revolución para radicalizarla, y el nombre de Partido Comunista de China, aunque su presidente actual, Xi Jinping, sea todo lo contrario de un comunista revolucionario, como demostró el pasado 17 de enero al asombrar a los asistentes al Foro que convierte anualmente a la célebre localidad suiza de Davos en la capital del mundial del neoliberalismo y la globalización, cuando sin que le temblara el pulso ni la voz se pronunció a favor de un mundo sin barreras comerciales, o sea, neo liberal y globalizado, en oposición al capitalismo proteccionista y encerrado en sí mismo que le pretende imponer Donald Trump a Estados Unidos y al resto del planeta.

   En definitiva, las revoluciones también se desvanecen en la nada. Y lo quiera o no Raúl Castro, en Cuba comenzó a desaparecer hace 20 años, con la desintegración del imperio soviético. Un proceso que ahora, tras la muerte de su hermano Fidel, con Venezuela en avanzado estado de descomposición, las advertencias de Trump, y a medida que las dificultades materiales y las ilusiones libertarias profundicen la sensación de cambio ya inevitable en el alma cubana, quizá entra en su etapa final. Más allá de los planes de Trump, de la anacrónica vieja guardia revolucionaria cubana, de su resistencia al cambio y de las ambigüedades falsamente modernizadoras de un Raúl Castro que de pronto puede verse transformado, ése es el carácter implacable de la realidad, en el enterrador del sueño revolucionario de su hermano Fidel.