Brasil: El golpe y los golpeados


1466431465_758346_1466433381_noticia_normal_recorte1Sheila Cristina Nogueira da Silva llora la muerte de su hijo el 10 de junio. PABLO JACOB / AGÊNCIA O GLOBO

La barbarie de un país en el que las palabras ya no dicen

Sheila da Silva bajó la colina de Querosene para comprar tres patatas, una zanahoria y pan. Oyó tiros. No paró. Sencillamente siguió, porque los tiros no le resultan extraños. Sheila da Silva comenzaba a subir la colina cuando los vecinos le avisaron de que una bala perdida había encontrado la cabeza de su hijo y, así, se había convertido en una bala encontrada. Subió las escaleras corriendo, con el pecho jadeante, le faltaba el aire. En la puerta de casa, el cuerpo de su hijo cubierto por una sábana. Levantó la sábana. Vio la sangre. La madre sumergió los dedos y se pintó la cara con la sangre de su hijo.

La escena se produjo el 10 de junio, en Río de Janeiro. Con ella, la pietà negra de Brasil atravesó el vaciado de las palabras. La cara en la que se mezclan las lágrimas y la sangre, documentada por el fotógrafo Pablo Jacob, de la Agência O Globo, estampó los periódicos. Por un efímero instante, que ya comienza a pasar, la muerte de un joven negro y pobre en una favela carioca se convirtió en noticia. Su madre hizo de ella un acto. Si no fuese vida, sería arte.

Sheila oyó los disparos y siguió adelante. Tenía que seguir adelante, con la esperanza de que las balas fueran para otros hijos, otras madres. Y volvió con su bolsa con patatas, una zanahoria y pan. Aún no sabía que la bala, esta vez, era para ella. Aún no había sangre, pero la imagen ya era terrible, por ser cotidiana, invisible. La mujer que sigue a pesar de los tiros y regresa con patatas, una zanahoria y pan, furiosamente humana, en busca de un espacio de rutina, un fragmento de normalidad, en medio de una guerra que nunca pudo ganar. Y las guerras que no se puede ganar no son guerras, sino masacres. Y entonces corre, sin aliento. Y esta vez las patatas, la zanahoria, el pan ya no pueden salvarla.

La pietà se pinta la cara con la sangre de su hijo para hacerse humana en el horror. Y entonces nos alcanza. Pero es una guerrera desde siempre derrotada, porque nos llega solo por un instante, y pronto caerá en el olvido. Y, tras el suyo, las balas ya han perforado a otros hijos. Y su sangre corrió por los callejones, las callejuelas y las escaleras, hasta mezclarse con las aguas podridas de los ríos y riachuelos contaminados que serpentean por los suburbios.

La pietà de la favela no ampara el cuerpo muerto de su hijo como en la imagen renacentista. Va más allá de ese gesto, porque aquí no hay renacimientos. Hace de la sangre de su hijo su piel, convierte su sangre en la suya, lo lleva en su ser. Ritualiza. En este gesto, denuncia dos tragedias: el genocidio de la juventud negra que, esta vez, alcanzó a su hijo y el hecho de que “genocidio” sea una palabra que, en Brasil, ya no dice. Si no hay palabras para describir el dolor de la madre que pierde a un hijo, hay otro horror, y este apunta hacia Brasil. La tragedia brasileña es que las palabras existen, pero ya no dicen.

Porque, si no hay escucha, no se dice nada. Las palabras se convierten en cartas enviadas que jamás llegan a su destino. Cartas extraviadas, perdidas. Si el otro es una dirección siempre equivocada, una casa ya deshabitada, no hay oídos, no hay respuesta. En un país en el que las palabras dejan de decir, queda la sangre. Las palabras que las madres podrían decir, las palabras que de hecho dicen, no perforan ningún tímpano, no hieren ningún corazón, no conmueven ninguna conciencia. Ante el cuerpo muerto del hijo, la pietà negra necesita vestir la sangre, encarnar, porque las palabras han desencarnado. En Brasil, las palabras son fantasmas.

Cuatro días después de que Sheila da Silva se pintase la cara con la sangre de su hijo, el 14 de junio, en el municipio de Caarapó, en Mato Grosso do Sul, cerca de 70 hacendados se montaron en sus camionetas e invadieron la zona donde un grupo de indígenas guaraníes kaiowás habían reconquistado Toro Paso, su tierra ancestral. Asesinaron al indígena Clodiodi Aquileu Rodrigues de Souza Guarani Kaiowá, de 26 años, agente sanitario, e hirieron de bala a otros cinco indígenas, entre ellos a un niño de 12 años, que recibió un disparo en la barriga. No fue una “confrontación”, como la prensa insiste en decir. Fue una masacre.

Cerca de 70 personas salieron de sus casas con una idea: “Vamos a expulsar a esos indígenas, aunque tengamos que matarlos”. Y los mataron. Al menos desde la víspera ya se sabía en la región que se había planificado el ataque, pero las autoridades no tomaron ninguna medida para evitarlo. Un episodio más de otro genocidio, el de los indígenas. Más de 500 años después de la invasión europea, en la que empezó a matarse a millones de ellos, el exterminio sigue en marcha. Pero la palabra ya nada dice. Y la sangre manchó Toro Paso, una vez más.

Los guaraníes kaiowás saben que la palabra de los no indígenas, en Brasil, nada dice. Desde 1980 se denuncia que los jóvenes indígenas se ahorcan en los árboles porque las palabras de los blancos nada dicen. Al no poder vivir, se matan. Esto llamó un poco la atención, al inicio del “fenómeno”. Después entró en la rutina, ya no era noticia. Las altas tasas de desnutrición, que ya han llevado a niños a la muerte, también son bien conocidas. Ni la conciencia de que los indígenas pasan hambre ha acelerado el proceso de demarcación de sus tierras.

En 2012 un grupo de 170 hombres, mujeres y niños guaraníes kaiowás escribió una carta. Los arrancarían una vez más de su lugar por una decisión de la (in)justicia. Por eso escribieron, en la lengua de los blancos, que resistirían en su tierra ancestral, de la que no saldrían ni muertos: “Les pedimos al Gobierno y a la Justicia federales que no decreten la orden de desalojo/expulsión, sino que decreten nuestra muerte colectiva y nos entierren a todos aquí. Pedimos, de una vez por todas, que decreten nuestra extinción/diezmado total, además de mandar varios tractores para que caven un agujero grande al que tiren nuestros cuerpos y los entierren”.

La carta les arrancó del silencio mortal al que se los había condenado. Después de todo, la interpretación de lo que los indígenas decían era clara: asuman el genocidio y decreten nuestra extinción. Sepúltennos a todos de una vez y planten soja, caña de azúcar y bueyes en la tierra robada y fertilizada con nuestros cuerpos. Tengan el valor de asumir el exterminio en lugar de utilizar sus leyes para matarnos poco a poco. Pronuncien el nombre de lo que realmente son: asesinos. Era eso y, dicho en la lengua de los blancos por aquellos que a otra lengua pertenecen, causó un shock. Pero el shock pasó. Y se continúan exterminando a los guaraníes kaiowás. También a tiros.

La palabra, para los guaraníes, tiene un sentido profundo. Ñe’ẽ es palabra y es alma, es palabra-alma. Vale la pena recordar un fragmento del hermoso texto de la antropóloga Graciela Chamorro:

“La palabra es la unidad más densa que explica cómo se trama la vida para los pueblos llamados guaraníes y cómo estos se imaginan lo trascendente. Las experiencias de vida son experiencias de palabra. Dios es palabra. (…) El nacimiento, como el momento en el que la palabra se sienta o se proporciona a sí misma un lugar en el cuerpo del niño. La palabra circula por el esqueleto humano. Es precisamente lo que nos mantiene de pie, lo que nos humaniza. (…) En la ceremonia de nombramiento, el chamán revelará el nombre del niño y marcará, con ello, la recepción oficial de la nueva palabra en la comunidad. (…) Las crisis de la vida –enfermedades, tristezas, enemistades, etc.– se explican como un alejamiento de la persona y de su palabra divinizadora. Por eso, los rezadores y las rezadoras se esfuerzan portraer de vuelta, volver a sentar la palabra en la persona, devolviéndole la salud. (…) Cuando la palabra ya no tiene lugar o asiento, la persona se muere y se convierte en un devenir, un no ser, una palabra que ya no es. (…) Ñe’ẽ y ayvupueden traducirse tanto como ‘palabra’ como por ‘alma’, con el mismo significado de ‘mi palabra soy yo’ o ‘mi alma soy yo’. (…) De este modo, el alma y la palabra pueden adjetivarse mutuamente. Se puede hablar de palabra alma o de alma palabra, siendo el alma no una parte, sino la vida como un todo”.

Como explicó el antropólogo Spensy Pimentel cuando se divulgó la carta, “la palabra es el centro de la existencia, tiene una acción en el mundo, hace que las cosas sucedan, hace el futuro”. Para los guaraníes kaiowás, la palabra es una “palabra que actúa”. Los indígenas todavía no habían entendido la profundidad de la corrosión de lo que se llama Brasil, esa tierra erguida sobre sus cadáveres por colonizadores que ya fueron colonizados, expropiados que se convirtieron en expropiadores, refugiados que expulsan. Esta tierra en permanente ruina por haberse construido sobre huesos, vísceras y sangre, uñas y dientes, ruinas humanas. Al invocar la palabra de los no indígenas, los guaraníes kaiowás no habían entendido aún que Brasil se pudre porque la palabra de los blancos ya no actúa.

El genocidio de los guaraníes kaiowás, así como el de otros pueblos indígenas, al ser pronunciado, hasta gritado, no produce acción, no produce movimiento. Que se cuelguen, que se mueran de hambre, que los perforen a balazos, nada de eso mueve. Las palabras se han vuelto tan silenciosas como los cuerpos muertos. Las palabras, como los cuerpos, ya no tienen vida. Y, así, no pueden decir. No son ni fantasmas, porque para ser un fantasma se necesita un alma, aunque en pena. La palabra-alma de los guaraníes ilumina, del revés, que la palabra de sus asesinos ya no está. Ni es.

Si hay un genocidio negro, si hay un genocidio indígena, y conocemos las palabras, y las pronunciamos, y no ocurre nada, se ha creado algo nuevo en el Brasil actual. Algo que no es censura, porque está más allá de la censura. No es que no se puedan decir las palabras, como en los tiempos de la dictadura, es que las palabras dichas ya no dicen. El silenciamiento de hoy, lleno de sonido y de furia en las calles de asfalto y también en calles de bytes, está abarrotado de palabras que nada dicen. Este es el golpe. Y la carne golpeada es negra, es indígena. Este es el golpe fundador de Brasil, que se repite. Y se repite. Y se repite. Pero siempre con un poco más de horror, porque el mundo cambia, el pensamiento avanza, pero el golpe se sigue repitiendo. Hasta el punto de que hoy calla incluso las palabras pronunciadas.

En la película Trago comigo (traigo conmigo), de Tata Amaral, que acaba de estrenarse en los cines de Brasil, los más potente son las franjas negras. La obra entreteje una narrativa de ficción con testimonios de personas reales. Un director de teatro, interpretado por Carlos Alberto Riccelli, es un guerrillero de una dictadura, encarcelado, torturado y exiliado, que se ha olvidado de un capítulo vital de su historia. Para la reapertura de un teatro que había sido abandonado, un teatro lleno de polvo, telarañas y silencios, como ese rincón de su memoria, pone en escena una pieza que es su propia historia, el capítulo borrado de la historia. Para acordarse de sí mismo, pone en escena la realidad como ficción. Pero para que recordemos nosotros, quienes lo vemos, qué es y de qué realidad se trata, los torturados por el régimen civil-militar cuentan cómo era estar en los sótanos de la represión.

Sin embargo, al pronunciar los nombres de los torturadores, se calla la voz y una franja negra le tapa la boca a aquel que habla. Los nombres no podrían ser pronunciados todavía hoy, cuando se vive formalmente en una democracia, porque los torturadores y los asesinos del régimen no han sido juzgados ni condenados. Al elegir la franja, la directora se protege a sí misma de eventuales procesos legales. Pero también denuncia el golpe que continuó –y continúa– perpetrándose.

La franja señala lo que es obsceno, o pornográfico: que los torturadores y los asesinos no puedan ser nombrados porque no serán juzgados. Y, así, no responderán por sus crímenes. Al no poder nombrar a los que los violentaron, los que sobrevivieron siguen siendo violentados. Y los muertos, los que fueron asesinados, sin el nombre del asesino seguirán sin enterrar. Sin hacer el ajuste de cuentas con la historia, un país condena el presente, porque el pasado sigue repitiéndose en el presente. Y nada peor que un pasado que no pasa.

La cuestión es que, fuera del cine, los nombres de los 377 agentes del Estado que participaron directa o indirectamente en el secuestro, la tortura, el asesinato y la ocultación de cadáveres durante el régimen de excepción (1964-1985) fueron pronunciados. Están documentados y son de libre acceso al público en el informe de la Comisión Nacional de la Verdad, que investigó los crímenes de la dictadura. Pero no por ello fueron juzgados. El único torturador reconocido por la Justicia fue el coronel Carlos Alberto Brilhante Ustra (1932-2015). Sin embargo, en abril de 2015, una de las acciones contra él fue suspendida por una medida cautelar de la ministra Rosa Weber, del Tribunal Supremo de Brasil, que se basaba en el perdón promovido por la Ley de Amnistía. El coronel murió en octubre sin haber sido castigado. Hay un gran clamor para que se revise la Ley de Amnistía, pero en 2010 el Supremo decidió no revisarla. La Orden de los Abogados de Brasil (OAB) interpuso recursos, que años más tarde todavía no han sido analizados.

Por lo tanto, es aún más complicado que la censura, es aún más complicado que el no poder decir. Porque, de nuevo, las palabras existen. Las palabras son dichas. Pero nada dicen, porque no producen el movimiento suficiente para transformar la realidad. En este caso, el movimiento suficiente para promover la justicia, para que las palabras puedan decir que este país no tolera –ni tolerará– a torturadores y asesinos, que este país no tolera –ni tolerará– a dictadores y dictaduras.

Solo en un país donde las palabras han fallado la elección de poner una franja sobre las palabras pronunciadas es una denuncia más potente que decirlas, o destaparlas. La franja señala menos lo que no se puede decir y más lo que de nada sirve decir. La censura es la represión aplicada a las palabras que actúan, y, por actuar, desestabilizan la opresión, se convierten en peligrosas para los opresores. Aquí ya no actúan. Lo que sumerge el país que ha regresado a la democracia en un terror de otro orden.

En la votación en la Cámara Baja que decidió la apertura del proceso de destitución de la presidenta Dilma Rousseff, del Partido de los Trabajadores, el 17 de abril, el diputado Jair Bolsonaro, del Partido Social Cristiano, mostró lo que sucede en un país en el que las palabras han perdido el alma. Al votar a favor de la destitución, le rindió homenaje a uno de los mayores torturadores de la dictadura civil-militar: “Por la memoria del coronel Carlos Alberto Brilhante Ustra, el pavor de Dilma Rousseff; por el ejército de Caxias; por las Fuerzas Armadas; por Brasil, por encima de todo, y por Dios, por encima de todo, mi voto es ‘sí’”.

Bajo el mando del Ustra, fueran asesinadas al menos a 50 personas y torturadas a centenas. Una de ellas fue Amélia Teles, más conocida como Amelinha. Después de haber sido salvajemente torturada, la sentaron en la silla del dragón, un instrumento en el que se ata a la víctima con correas de cuero y se le ponen cables eléctricos en diferentes partes del cuerpo, entre ellas los genitales. Amelinha estaba desnuda, orinada y vomitada. Ustra mandó llamar a sus dos hijos, de 4 y 5 años, para que presenciasen la situación de su madre. La niña preguntó: “Mamá, ¿por qué estás azul?” Amelinha estaba azul debido a las descargas eléctricas. Se llevaron a los niños y siguieron torturando a la madre.

Este fue el torturador al que Bolsonaro le rindió homenaje, y este es solo un caso entre centenas. Jair Bolsonaro fue aclamado por muchos por reivindicar a un asesino en serie, por no mencionar la perversión explícita de la aposición: “El pavor de Dilma Rousseff”. Como se sabe, la presidenta, hoy suspendida temporalmente, es una de las torturadas por la dictadura.

Cuando el diputado Jean Wyllys, del Partido Socialismo y Libertad, votó en contra del impeachment, Bolsonaro lo insultó, llamándole “maricón”, y lo agarró por el brazo. Jean Wyllys le escupió a Bolsonaro. El escupitajo despertó polémica. Para una parte de la sociedad brasileña, escupir se convirtió en un acto más grave que homenajear a un torturador y asesino que murió impune. ¿Pero qué puede haber denunciado el escupitajo? La imposibilidad de la palabra, por su vaciado. Además de debatir si el escupitajo es aceptable o no, hay que descifrarlo.

Cuando alguien democráticamente elegido puede homenajear a un asesino en serie de la dictadura y recordar con sadismo que era el “pavor” de la presidenta que está suspendida temporalmente y, en seguida, cometer homofobia, y nada se mueve además de más palabras, es porque las palabras se han vaciado de poder. El escupitajo no le dio solo a Bolsonaro, llegó a muchas más cosas. Por tener solo palabras muertas a su disposición, palabras que no dicen, tal vez solo le haya quedado más que escupir. Y así, sin palabras, tras el 17 de abril, algunos manifestantes escupieron y vomitaron sobre fotos de parlamentarios por todo Brasil.

Ya he escrito más de una vez que considero el Gobierno de Dilma Rousseff indefendible en aspectos fundamentales, y que el del vicepresidente-conspirador Michel Temer es su continuación empeorada. Sin embargo, un proceso de destitución de una presidenta democráticamente elegida, sin base legal, no respeta el voto de la mayoría y le costará muy caro al país. Por eso, estoy en contra del impeachment. Pero la disputa en torno a la palabra “golpe” –si el proceso de destitución es un golpe o no– me parece apuntar también hacia el vaciado de las palabras. Es imperativo preguntar, para evitar el riesgo de las simplificaciones que pueden servir al pragmatismo de ahora, pero cobrar un precio elevado más adelante: ¿Dónde está el golpe?¿Y quiénes son los golpeados en este país?

Basta seguir la sangre. Basta seguir el rastro de indignidades de aquellos cuyas casas son violadas por agentes de la ley en los suburbios; de aquellos que ven sus casas destruidas por las obras, primero de la Copa del Mundo, después de los Juegos Olímpicos; de aquellos cuyas vidas son robadas por los grandes proyectos en la Amazonia; de los que abarrotan las cárceles debido a su color; de los que tienen menos de todo a causa de su raza; de aquellos a quienes el Estado solo finge que les enseña en escuelas que se caen a pedazos, cuando en realidad les niega todas las posibilidades; de los expulsados de sus tierras ancestrales, a quienes se empuja a las favelas de las grandes ciudades; a los que ven cómo les arrancan las mantas en el frío para no “refavelizar” el espacio público. Basta seguir a los que mueren y a los asesinados para saber dónde está el golpe y quiénes son los golpeados. Como nos recordó Sheila da Silva, la pietà negra de Brasil, la sangre dice lo que las palabras ya no son capaces de decir.

Esta crisis no es apenas política y económica. Es una crisis de identidad, y es una crisis de la palabra. Las palabras son las que nos arrancan de la barbarie. Si las palabras no vuelven a encarnarse, si no vuelven a decir en Brasil, el pasado no pasará. Y solo nos quedará pintarnos la cara con sangre.

Eliane Brum es escritora, periodista y documentalista. Autora de los libros de no ficción Coluna Prestes – o avesso da lenda, A vida que ninguém vê, O olho da rua, A menina quebrada, Meus desacontecimentos, y de la novela Uma duas.

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