Carlos Franz: Eco


Los escritores tienen fama de narcisistas. Una reputación de egocentrismo que comparten con otros artistas. Esta mala opinión popular podría ser exagerada. Al fin y al cabo, el narrador observa la vida para contar historias que interesen a los demás. Incluso cuando relata su propia historia, el buen narrador la imagina. El escritor convierte su experiencia en una posible imagen del mundo, inteligible para otros y quizás representativa de sus existencias. El narcisista, en cambio, sólo habla de sí mismo porque sólo se ve a sí mismo; nada sabe acerca de los demás, que para él son invisibles.
Esa reputación de narcisismo quizás arranque de un equívoco. Obtener una visión panorámica del mundo exige tomar cierta distancia de él. Frecuentemente los escritores son introvertidos o deciden recluirse. Cuanto más les interesa la vida más huyen de la vida social. Para escuchar el diálogo de su siglo el escritor calla y mira.
Los escritores son tan diversos e imprevisibles como el resto de la humanidad. Algunos autores se parecen a Narciso, sin duda. Pero muchos otros escritores se asemejan más a la amante que Narciso rechazó: la ninfa Eco.
La ninfa Eco fue castigada por charlatana. La diosa Hera espiaba las infidelidades de su marido, Zeus. Pero Eco la distraía de esa celosa vigilancia con su cháchara incesante. Cansada de ese parloteo, Hera condenó a la ninfa a un silencio servil. Desde entonces Eco no puede ser la primera en hablar: siempre debe esperar a que hable el otro y sólo puede responderle repitiendo las últimas palabras que ha oído. Que ha oído, que ha oído…
Para colmo, la castigada Eco tuvo la mala suerte de enamorarse del bellísimo Narciso. Él era incapaz de interesarse por nadie y ella era incapaz de hablarle primero. Un día Eco siguió a Narciso a través de un bosque. De pronto éste sospechó que alguien se escondía entre los árboles y gritó: “¿Hay alguien aquí?”.
“¡Aquí! ¡Aquí!”, contestó Eco. 
Narciso, quizás halagado por esa imitación de sus palabras, respondió: “¡Ven!”
“¡Ven! ¡Ven!”, repitió la ninfa Eco, esperanzada, mientras corría hacia Narciso y se colgaba de su cuello. Pero éste, fiel a sí mismo, la rechazó con violencia y le dijo: “Antes que ser tuyo, moriría”.
La pobre ninfa coreó: “Moriría, moriría”. Desolada, Eco se retiró a una cueva en la cual languideció hasta que de ella sólo quedó una voz, que repite sin cesar lo que decimos.
El final de Narciso es más conocido: Némesis lo castigó condenándolo a enamorarse de su propio reflejo en una charca. Este reflejo le era fiel, comparecía cada vez que Narciso se asomaba. Pero cuando él intentaba besarlo el reflejo se enturbiaba y desaparecía. Unos dicen que Narciso se arrojó al agua y se ahogó. Otros cuentan que padeció en la orilla, suspirando por ese amor imposible hasta morir y que después se transformó en la flor llamada narciso que tendría propiedades narcóticas.
Narciso podría representar a los escritores ensimismados y autorreferentes. Esos que siempre cuentan una misma historia, la propia. Y al hacerlo nos adormecen, nos narcotizan ya que en verdad hablan para sí mismos.
La ninfa Eco, en cambio, podría ser la terrible patrona de los narradores empáticos pero introvertidos. Como ella, el narrador empático no puede hablar primero (eso corresponde a los voceros de la tribu: políticos, predicadores). El escritor empático calla y sólo habla luego de haber escuchado a los otros. Entonces reproduce sus voces. Y lo hace individualmente, no por grupos o clases, ya que las algarabías de las masas no tienen eco; ellas mismas son un eco.
Tanto los escritores narcisistas como los empáticos, comparten un rasgo del castigo que recibió la ninfa Eco. El texto literario está hecho de últimas palabras. Pero estas voces no son los meros vocablos finales de cada frase.
Solemos llamar “últimas palabras” a aquellas que pronunciamos en la antesala de la muerte. En un relato, todos los vocablos con que los personajes se expresan o son descritos, constituyen últimas palabras de ese tipo, porque son inmodificables. 
No importa cuántas veces abramos un libro de nuevo, siempre escucharemos a los personajes repetir las mismas locuciones o los veremos descritos en iguales términos. Los lectores podremos interpretar el texto releído de otro modo, si es que la vida nos cambió desde la lectura anterior. Pero los personajes no tienen esta opción, ellos dependen de idénticos vocablos, eternamente.
Una dulce venganza, una esporádica justicia, el indiferente azar, a veces corrigen nuestras vidas reales. Pero lo escrito en los libros no cambia. Por animados que parezcan, los personajes son como los difuntos. Presos de un solo destino, ya no pueden retirar sus palabras, ni los términos en que fueron expresadas sus aventuras y desventuras. Su vida ha quedado fijada por los siglos de los siglos. Ni siquiera el piadoso olvido que suele amistarnos con nuestro pasado puede modificar las existencias ficticias, pues su memoria consta irrevocablemente por escrito.
La narración es la caverna. En ella el escritor solitario –ya sea narcisista o empático– desaparece. En su lugar queda una voz que repite últimas palabras propias o pronunciadas por otros. Invariables ecos de la vida. De la vida, de la vida…