Carmen Posadas: La ciudad como parque temático


No sé qué ocurrirá en otras ciudades similares, pero la mía se ha vuelto un infierno. Madrid era antes una ciudad con una virtud singular: era alegre sin ser tumultuosa, asequible sin ser provinciana, variada y abierta sin ser peligrosa u hostil. Pero todo eso ha cambiado no solo por el paso del tiempo, sino sobre todo por una sucesión de alcaldes a cual más abstruso que decretaron que la ciudad no es un lugar para transitar, trabajar, llevar a los niños al colegio, hacer recados, solucionar asuntos o pasear. No, no. Eso es demasiado prosaico y poco enrollado, mejor convertir la ciudad en un parque temático: hoy pasean las ovejas por la Castellana, mañana los ciclistas nudistas y luego los patinadores, los animalistas, los virtuosos del hula hoop.

Eso, por no mencionar las infinitas maratones, todas por causas nobilísimas, pero que ojalá sus participantes fueran a ejercitarse a la Casa de Campo, lo que sería mucho más beneficioso para sus pulmones y también para nuestro sosiego. Por eso ahora la ciudad ya no es para los viandantes, es para los manifestantes y todos aquellos que quieran ‘expresarse’ cortando las calles.

Manuela Carmena, Alcaldesa de Madrid

Ya desde los tiempos de Gallardón, agravado luego en los de Botella y llegados al delirio en los de Manuela Carmena, Madrid se ha convertido en un pandemónium. Y en todos los aspectos porque, tras sentirse supuestamente respaldada por una «muy democrática consulta ciudadana» en la que participaron menos de 27.000 personas, es decir, el 1 por ciento de la población, nuestra amada alcaldesa decidió dar por válidas todas las iniciativas que propugnaban, entre otras, el angostamiento de la Gran Vía. Y da igual que no haya otra arteria que corra en el mismo sentido que esta avenida, por lo que se congestiona el tráfico de media ciudad. Tampoco importa que los comercios, hoteles y demás establecimientos de la zona se quejen de que sus ingresos han bajado de forma dramática. Y por supuesto es del todo irrelevante que –a pesar del supuesto amor sin límites de Carmena y sus acólitos por el medioambiente– la contaminación provocada por tan infinitos atascos esté alcanzando los niveles de Pekín o Nueva Delhi.

Lo único que importa es que la ciudad se vuelva más «amigable», según ella. ¿Amigable para quién? Desde luego no para las personas que van diariamente a trabajar soportando embotellamientos épicos. Tampoco para los dueños de coches de gasolina de más de quince años, que no podrán circular por la ciudad, como tampoco podrán hacerlo en breve los que tengan vehículos de gasoil. Eso por no hablar de su nuevo plan de prohibir la circulación en una enorme área que abarca todo el corazón de Madrid en la que piensan enjaular a buena parte de la población de modo que nadie que no viva en esa zona pueda visitarla a menos que venga en transporte público o se gaste una pasta en taxi o Uber.

De hecho, se calcula que el 38 por ciento de los vehículos no podrán aparcar ni circular en el centro de la capital. Que todas estas medidas tengan un tufo elitista que echa para atrás tampoco parece inquietar a la alcaldesa ni a sus socios de Podemos. Supongo que ninguno de ellos habrá hecho la reflexión –palabra que me parece no encaja demasiado bien con sus habilidades mentales– de que los primeros perjudicados por este tipo de medidas son las personas de menores ingresos. 

Es obvio que a los ricos no les afectarán mucho los cortes, restricciones y multas que planean. Pero sí, en cambio, a los pequeños comerciantes que ya empiezan a ver languidecer sus negocios, a los dueños de vehículos viejos y a todos aquellos que no puedan gastarse una fortuna en parkings. Pero no se inquieten. Para todo esto y más, el Ayuntamiento tiene una solución mágica: piensa inundar la ciudad de transportes ecológicos. De bicis, de patinetes, supongo que muy pronto también de triciclos y, por qué no, de jinetes en sus jumentos que, como todo el mundo sabe, son superecológicos y, de paso, abonan las flores. Y mientras tanto nosotros, sufridos ciudadanos, tendremos que acostumbrarnos a todas sus imbecilidades buenistas intentando no morir en el intento. Eso o botarla, con b de burro, en las próximas elecciones municipales.