Como alcalde vuestro que soy


Quien ha escrito un discurso lo sabe: hay que empezar a lo grande, huir de las frases largas, buscar la naturalidad, hilar las ideas, no abusar de las citas, procurar un final llamativo… Luego hay que leerlo con el tono, la actitud y la gestualidad apropiadas. Cumpliendo todos esos requerimientos, son más que altas las posibilidades de no dormir a la audiencia, convencerla de algo e incluso movilizarla con algún fin.

Ahora bien, si el objetivo es aún más elevado, por ejemplo modificar el rumbo de la historia, sacudir las conciencias de un país o marcar una época, entonces los requisitos se amplían y resulta aconsejable ser presidente, monarca, primer ministro o dictador, activista, militar, premio Nobel o visionario; conviene soltar la conferencia poco antes de un conflicto bélico, en plena guerra, tras un atentado masivo o durante una revolución; mejor por radio o televisión que a puerta cerrada, a poder ser con lenguaje, elocuencia y metáforas para todos los públicos y abordando asuntos graves tipo libertad, terrorismo, religión, racismo, desigualdad o feminismo. Predomina mucho de lo enumerado hasta aquí en buena parte de los 50 discursos que cambiaron el mundo, recopilados por el periodista Andrew Burnet y editados en español por Turner.

Su lectura propone un recorrido diferente por la historia del siglo pasado y lo que llevamos de éste: desde el sufragio femenino que reclama Emmeline Pankhurst en 1908 hasta la aspiración máxima de una quinceañera Malala Yousafzai pidiendo en 2013, en la sede de la ONU, una verdadera lucha mundial contra el analfabetismo y recordando al final de su intervención que “un niño, un maestro, un libro y una pluma pueden cambiar el mundo”.

Cierres contundentes

Pero para cierres contundentes, el de un discurso de Malcolm X dirigido a la población negra estadounidense unos meses antes de ser asesinado de quince disparos en 1964: “Tenéis que estar dispuestos a morir a por vuestras ideas. Pero no debéis morir solos. Que el que os mata muera también (…) Que el mundo entero sepa lo ensangrentadas que tiene las manos el Tío Sam. Que el mundo tome conciencia de la hipocresía que impera aquí. El voto o la bala: que el Tío Sam sepa que esta es la alternativa”.

Otro final tremendo fue el del mitin de Lenin en Moscú a poco de cumplirse un año de la Revolución de Octubre de 1917 y dirigido a los militantes del partido; tremendo por lo que dijo –“no existen más que dos posibilidades: la victoria o la muerte”– y por lo que pasó al acabar el acto: fue tiroteado por una de las asistentes. Sin salir del partido, Dolores Ibárruri, La Pasionaria, también sabía conjugar el imperativo para hablar a las masas y despedirse acuñando una de esos enunciados para la historia, como hizo por radio en Madrid un día después de que el ejército de Franco se sublevara un 18 de julio de 1936: “¡Viva la unión de todos los antifascistas! ¡Viva la República del pueblo! ¡Los fascistas no pasarán! ¡No pasarán!”.

Tampoco se olvidarán nunca las tres últimas frases del líder palestino Yasir Arafat en su visita a la ONU en 1974 para explicar por qué no se puede calificar de terrorista a quien combate por “liberar a su país de invasores”: “He venido con una rama de olivo en una mano y el arma de un luchador por la libertad en la otra. No dejéis que se me caiga la rama de olivo. Repito: no dejéis que se me caiga la rama de olivo”.

Heinrich Himmler, comandante en jefe de las SS, fue el responsable del discurso más terrorífico de todos los que incluye el libro. Una intervención secreta para oficiales nazis en la Polonia ocupada de 1943 y centrada de forma monográfica en el exterminio del pueblo judío. “Tenemos el derecho moral y el deber para con nuestro pueblo de matar a esa gente que nos mataría a nosotros si pudiera”.

Frases históricas

Común a muchos discursos del canon es habernos legado frases que han entrado en el cine y que forman parte ya del imaginario popular. Me estoy refiriendo a casos como el de Franklin D. Roosevelt en su primera investidura, dispuesto a sacar a Estados Unidos de la Gran Depresión (“de lo único que hay que tener miedo es del miedo mismo”), a Winston Churchill anunciando el inicio de las hostilidades de Inglaterra contra la Alemania nazi (“lucharemos en las playas”), a Martin Luther King liderando el movimiento por los derechos civiles ante 250.000 personas en Washington (“tengo un sueño; sueño con que un día mis cuatro hijos vivan en un país donde no se les juzgue por el color de su piel, sino por los atributos de su personalidad”) o a Adolfo Suárez con aquel “puedo prometer y prometo” presumiendo de capacidad para alcanzar objetivos (una Constitución, una reforma fiscal…) en la primera campaña electoral tras la dictadura. En cambio, es infrecuente el humor. ¿Imaginan un discurso breve, divertido, que mantenga el interés e incluso el suspense y encima susceptible de ser memorizado en su totalidad escuchándolo una sola vez? Existe y es inolvidable pero pertenece al mundo de la ficción. Lo escribió hace sesenta y cinco años Luis García Berlanga para Pepe Isbert, el alcalde de Villar del Río en la película Bienvenido Mister Marshall, y empezaba así: como alcalde vuestro que soy, os debo una explicación…

51dVIww7fmL._SX328_BO1,204,203,200_50 discursos que cambiaron el mundo
Andrew Burnet (editor)
Traductor: Pablo Sauras
Editorial Turner
256 páginas
22,90 euros