Cómo es “la gente”


1487932250_793206_1487937381_noticia_normal_recorte1La palabra “gente” contradice al refrán, porque abarca y aprieta en igual medida. Dentro de ese vocablo cabe una idea que se puede ceñir a la familia (“tu gente”); pero “la gente” puede designar también hasta a la humanidad entera.

La primera definición del Diccionario parece invitarnos a deducir la propia contradicción del término: “Gente: Pluralidad de personas”. Con ello tenemos un grupo homogéneo de seres pero dentro de una pluralidad, sabiendo que lo plural es algo “múltiple, que se presenta en más de un aspecto”.

Palabras como “gente”, “sociedad”, “ciudadanía” o “pueblo” resultan de fácil manejo en el lenguaje común, donde se suelen usar con la propiedad que requiere el contexto. Sin embargo, el lenguaje político abusa de sus resquicios semánticos.

Pablo Iglesias parece destacar en esta tarea. La expresión “la gente” menudea en su vocabulario con suerte dispar. En ocasiones, sí, puede hablarse de que “a la gente no le gusta que le rebajen el sueldo”, y ante tal aserto no pronosticamos gran discusión. Es uno de los usos habituales: quien habla así sitúa el término en un contexto que lo hace asumible a pesar de su ambivalencia.

No obstante, en otras ocasiones la palabra “gente” gritará desde el Diccionario en señal de protesta. Tal vez al oír “nosotros estamos del lado de la gente”,“nosotros tenemos que parecernos a la gente, esto es ser transversales”. Esa idea (“parecernos a la gente”) se ha repetido en el discurso de Podemos: “Tenemos que parecernos a la gente, también construyendo un Podemos más real”. Pero ¿cómo es “la gente”? Para empezar, “la gente” en España ha votado de tal manera que el PP sigue en el Gobierno. No sé si los representantes de este partido izquierdista desean parecerse a la gente cuando los últimos resultados que propició la gente han llevado a la derecha a gobernar de nuevo.

En la festividad del 12 de octubre, Podemos rehusó asistir a los actos oficiales. Nosotros preferimos seguir pareciéndonos a la gente normal”, explicaron. Pero qué difícil puede resultar parecerse a la gente normal cuando no se es gente normal. La gente normal no participa en la recepción de palacio, cierto, pero tampoco pronuncia discursos ni aparece en televisión, ni quizá se siente intérprete individual de todos los demás españoles. Y se puede imaginar uno a mucha gente normal deseando asistir al convite para hacerse una foto con el Rey.

El concepto “la gente” puede reunir a millones de personas, y por eso implica un riesgo tanto tomarlas en calidad de modelo como apropiarse de ellas o sentirse su portavoz. Sin duda esas personas se aúnan en muchas ocasiones, igual que sucede con todo nombre colectivo; por ejemplo, “orquesta”. En la mayoría de los casos, las colectividades que designan estos nombres funcionan como un solo sujeto, pero en otras ocasiones se comportan de forma divergente. Los músicos del conjunto sinfónico pueden ejecutar la más hermosa pieza como si fueran un solo instrumento, y discrepar luego sobre la idoneidad del hotel donde les correspondió alojarse. “La gente”, “la orquesta”, “el pueblo”… no sólo reúnen un grupo de individuos, sino también las partes que lo forman, a veces opuestas entre sí.

Por eso el término “la gente” sirve a menudo para arruinar los matices, para aplanar las ideas y para silenciar a muchas personas con la misma palabra que las nombra.