Cuba: prensa vieja con rostros nuevos


El Buró Político del Partido Comunista cubano acaba de nombrar a nuevos directores en los dos principales periódicos del país, Granma y Juventud Rebelde. Para las agencias cablegráficas, el único ángulo llamativo de la noticia es que son jóvenes, ambos de 34 años, que en el espectro de quienes dirigen Cuba es ser casi adolescente. Aunque vale la pena preguntarse si hay que depositar demasiadas esperanzas en este nuevo intento de echar vino nuevo en odres viejos.

En el caso cubano, concentrarse en exceso en el panorama de una dictadura reducida a un geriátrico puede resultar engañoso. Por supuesto que los cargos principales dentro de la élite gobernante están aún en manos de ancianos y que la generación que estableció el proceso que se conoce como revolución cubana —a falta de un mejor nombre— está desapareciendo. Pero el asociar lo viejo y lo nuevo a una cifra de edad; el apostar por la solución biológica y confiar en que los que vienen —porque son más jóvenes y no “vivieron aquello”— serán diferentes a los que se van, es un camino empedrado de frustraciones.

Claro que hay todo un marco referencial, que va desde los dirigentes de la desaparecida Unión Soviética hasta la Transición española para apoyar la esperanza. Pero el anhelo no debe sustituir el análisis de la realidad. Y el Gobierno cubano está jugando con éxito la carta de la espera por los jóvenes, mientras se sostiene en lo viejo.

Por ello no alienta en lo más mínimo que los nuevos directores de periódicos en Cuba sean más jóvenes, cuando para nombrarlos se ha vuelto a recurrir al más viejo de los mecanismos: el Buro Político del Partido. Ya el propio concepto de “Buró Político” es una aberración y un dislate. Lo que siempre se ha buscado con esa denominación es la repetición del Tribunal del Santo Oficio por otros medios. Y mientras la prensa en Cuba no cumpla una función social, de divulgación y análisis de la información, y no ideológica, no habrá avanzado mucho en su esfuerzo por “modernizarse”.

En los periódicos cubanos han aumentado las denuncias de lo mal hecho, así como se divulgan ineficiencias administrativas, algo positivo en un terreno donde por décadas imperó la censura más abusiva y la fantasía más descabellada. Si bien este esfuerzo resulta beneficioso, y en cierta medida podría contribuir en el mejoramiento de algunos procesos productivos locales y hasta nacionales, no deja de eludir el problema fundamental, que es la verdadera función de la prensa y el valor esencial de la información.

La noticia tiene un valor jerárquico en sí misma, dada por su importancia, las condiciones en que se produce, su singularidad, procedencia y otros factores. La lista podría ser larga, pero hay algo común en todos los elementos: el valor noticioso es intrínseco al hecho y no debe estar determinado o adulterado por factores externos, controlados desde los centros de poder. En el mejor de los casos, entonces se entra en el dominio de la publicidad y la propaganda, pero casi siempre se acaba en el fraude.

La prensa oficial en Cuba no cumple esa función de informar, sino la de instrumento de orientación política e ideológica —lo que “justifica” que los nombramientos los efectúe el único órgano partidista del país—, y por supuesto desempeña mal dicha función.

Hasta que en Cuba no se abandone el postulado de que un determinado partido político representa a toda la nación, y no solo a una parte de ella, y de que este partido debe controlar toda la información —lo cual equivale a intentar controlar la verdad—, poca importancia tiene la edad de un director, que no será más que un funcionario más o menos eficiente, o simplemente un delegado del inquisidor.

Alejandro Armengol – Escritor cubano radicado en Estados Unidos. Director editorial de Cubaencuentro.com.