David Van Reybrouck: “La democracia ha llegado a su límite… Hay fórmulas mejores”


“Para lo que sirven los referéndums y las elecciones es para dividir a la sociedad y tomar decisiones irracionales”. “Una pequeña muestra representativa de toda la sociedad y bien informada puede tomar mejores decisiones”.

“Con la democracia ocurre algo curioso: todo el mundo la desea, pero no hay nadie que crea en ella“. Así, con esa frase tan rotunda como polémica, arranca Contra las elecciones, el controvertido libro firmado por el historiador, arqueólogo y escritor belga David Van Reybrouck (Brujas, 1971) que ahora se publica en España. Son 231 páginas en las que el autor desafía con tanta osadía como agudeza el consenso generalizado según el cual la democracia tal y como hoy la conocemos garantiza la libertad y sirve de freno contra el autoritarismo. Reybrouck, con su aspecto aniñado, sostiene justo lo contrario: que la democracia electoral está completamente agotada, que la prueba de que ha llegado a su fin está en el crecimiento en todo el mundo de los populismos y que, si no se renueva, dará paso a regímenes autoritarios. Para evitar que eso ocurra, Reybrouck se descuelga con una propuesta sin duda original: pide que la democracia no consista sólo en votar cada cuatro o cinco años, sino que el pueblo se implique directamente en el sistema de Gobierno. Y para ello aboga por que la toma de decisiones la realice un pequeño grupo de ciudadanos comunes elegidos al azar, por sorteo.

 

Después de 3.000 años de existencia, sostiene que la democracia está en crisis. ¿Qué le pasa?
Pues que la gente está dejando de confiar en ella. Hasta hace poco la democracia era vista como el mejor modelo de gobierno disponible, pero para las jóvenes generaciones está dejando de ser así. Su fe en la democracia se está deteriorando y eso es un problema. Es un problema porque Churchill tenía razón: de todas las formas de gobierno, la democracia es la menos mala. Pero entiendo que la gente está dejando de confiar en la democracia porque esta forma de democracia, la democracia electoral, ha llegado a su límite. Por suerte hay otras formas de democracia que incluso son mejores.
Los síntomas de ese hastío son bastante claros: la abstención no deja de crecer, la afiliación a los partidos no para de bajar, crece el voto de protesta, suben los populismos… ¿No cree que parte del problema es que dado que vivimos el mayor periodo de paz en la historia de Europa mucha gente, sobre todo entre los jóvenes, da por descontada la democracia?
La democracia que vivimos hoy es fruto de la II Guerra Mundial y, efectivamente, creo que mucha gente la da por descontada. No son conscientes de lo frágil que es, de que las cosas pueden cambiar muy rápidamente, y para peor. De la democracia a la autocracia, al autoritarismo, hay sólo un paso. El terrible escenario que vimos en Turquía el año pasado no es para nada impensable que se produzca en Estados Unidos hoy en día. Podemos pasar bastante fácilmente de un modelo que afronta los conflictos de un modo no violento a otro que los encara de manera violenta, sin apenas darnos cuenta, porque no se trataría de una transición abrupta sino gradual. Estamos ya en ese proceso de deslizamiento, y la gente no es consciente de ello. El problema es que llegados a cierto punto ese proceso de transformación puede ser muy rápido. Yo defiendo la democracia porque, a pesar de sus defectos, es el mejor sistema para afrontar los conflictos. Pero no nos damos cuenta del peligro en el que se encuentra ahora mismo. La violencia física siempre comienza con violencia verbal, y en muchos países estamos asistiendo a un fuerte incremento de la violencia verbal. Y uno de los motivos es porque los procedimientos por los que se rige la democracia de hoy están completamente anticuados, fuera del tiempo, son procedimientos que datan de finales del siglo XVIII.
¿Acudir a las urnas, votar, le parece anacrónico?
Sí. Nuestro modelo, nuestra forma de democracia, se remonta a 200 años atrás, a una época en la que la mayoría de la gente no sabía ni escribir ni leer y apenas abandonaba su lugar de nacimiento. Votar en una urna tenía sentido en un mundo en el que el transporte era lento, la información limitada y la educación, un lujo al alcance de muy pocos. Pero todo eso ha cambiado. Hemos democratizado la información, la educación, las comunicaciones y hemos democratizado los transportes. Pero a pesar de todos esos cambios gigantescos, no hemos democratizado el proceso de toma de decisiones. Es increíble.
¿Cómo se puede entonces modernizar la democracia? ¿A golpe de referéndums? Ya hemos visto lo sucedido con el Brexit…
No soy un gran defensor de los referéndums. Pueden funcionar en algunos asuntos, no en todos. Basta ver lo ocurrido con el Brexit para entender el problema que entrañan. Yo creo que una decisión tan trascendental como que un país siga siendo o no parte de la Unión Europea no puede dejarse en manos de un referéndum. Me gusta la idea de que los ciudadanos tengan cada vez más poder, pero no creo que el referéndum sea el mejor modo de lograrlo. Si uno está realmente interesado en conocer la opinión de la gente no se les puede pedir a los ciudadanos que simplemente marquen una u otra casilla de una papeleta. Los referéndums son mejores que las elecciones, pero en mi opinión son también un instrumento muy primitivo y arcaico. La gente que vota algo tan importante como el Brexit tiene que ser plenamente consciente de lo que vota. Y en un referéndum el 90% vota con las vísceras, sólo un 10% con la cabeza.
Usted defiende que sea un pequeño grupo elegido al azar, por sorteo, el que tome las decisiones colectivas…
Eso es. Creo que una muestra representativa de la sociedad bien informada puede tomar mejores decisiones que una sociedad completa que sin embargo no está bien informada.
Pero eso no es democracia. El que las decisiones colectivas las tome una minoría se llama aristocracia…
Yo no defiendo eso. Yo defiendo que sea un grupo de personas elegido al azar el que, en representación de toda la ciudadanía, tome las decisiones. Se lo explicaré con un ejemplo: imagine que David Cameron, el ex primer ministro británico, hubiera sido realmente inteligente y en lugar de convocar un referéndum y de pedir a todos los británicos que decidieran sobre una cuestión fundamental para el país en la que había mucha desinformación y de la que muy poca gente conocía en realidad los detalles, hubiera seleccionado de manera aleatoria una muestra de mil británicos que representasen a toda la población y les hubiera dado seis meses para estudiar, debatir y decidir qué recomendaban hacer respecto a si el Reino Unido debía seguir siendo miembro o no de la UE. Creo que el resultado probablemente habría sido distinto y que se habría tomado una mejor decisión.
¿Pero eso le parece realista?
Sí. Ese modelo ya está funcionando Irlanda y se denomina asamblea ciudadana. A finales de noviembre pasado los irlandeses pusieron en marcha lo que han llamado una “convención constitucional” para debatir cinco artículos de la Constitución, incluido el que prohíbe el aborto. El aborto es un asunto muy visceral, en el que la sociedad se encuentra profundamente dividida y donde cada parte está tan aferrada a su punto de vista que apenas hay debate, así que se llegó a la conclusión de que no tenía sentido someter a referéndum una cuestión así. El Gobierno irlandés lo que hizo entonces fue elegir de manera completamente aleatoria a un centenar de ciudadanos, a los que ha dado ocho meses para estudiar la cuestión del aborto. Se ven los fines de semana, están escuchando la opinión de expertos, de testigos, de personas implicadas directamente, de políticos, de religiosos… Y, cuando tras oír todo eso y de debatir el tema lleguen a una conclusión, presentarán una recomendación con lo que crean que hay que hacer. Me parece una buena fórmula.
No veo por qué en ese pequeño grupo de personas elegidas aleatoriamente no se iba a producir la misma visceralidad o cerrazón que puede haber en un referéndum…
Se equivoca: el poder debatir y profundizar en un argumento supone una diferencia importantísima. Hace ya dos años Irlanda revisó ocho artículos de su Constitución, el más polémico de los cuales hacía referencia a la posibilidad de abrir el matrimonio a los homosexuales. Ahí también puso en marcha una convención formada por gente elegida al azar para analizar la cuestión, y fue alucinante, porque ese proceso demostró la capacidad de la gente de cambiar de opinión. Había, por ejemplo, un señor de 70 años que confesó que de niño había sido violado por un hombre y que a partir de ese momento había considerado siempre a los homosexuales como criminales. Admitió que en un referéndum habría votado contra el matrimonio gay porque odiaba a los homosexuales. Pero después de escuchar argumentos en un sentido y en otro, de oír a decenas de expertos y de saber de primera mano cómo era la vida de los homosexuales en Irlanda, cambió de opinión y se mostró a favor de legalizar el matrimonio gay. La convención de la que formaba parte ese hombre recomendó de hecho reformar la Constitución para hacer posible el matrimonio gay en Irlanda, esa recomendación pasó al Parlamento y éste decidió someter la cuestión a referéndum. Y el resultado fue que cerca del 70% de los irlandeses apoyó en la consulta el matrimonio gay. Ese es el modelo que yo creo que hay que seguir, porque ese modelo saca lo mejor de la gente, mientras que votar en unas elecciones o en un referéndum no. Para lo que sirven los referéndums y las elecciones, lo estamos viendo, es para dividir a la sociedad y tomar decisiones irracionales…
¿Entiende que la gente esté enfadada y que lo manifieste en las urnas?
Por supuesto. Entiendo a los británicos que han votado por el Brexit, entiendo a los estadounidenses que han votado por Trump. Los entiendo, sólo que no creo que haber votado como lo han hecho vaya a resolver sus problemas.
¿Y quién tiene la culpa de que hayamos llegado a este desgaste de la democracia electoral? ¿La clase política, corrupta y convertida en élite?
Sí, la culpa es suya. De hecho, no deja de ser curioso que elecciones y élite tengan la misma raíz etimológica, y que los que nos gobiernan sean los elegidos. Lo que ha ocurrido con el Brexit y con Trump así como el auge de los populismos es el resultado normal de una democracia que se reduce a elecciones, debates televisivos y redes sociales. Los medios sociales están democratizando la información y la comunicación. Eso está cambiando el mundo, y sin embargo la democracia no cambia. Y si no la cambiamos la mataremos…
Creo que su propuesta no tiene en cuenta que vivimos en un mundo globalizado, en el que las decisiones escapan muchas veces a la esfera nacional. Lo hemos visto en Grecia: el partido de izquierda radical Syriza ganó en 2015 las elecciones, convocó un referéndum contra las medidas de austeridad, arrasó y a pesar de eso no les quedó más remedio que tragar con lo que exigía Bruselas, el FMI y el Banco Mundial. De poco sirve renovar el proceso de toma de decisiones cuando en realidad son pocas las cuestiones en las que se puede decidir.
Estoy absolutamente de acuerdo. Escribí este libro en 2013 pensando cómo mejorar la democracia a nivel nacional, y lo de Grecia fue en 2015. Recientemente he escrito una carta abierta a Juncker, el presidente de la Comisión Europea, en la que le expongo mi convicción de que a nivel europeo deben empezar a aplicarse cambios en la toma de decisiones. No tiene sentido renovar las democracias nacionales si no se renueva Europa.
¿Y cree que le harán caso?
Tengo claro que las iniciativas de cambio no partirán de las autoridades europeas sino de los ciudadanos. La ira populista a la que estamos asistiendo en realidad es un regalo, una magnífica oportunidad, sólo que envuelta en alambre de espino. Pero las élites, en lugar de darse cuenta de que son necesarios cambios, se están haciendo más elitistas aún, tienen miedo de perder su poder y de que pueda reinar el caos. Pero es al revés: si no se presta oído a este enfado y se ofrecen soluciones, habrá realmente caos. Es muy peligroso, podemos no sólo deslizarnos hacia sistemas autoritarios sino que la Unión Europea podría estar finiquitada a finales de este año. Nadie parece darse cuenta de ello. Si Marine Le Pen se convierte en presidente de Francia, algo perfectamente posible, si el ultraderechista Geert Wilders llega a presidente de Holanda y si la extrema derecha Alternativa para Alemania (AfD) se convierte en el segundo partido de ese país, la UE está acabada. Así de simple.