Dos hipótesis sobre el apoyo de los jóvenes a López Obrador


Según encuestas, la mayoría de los millennials le darán su voto al candidato de Juntos Haremos Historia. ¿Por qué una generación hipertecnológica y conectada se vuelca en torno a un candidato cuyas visiones sobre ciertos temas son anticuadas?

En su más reciente libro, El futuro es nuestro, Carlos Illades define como “izquierda romántica” la postura recurrente, desde hace casi doscientos años, en ciertas expresiones políticas de entender la desigualdad exclusivamente en términos de moralidad. Toda perspectiva crítica sobre la economía, desde Marx hasta la socialdemocracia más moderada, entiende que el principio de acumulación del capitalismo conlleva la tendencia a una creciente desigualdad. En México, hasta la Constitución está imbuida de esa visión crítica sobre el capitalismo. En efecto, el principio tutelar de las disposiciones laborales en México se basa en el entendido de que, en la relaciones obrero-patronales, el trabajador es la parte estructuralmente más débil.

Hacia el final de la primera media hora del tercer debate presidencial, tuvo lugar este intercambio entre el candidato presidencial de Morena y el moderador Carlos Puig:

AMLO: Lo que va a moderar la indigencia y la opulencia, como diría Morelos, es el combate a la corrupción, acabar con la corrupción. Está demostrado que en los países donde no hay corrupción no hay pobreza, no hay inseguridad, no hay violencia. Suecia, Noruega, Dinamarca, Finlandia, Nueva Zelanda. Ahí en esos países la clase mayoritaria es la clase media. En nuestro país, desgraciadamente, por la corrupción, la clase mayoritaria es la clase pobre. Solo unos cuantos acumulan fortunas al amparo del poder público y mediante la corrupción.

Carlos Puig: ¿Pero la pobreza no es estructural, no es producto de un sistema económico, sino causada por la corrupción?

AMLO (tras negar con la cabeza al escuchar la referencia a las causas estructurales): Sí, la corrupción es la causa principal de la desigualdad social y económica en el país.

Casi me atraganté con una papa frita al oír la última frase, que no es sino el completo abandono del argumento fundacional de las izquierdas en el mundo. Con López Obrador, la propuesta para combatir la desigualdad ha regresado al siglo XIX.

Lo curioso es que en esta elección presidencial, la mayoría de los jóvenes, hasta un 51% de los votantes millennnials, según encuestas, van a apoyar esta visión decimonónica. Uno solo tiene que darse una vuelta por las redes sociales para ver cómo esta generación hipertecnológica y conectada con el resto de la humanidad se vuelca en muestras de apoyo a un candidato que vive de espaldas al mundo, encerrado en una especie de revival místico en el que por ejemplo, las respuestas a los ataques del rival en los debates presidenciales se describen no a través de argumentos, sino como protección de estampas milagrosas

¿Qué explica el amplio apoyo que goza López Obrador entre los votantes más jóvenes? Aquí adelanto dos hipótesis iniciales:

1. El fermento intelectual (o anti-intelectual) contemporáneo.

Hace unos quince años, el filósofo esloveno Slavoj Žižek y el teórico argentino Ernesto Laclau iniciaron un debate que se prolongó varios años. En el fondo estaba la cuestión de la formación de identidades políticas. ¿Es esta una función puramente discursiva, como plantea Laclau, o existe un anclaje estructural en la raíz de posiciones e intereses políticos, como sugiere Žižek? Para el esloveno, el momento “populista” descrito por Laclau: la formación de un bloque popular alrededor de una demanda hegemónica (que en el caso de López Obrador sería la erradicación de la corrupción) es una fase de movilización táctica que, sin embargo, no puede compensar por la falta de un programa explícito de clase.

Es evidente que, al menos en México, Laclau ha vencido a Žižek. El lopezobradorismo se ha ido consolidando como uno de los ejemplos más nítidos no solo de la función políticamente creadora del discurso, sino, especialmente, de sus excesos. Algunos jóvenes teóricos mexicanos, como Josafat Hernández, han vestido al lopezobradorismo en los ropajes de la teoría crítica, con Gramsci por delante. El problema es que el movimiento y las prácticas de su líder se resisten a la teorización y exigen grandes saltos de fe, porque, por ejemplo, ¿cómo podemos definir la llegada de López Obrador a la presidencia como un cambio de régimen cuando las mismas élites del “régimen” se están reconstituyendo en Morena?

Sin embargo, por cada intento serio por describir el movimiento de AMLO bajo categorías de análisis hay otros diez actos bufonescos, sobre todo en esa esfera de la vacuidad en que se ha convertido Twitter. Irónicamente, el fin de las ideologías, tan cacareado por el neoliberalismo triunfante en los 90, parece afianzarse ahora con la dilución de los programas de izquierda en el agua tibia de los “relatos contrahegemómicos” que abarcan todo porque específicamente no se refieren a nada.

2. Las propias circunstancias que ha vivido la generación de jóvenes que votarán por primera o segunda vez en una elección presidencial.

Esta generación es una versión un poco más amplia y seis años mayor que la del movimiento #YoSoy132, pero no se entiende sin ese antecedente. En 2012, los jóvenes irrumpieron en una campaña electoral que parecía tan decidida como la elección actual y reinsertaron el factor incertidumbre, al menos durante un mes.

Cabe recordar que esa movilización se abstuvo de pronunciarse abiertamente por López Obrador, enfocando sus baterías a lo que percibían como la determinación por parte de las grandes cadenas de televisión no solo del resultado electoral, sino del discurso público en general. Por esta razón, desde el lopezobradorismo se les vio con mucha desconfianza al principio. Dos años después, muchos de estos mismos jóvenes encabezaron las movilizaciones de protesta por la desaparición de los 43 estudiantes de la normal de Ayotzinapa.

En ambos casos, la movilización juvenil se encontró con la inmovilidad gubernamental, no solamente como expresión de una administración federal insensible ante el reclamo social, sino literalmente como una estructura inamovible, pese a los enormes esfuerzos invertidos en la exigencia de la renuncia presidencial.

Es de suponerse, como sucede en todo el mundo, que a la hora de decidir su voto, en los jóvenes pesará más el recuerdo de los agravios recientes cometidos por la administración saliente que cualquiera que sean las reservas que se le tengan al dirigente que promete el cambio. A esto hay que sumarle que el otro candidato de oposición, Ricardo Anaya, no intentó sino hasta muy tarde articular algún tipo de plataforma que respondiera a las demandas de los jóvenes, pero sobre todo a su afán de infligirle una derrota decisiva al grupo gobernante.

El caso es que en México, en 2018, ese sector social que a Perón le gustaba describir como “la juventud maravillosa” está lista para salir a las urnas a darle un voto de confianza a Andrés Manuel López Obrador. En Argentina hace casi cincuenta años, muchos analistas también se rascaban la cabeza preguntándose cómo era posible que la juventud sesentera, que en Francia hacía temblar a De Gaulle y en México tiraba a Díaz Ordaz del pedestal, en su país se encolumnara detrás de Perón, el viejo militar con simpatías filonazis en los años 40. Quizá por una mezcla de idiosincrasias rioplatenses y el talento del general para seducir a las masas, es indudable que los “baby-boomers” argentinos fueron peronistas.

Bien visto, el que la juventud sea ahora un pilar principal del movimiento lopezobradista es algo positivo. Los jóvenes, salvo algunos que ya se ven como los nuevos apparatchiks, no suelen extender cheques en blanco, como el propio Perón aprendió de mala manera en 1974, cuando los “jóvenes maravillosos” cayeron en la cuenta de que el redentor había llenado el gobierno de agentes de la derecha y se lo reclamaron en la mismísima Plaza de Mayo.