El algoritmo democrático


literal-algoritmoLa historia empieza en el suburbio de una capital europea. Como cada cuatro años, tocaban elecciones a alcalde.

Tradicionalmente, competían dos partidos. Uno de izquierdas y otro de derechas. Ambos candidatos habían sido regidores antes y sostenían una rivalidad ancestral.

Todo el mundo sospechaba que eran corruptos.

Pero este año, las elecciones eran distintas. Esta vez había un tercer candidato.

Una empresa de tecnología había creado un algoritmo que se presentaba a alcalde.

El algoritmo recibía las opiniones, deseos e inquietudes de todos los ciudadanos y tomaba sus decisiones haciendo la media; elaboraba complicados cálculos para determinar hasta qué punto había que implementar las reformas y estimaba las probabilidades de éxito para elegir, siempre, el plan más acertado.

Frente a los otros dos candidatos, el algoritmo no podía corromperse ni comprarse con dinero. El código era público y la empresa renunciaba legalmente a su propiedad: el algoritmo pertenecía a todos.

Cuando se contaron los votos, el ordenador haabía arrasado.

Por fin una nueva política. Un gobierno realmente representativo, donde a través de una app, internet o los centros establecidos para ello, todos los vecinos podían hacerle saber al alcade sus preocupaciones y deseos.

El algoritmo recogía todas las experiencias y calculaba una solución que fuese compartida por la mayoría. Todas las tomas de decisión contaban con la opinión del ciudadano. Ya no se votaba una vez cada cuatro años, sino todos los días.

Unos querían un parque pero otros se oponían al ruido de una construcción: el algoritmo encontraba un término medio, una ubicación ideal, un compromiso plausible para todos.

No había necesidad de idealismo peligroso, ni siquiera de partidos políticos. En las siguientes elecciones, los dos partidos antiguos se retiraron; no contaban con suficientes apoyos.

El suburbio prosperó. La noticia se esparció por el país. Pronto, otros municipios votaron al algoritmo como alcalde.

Un día, los ciudadanos de la capital optaron por la nueva vía y en sus elecciones triunfó el ordenador.

La capital y principales ciudades del país estaban gobernadas por un algoritmo que no tenía iniciativa propia pero que siempre tomaba la decisión matemáticamente más ‘correcta’.

Todo el mundo parecía feliz.

La gente se enorgullecía de tener el sistema técnicamente más perfecto, mucho mejor que la antigua democracia. Esto era democracia pura, constante y total.

Llegaron las elecciones nacionales y la población estaba entusiasmada con el nuevo invento. Los políticos eran cada vez más irrelevantes y odiados por los numerosos casos de corrupción que se destapaban cada día, así que el algoritmo volvió a ganar.

Empezaba una nueva era en la historia mundial de la política. Por primera vez, el destino de la humanidad no estaba guiado por las ideas sino por la experiencia; por un cúmulo de cientos de miles de millones de datos diarios, aportados por los ciudadanos a la mega computadora que siempre parecía acertar en sus juicios.

Un gobierno de verdad, para gente de verdad; sin verborrea ni mentiras ni falsas promesas.

Pero a escala nacional, el algoritmo se enfrentaba a problemas que no había visto en los suburbios: el crimen, la desigualdad o la política internacional se resolvían según los dictados de la mayoría y en muchos casos, según su ausencia.

Si no había suficientes ciudadanos con una fuerte opinión sobre algún tema internacional, el algoritmo de retiraría cuidadosamente, o cedería su opinión a algún organismo supranacional.

Por lo tanto, las campañas mediáticas de los distintos intereses y facciones de la sociedad aumentaron y se intensificaron. Había que movilizar al menos a la mitad de la población para poder someter cualquier tema a votación.

Pero pronto gran parte de la población se cansó y se producían pocos cambios.

Hacer cambios económicos era prácticamente imposible: el algoritmo calculaba el impacto de cualquier ley en los mercados, acciones y efectividad del capital nacional y dilucidó, gracias a la opinión de los votantes, que la estabilidad era el mejor aliado de los ahorros.

Aunque sí se consiguió endurecer las penas de cárcel por varios crímenes. Se reinstauró la cadena perpetua en casos específicos.

En una votación se decidió que la constitución era obsoleta e innecesaria. La opinión popular dictaba que la política era para los vivos y la constitución solo entorpecía la nueva democracia total.

El país parecía avanzar apaciblemente sin necesidad de tomar decisiones drásticas, o siquiera decisiones. La política a escala local funcionaba mejor que nunca y los ciudadanos por fin sentían una política que realmente afectaba a sus vidas para mejor.

A medida que se esparcía la noticia por el continente, más y más inmigrantes se agolpaban en las fronteras, atraídos por el nuevo invento que garantizaba una vida mejor que en ningún otro lugar

Los ciudadanos empezaron a sentirse intranquilos: ¿tendrían derecho a decidir estos nuevos inmigrantes? ¿Y si, con sus distintas culturas y religiones, cambiaban el carácter del país? ¿Y si entraban los suficientes como para formar una mayoría? ¿Perderían las riendas sobre su propio país?

El debate se recrudecía cada mes. Poco a poco, la sociedad se dividió: algunos sectores empezaron a hablar de expulsarlos a todos y cerrar las fronteras; mientras que otros argumentaban que por el mero hecho de vivir en el país tenían derecho a influir sobre su dirección y sus vidas.

¿Qué hacer con los nuevos migrantes?

Como no se conseguía reunir una opinión mayoritaria en el asunto, algunos ciudadanos más violentos empezaron a perder la paciencia. Grupos de extremistas, hartos de esperar a la mayoría, se enzarzaron en peleas con extranjeros.

La violencia aumentó y los enfrentamientos pasaron de contarse en heridos a muertos. La situación se descontrolaba.

Ante semejante panorama, la sociedad reaccionó y se organizó una votación extraordinaria para decidir qué hacer con los migrantes: ¿darles plenos derechos o expulsarlos y cerrar la frontera?

La nación contenía el aliento: era la decisión más trascendental que iban a tomar desde que el algoritmo tomó poder.

Cuando el ordenador hizo el recuento, la opción anti-inmigración había sido derrotada: desde ese momento, todos los inmigrantes tendrían derecho al voto y a influir sobre el algoritmo.

Pero el país parecía haber quedado dividida para siempre. El rencor entre los dos bandos aumentó cuando el grupo anti-inmigración protestó contra el resultado. Era la primera vez en la nueva era que alguien recriminaba públicamente el dictado del algoritmo.

No obstante, con el paso de los meses, poco cambió. La sociedad no vivió ninguna transformación radical y todo seguía con normalidad. Los ánimos parecían tranquilizarse y las aguas volvían a su cauce.

Hasta que algo terrible ocurrió.

En el espacio de una semana, tres coches bomba estallaron en la capital. Los atentados fueron reivindicados por grupos terroristas extranjeros, y perpetrados por inmigrantes.

De nuevo el país se vio atenazado por el miedo. La desconfianza aumentó entre los ciudadanos: aquellos que estuvieron a favor de los inmigrantes ahora eran considerados cómplices a ojos del público. Aquellos partidarios de cerrar las fronteras ganaron popularidad; al fin y al cabo habían advertido de que esto iba a pasar.

La violencia volvió a las calles, y los enfrentamientos aumentaron.

Se empezó a esparcir el rumor de que el algoritmo podría haber evitado algo así. Si el algoritmo podía acceder a cada casa, se podría usar para vigilar a los inmigrantes. Alguna gente argumentaba que si el algoritmo estuviese realmente al mando, esto se podría haber evitado.

Ante la escalada de violencia, se convocó otra votación extraordinaria: si el algoritmo era perfecto calculando fines y medios, ¿era necesaria la intervención del público? ¿Eran realmente fiables los humanos? Con impulsos, emociones, fiebres y deseos; con ansiedades, miedos y contradicciones; rellenos de sangre y cosidos con músculos que se deshacían con los años; imperfectos como un animal y peligrosos como una bestia: ¿eran realmente capaces de tomar las mejores decisiones?

Se realizó el siguiente referéndum: ¿deberían votar las personas o se debería confiar el destino de la sociedad a la sabiduría del algoritmo todopoderoso?

Al fin y al cabo, el ordenador estaba programado para mejorar la vida de la gente; era dejarse caer en buenas manos.

La mayoría se pronunció de forma aplastante en contra del voto humano. El algoritmo ganó el derecho a emprender la iniciativa, sin tener en cuenta necesariamente la opinión de la mayoría.

Desde ese momento, la democracia más perfecta de Occidente entró en una nueva fase: una democracia tan extremadamente sofisticada que estaba libre de la sucia huella del humano, de la irracionalidad y el error. Una democracia sin personas.