El puzzle de la hija de Frei


Tras conocerse la decisión del juez Madrid de acusar a seis personas por la muerte del ex Presidente Frei Montalva, revelamos un capítulo del libro que su hija Carmen se apronta a lanzar. Aquí, la ex senadora relata “el acoso” y espionaje que vivió su padre previo a su muerte.

Durante el proceso judicial realizado por el juez Alejandro Madrid, con dedicación exclusiva en esta causa, hemos ido descubriendo que el acoso a la Democracia Cristiana y a Eduardo Frei Montalva empezó desde muy temprano. El agente de la Dina José Stalin Muñoz declaró: “En 1975 fui trasladado a la recientemente creada Agrupación Ciervo. Nuestra misión era recabar información sobre la DC y sus personeros”. A fines de 1976, cuando la Dina se convierte en CNI, varios de estos escuadrones se reúnen en uno común llamado Maipo. El agente Rudeslindo Urrutia dijo: “Leopardo y Ciervo se reagruparon. El objetivo era la búsqueda de información, sobre todo lo relacionado con la DC. El jefe de la unidad era el capitán de Carabineros Miguel Hernández Oyarzo. Tiempo después se sumaron el capitán de Ejército Arturo Silva Valdés y el empleado civil Raúl Lillo”. Este último acabaría siendo determinante en el crimen de mi padre: era el jefe, estuvo a cargo de todos los seguimientos. Según agregó en su declaración el mismo Urrutia: “Eduardo Frei siempre estuvo sometido a vigilancia especial por parte de nuestro grupo”. Héctor Lira, otro agente, complementó la información, diciendo: “Afortunadamente, siempre había carabineros apostados en el domicilio de Eduardo Frei”.

 

El padre: “¡Hasta cuándo me siguen!”

En la familia nos hicimos conscientes desde muy temprano de las escuchas telefónicas y los micrófonos, pero no imaginábamos ni remotamente las dimensiones de esa red de seguimiento y acoso. Recuerdo como si fuera hoy a mi padre deteniendo el auto, bajándose abruptamente, aproximándose al vehículo que venía atrás e increpándolos:
—¡Hasta cuándo me siguen!

El asunto se tornó más amenazante después de los incidentes ocurridos durante sus visitas a la casa de Hernán Elgueta, en Papudo. Un agente, que pidió reserva de su identidad, declaró durante el proceso: “Existían comunicados de la Dirección General de Carabineros de que se informara directamente al retén de Papudo de las visitas de Eduardo Frei”. El suboficial de Carabineros José Héctor Rubilar fue más lejos: “En los días previos a las visitas de Frei, el jefe del retén recibía documentos provenientes de la Comisaría de La Ligua, donde se informaba respecto de estas visitas y se instruía intensificar los servicios de patrullaje en las inmediaciones del domicilio de Elgueta”.

Mi padre iba allí con mucha frecuencia, a veces los fines de semana largos, o por una semana entera. Solían comentar que los perros de don Hernán ladraban mucho en la noche…
Simultáneamente estaba el seguimiento que le hacían a mi padre en el exterior. El teniente coronel de Ejército Juan Ramón Jara dijo durante el proceso: “Existía preocupación por las actividades de Frei en el exterior, por lo cual recibíamos informaciones del Departamento Exterior de la CNI, el cual, a su vez, tenía una red de agentes en nuestras embajadas”. El agente Raúl Lillo añade: “Dentro de mis responsabilidades como segundo al mando de la Brigada C-12 se encontraba Eduardo Frei. Contábamos con informantes infiltrados dentro de la DC. Manteníamos una carpeta con antecedentes obtenidos de fuentes abiertas y transcripciones de escuchas telefónicas que se hacían al domicilio de Frei en calle Hindenburg y en su oficina de calle Huérfanos”. Por su parte, José Evaristo Duarte dice que él debía concurrir a la casa de Hindenburg y a la sede de la DC, en el Edificio Carlos V, “para observar movimientos de personas que entraban y salían, una labor que se extendió cuando Eduardo Frei se internó en la Clínica Santa María”.

 

La amenaza: “Dile al narigón que se salvó por milagro”

Lo mismo nos sucedía cuando estábamos en la casa de Hindenburg: vivíamos rodeados de situaciones extrañas, y era muy difícil discernir cuándo era realidad y cuándo exageración o fantasía. En una ocasión, con Eugenio íbamos saliendo de la casa de Hindenburg cuando nos fijamos en la ventana de la casa vecina. Allí había vivido la familia Gatica, muy amigos nuestros. Esa ventana era la de la pieza de mi amiga Soledad Gatica, solíamos hablar de ventana a ventana. Pero ellos vendieron esa casa y ese día notamos que la ventana estaba clausurada con unos tablones, siempre con una persiana corrida. Entraban y salían de esa casa personas de pelo corto y con maletines. Ese día comentamos que tal vez a mi padre lo escuchaban desde allí, detrás de esa ventana clausurada.

En una ocasión en que Eugenio se encontró con el general Humberto Gordon en una embajada, le dijo directamente:

-General, sabemos que hay micrófonos en la casa y en la oficina de mi suegro. ¿Por qué hay tanto odio contra él?

Gordon lo miró sorprendido.

-Si hay micrófonos -dijo-, sáquelos.

-No siempre podemos -contestó Eugenio-, porque son direccionales.

Gordon acusó el golpe. Hay que entender que en esa época lo de los micrófonos direccionales era algo muy poco conocido, muy sofisticado.

En la casa de Hindenburg había dos teléfonos: el normal y uno de esos antiguos, muy bonito, que le habían instalado a mi papá cuando era presidente. Era algo así como el teléfono rojo. Cuando se lo instalaron, le entregaron a mi padre el número de ese teléfono especial en un papelito y le dijeron:

-Usted, Presidente, es el único que va a conocer ese número. Apréndaselo y rompa el papel. Mi padre rompió el papel y olvidó el número. Sin embargo, después del golpe ese teléfono seguía allí y en él no se recibían llamadas (pues nadie sabía el número), pero sí podíamos llamar. Cada vez que sonaba ese teléfono se trataba de amenazas, insultos o de alguna advertencia del tipo:

—¡Dile al narigón que se salvó por milagro de la bomba en el auto, pero a la próxima no vamos a fallar!

En el proceso que lleva el juez Madrid, el agente Roberto Schmied Zanzi afirma que había carpetas sobre Frei que fueron guardadas en el archivo general de la CNI, pese a lo cual el Ejército jamás entregó nada. “Había dos carpetas con datos de Eduardo Frei. Una, la más importante, se llevaba en el departamento confidencial de la Dina y después de la CNI, primero con Manuel Contreras y luego con Odlanier Mena, y había otra que se guardaba en el departamento que ocupaba Mena como subjefe”.

La hija: “Para mi mamá, Becerra era de toda su confianza”

El agente Raúl Lillo, jefe de los operativos de seguimientos a mi padre, declaró: “Luis Becerra era muy importante como informante, pues mantenía una relación excelente con Frei y su familia”. Y eso era cierto. Para mi mamá, en particular, Becerra era de toda su confianza. Entró a la casa porque era dirigente vecinal de la DC y se convirtió en chofer y ayudante de él desde el año 1962, incluso antes de que yo me casara. Era parte de la casa, subía y bajaba entre un piso y otro.

¿Cómo empezó todo? Cuando mi papá era Presidente se decidió reforzar el personal de servicio y entró a trabajar al lado de Becerra un funcionario llamado Néstor Riveros, que era de la Armada. Fue él quien vinculó a Becerra con la Marina, para la cual Becerra empezó en algún momento a trabajar sin que nadie lo supiera, y lo volvieron a reclutar después del golpe. En el proceso hay una declaración muy interesante de nuestra querida Isabel Díaz: “Mientras don Eduardo era Presidente de la República, le enviaron a la casa a un funcionario de la Armada, Néstor Riveros. Era un hombre que me producía mucha desconfianza, ya que era muy metiche. En varias oportunidades lo descubrí escuchando conversaciones privadas de don Eduardo. Traté de comentarle esto a la señora Maruja, pero me pidió que no me involucrara”.

Después del golpe, cuando mi padre envió a Becerra a dejar el automóvil del Senado, este desapareció por algún tiempo, aunque años después supimos que el 12 de septiembre pasó a ser parte activa de la marina. Cuando reapareció, dijo que se había quedado sin trabajo y que necesitaba hacer algo e ingresó a la FAO gracias a gestiones de mi padre. Sin embargo, siempre se las arreglaba para volver a aparecer por la casa. Mis padres lo ayudaron a comprarse un furgón en el que empezó a vender frutas y verduras. Entraba y salía y a nadie le parecía extraño. ¿Cómo hubiéramos podido imaginar que se había convertido en soplón de la dictadura y que había vuelto para espiar? Esto lo supimos recién 20 años después, por las investigaciones del juez Madrid.

Nos quedamos pasmados, no podíamos creerlo cuando, durante el proceso, nos enteramos de quién era Becerra. En el año 2000 yo empecé a contar quién era Becerra, y varios no me creyeron. La reacción fue del tipo: “Qué va a saber la Carmen”. O bien: “Dejemos las cosas tranquilas”.

Aunque Becerra ha negado todos los hechos y ha tratado de mostrar que se convirtió en informante tras la muerte de mi padre, la información acumulada en el proceso lo inculpa. Por lo menos dos agentes, Héctor Lira y Raúl Lillo, reconocieron haber sido jefes de Becerra en la CNI, y contaron con detalles cómo él les entregaba diariamente información sobre mi papá. Mi hija María Paz siguió de cerca el proceso del asesinato del químico Eugenio Berríos (que ya veremos cómo se vincula con la muerte de mi papá), y en una de esas sesiones estaba en una sala donde comparecían los militares uruguayos involucrados. En un momento ella vio venir a alguien conocido, no recordaba el nombre, pero la cara le era muy familiar.

-Esa persona es de la DC -le comentó a Palmira, una funcionaria de la PDI que apoyaba al juez en el proceso-. Lo conozco.

-¿Sabes quién es? -le dijo Palmira.

-No, pero creo que es DC.

-Es Raúl Lillo, el jefe directo de Luis Becerra en la CNI. Él estaba al mando de todos los que vigilaban a tu abuelo.

María Paz recordaba haber visto a ese individuo en todos lados, cerca de la familia, su rostro era parte de sus recuerdos, pero no sabía quién era. Comparándolo con Genaro Cerda, un dirigente de las Juventudes de la DC que también era un agente infiltrado, Lillo dijo durante el proceso que por sus labores de soplonaje Becerra recibía más dinero que Cerda. O sea que no era cierto, como ha dicho Becerra, que en la Dina y en la CNI a él le pagaban muy poco.

Luego hizo otras declaraciones en las que afirmó que se puso a colaborar con la Dina porque lo amenazaron con que le iban a matar a una hija. Solo mucho después, cuando pudimos mirar hacia atrás, nos dimos cuenta de que Luis Becerra aparecía por la casa cada vez que estaba sucediendo algo importante con mi papá o con la oposición. Cuando más agitados estábamos, él aparecía por la casa con su furgón de frutas o simplemente se ofrecía para ayudar.

Naturalmente, era muy bienvenido, porque era un refuerzo, sobre todo para mi mamá.


El soplón: “Cuatro meses antes, Becerra sabía que mi papá se iba a operar”

Algo semejante sucedió cuando a mi padre lo internaron en la clínica por segunda vez: Becerra iba diariamente a Hindenburg, y atendía a la gente que venía a preguntar por él. Antes, en la primera operación, había sido él quien lo llevó a la clínica cuando todo se hizo muy discretamente, se trataba de que nadie supiera. Sin embargo, cuatro meses antes, en junio de 1981, Becerra ya sabía que mi papá se iba a operar, porque estaba allí cuando tomaron la decisión con el doctor Goic. Como si no bastara, cuando mi padre murió, Becerra se instaló a recibir las condolencias…

Lamento muchísimo que mi padre haya muerto sin saber quién era Luis Becerra, pero en cambio fue una suerte que mi mamá tampoco supiera nada cuando murió en 2001. Ella sospechaba, como todos, que había pasado algo raro en la muerte de mi padre, pero tomamos la decisión de no hacerla sufrir más y no le contamos cuando iniciamos el proceso judicial, el año 2000.
Todo el acoso que sufrió mi padre y el sistema de vigilancia fueron de vital importancia al momento de comenzar la planificación y ejecución del asesinato. Una vez que se había tomado la decisión de eliminarlo, toda la información grabada por los micrófonos, la recopilación de las escuchas, los informes de Luis Becerra dando cuenta de cada movimiento, todo eso fue clave para crear las condiciones que permitieron el despliegue del dispositivo que se hizo cargo de mi padre cuando ingresó a la clínica. Esa red de informaciones fue esencial para determinar las circunstancias en que se llevaría a cabo el crimen. Pudieron definir el dónde, el cómo y quiénes, porque dispusieron de todas las variables necesarias, porque pudieron copar el lugar con anticipación. Todo el sistema de vigilancia a mi padre les permitió a los organismos de inteligencia saber, casi cuatro meses antes, que se operaría en la Clínica Santa María el 18 de noviembre de 1981.

El médico: informes al edecán de Pinochet

De la misma forma, implicó un método de chequeo permanente de su situación de salud. En una de las más sorprendentes declaraciones del procesado Dr. Patricio Silva Garín, este reconoce que “como oficial de Sanidad del Ejército, cumpliendo sus ordenanzas, informé al mando, la atención médica solicitada para el ex Presidente Frei Montalva, y por este medio era informado el edecán de turno del Presidente de la República, don Augusto Pinochet Ugarte. Con esto quiero decir que no era yo quien personalmente informaba a Pinochet de la salud del ex mandatario. Los informes eran escuetos y solamente cuando eran requeridos por el mando”.
Lo anterior coincidió con lo declarado por Hosman Abel Pérez Sepúlveda, general de Inteligencia de Carabineros en 1982. “(…) Recuerdo haber escuchado, me parece en el edificio Diego Portales, que un ayudante del Presidente Pinochet pedía informe de la salud del ex Presidente Frei, para informar al general (…). Estaba en la antesala junto con otras personas que esperaban ser atendidas, cuando salió de alguna de las dependencias un ayudante del Presidente Pinochet, que pedía en alta voz que le dijeran dónde estaba el informe de la evolución de la salud del ex mandatario, pues el general Pinochet lo estaba solicitando. Eso me dio a entender que había real preocupación por el estado de salud del ex presidente”.

La traición: “Siento pena y rabia”

Queda claro que existían canales de información entre el equipo médico que intervenía a mi padre y Pinochet.
Siempre me pareció extraño que el coronel de Inteligencia Hans Zippelius Weber, que dirigía la División de Informaciones de la CNI, el que debió enterarse primero que mi padre sería operado, fuese trasladado en ese tiempo al Hospital Militar y que en su hoja de vida dijera que su traslado al Hospital Militar, el 13 de octubre de 1981, se realizó “por orden expresa de S.E. el Presidente de la República y comandante en jefe del Ejército”.
Han pasado muchos años, pero jamás he dejado de sentir una pena enorme, una pena que se mezcla con rabia, cuando pienso en la traición de algunas personas a quienes mis padres les tuvieron confianza y aprecio.