En el laberinto inquietante de la socialdemocracia


Andrea Nahles, la nueva presidenta del SPD. SIMON HOFMANN (GETTY IMAGES)

Andrea Nahles toma las riendas del SPD en un momento delicado del partido

Es un lugar común hablar de la crisis de la socialdemocracia y cada nuevo episodio que tiene lugar en alguno de los partidos que la han encarnado se mira con lupa, con escepticismo y se acerca la nariz para ver si la cosa no empieza ya a oler mal. Los buitres revolotean. Acaba de suceder con la elección de la primera mujer al frente del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD). ¿Será capaz de devolverle al partido un poco de brío después de las malas cifras que obtuvo en las últimas elecciones, las peores de toda su historia? Ahí está Andrea Nahles, 47 años, dicen que una política de verbo encendido, ministra de Trabajo en el último Ejecutivo de Angela Merkel (2013-2017), con una fuerte sensibilidad por la justicia, filóloga de formación. Un perfil clásico.

Un primer dato que habría que celebrar, aunque muchos ya lo hayan contado como el primero de sus reveses, es que Nahles ganó por el 66,3% de los votos válidos. Martin Schulz, en cambio, había arrasado el año anterior con el cien por cien de los apoyos. Luego tuvo un feliz noviazgo con las encuestas, hubo gente que empezó a bailar el chachachá (o la polca, vaya usted a saber) hasta que vino la monumental caída, y se produjo una salida no muy honrosa (pequeñas disputas, maniobras turbias). Quizá sea bueno, toca ser optimistas, subrayar que le cuadra más a un líder de la socialdemocracia no salir de unas votaciones a la manera en que lo hacen los jefes de otras formaciones que se sitúan más a la izquierda. Fíjense en lo que acaba de pasar en Cuba.

No lo va a tener fácil Andrea Nahles, justo en el momento en que seguramente Europa necesita más que nunca una socialdemocracia fuerte. Se suele decir que fue la globalización la que dejó maltrechas las políticas del centro izquierda, y que la crisis económica vino a rematar a patadas a los partidos que las defendían. Quienes ven hechas trizas sus expectativas al quedarse sin trabajo, los que de un día a otro fueron empujados a la pobreza, en fin, todos los damnificados por la debacle financiera, no van a andar escuchando el discreto mensaje de los socialdemócratas cuando pueden dejarse seducir por las grandes promesas de quienes sostienen que todo es cuestión de dejarlo en manos de la voluntad popular. Ese huracán que sopla con fuerza para traer un futuro radiante.

Es cierto que la crisis económica golpeó con fuerza a la izquierda moderada, dejándola sin respuestas, torpe, acomplejada. Pero hay otra cuestión que seguramente le está complicando la vida a los socialdemócratas: los cambios culturales que están produciendo las nuevas tecnologías y, por tanto, el modo tan distinto en que se compite en estos tiempos por el poder. No sirven de mucho los planes a largo plazo, los discursos que se afanan en los matices, la argumentación, el proyecto, los necesarios cambalaches con una realidad que se obstina siempre en torcer los ideales.

La educación ha formado siempre parte del proyecto de los socialdemócratas. Aprender, informarse, ir conociendo poco a poco la manera de transformar las cosas. Hoy, soberanos delante de las teclas de los móviles y de los ordenadores, hinchados de poder por abarcar el mundo entero con un par de movimientos del pulgar, no hay tiempo ni para formarse ni para atender a razones. Romper ese círculo diabólico es lo que toca. Andrea Nahles, que tenga mucha suerte.