En Merkel, Europa pierde una líder


Angela Merkel anunció el pasado lunes que no buscará la reelección como Canciller.  Credit Sean Gallup/Getty Images

Compasiva cuando los corazones se enfriaban, comprometida con la unidad cuando otros la abandonaban.

Angela Merkel anunció el lunes que abandonará el escenario político cuando finalice su mandato como canciller de Alemania en 2021. Puede que ocurra antes si las elecciones se convocan previamente a dicha fecha, pero en cualquier caso deja mucho tiempo “de preparación para el periodo que viene después de mí”, como dijo la Sra. Merkel, para evaluar sucesores potenciales y los retos futuros. Este es el momento para una mirada retrospectiva de uno de los líderes occidentales más notables de nuestro tiempo.

No son el carisma, la audacia o la elocuencia los que la han hecho notable. Al igual que su mentor y predecesor como canciller, Helmut Kohl, la Sra. Merkel es de oratoria y comportamiento anodinos. Su lema en las últimas elecciones – “Para una Alemania donde la vida sea buena y podamos disfrutarla” – resumía la reconfortante combinación de moderación, estabilidad, centrismo y decencia que ha llevado a los votantes a “Mutti” (Mami). En sus 13 años al mando, Alemania ha sido un lugar bastante tranquilo y próspero, a pesar de algunas tormentas políticas.

Pero fue precisamente gracias a esa calma, su consistencia y decencia, en un momento en que los populistas se estaban levantando en muchos rincones de Europa, cuando Vladimir Putin estaba reviviendo una Rusia hostil, el Presidente Trump estaba cediendo el papel de liderazgo de los Estados Unidos y Gran Bretaña estaba tratando de abandonar la Unión Europea, que la Sra. Merkel dejó su marca y asumió el papel de “líder de facto del mundo libre”.

El título puede ser una exageración; puede ser más exacto afirmar que ella se dio cuenta de la necesidad de manejar un mundo libre que no tenía líderes. Sin embargo, es Angela Merkel, formada como científica en Alemania Oriental y la primera mujer en servir como canciller alemana, quien se ha enfrentado a Trump y a Putin, quien noblemente -algunos dicen ahora tontamente- abrió las puertas de Alemania a refugiados y quien apoyó tres rescates para salvar a Grecia de la bancarrota. Todo esto se hizo sin dramatismo, sin muchas palabras y a menudo sin prisas (“merkeln” significa “titubear“).

Muchas de las decisiones de la Sra. Merkel han sido tan criticadas como elogiadas. Su insistencia en la austeridad cuando Grecia estaba contra las cuerdas fue ampliamente denunciada como excesiva. La apertura de la frontera alemana a los refugiados ha sido culpada por el surgimiento del partido de derecha Alternativa para Alemania y el declive de su popularidad, que se puso de manifiesto en el mal resultado de sus demócratas cristianos en las elecciones estatales de Hesse del pasado domingo. Sin embargo, la acción principista de Merkel, tan diferente a la oposición nativista a los inmigrantes, pregonada por los populistas europeos y por Trump, también ejemplifica los preceptos morales, forjados al crecer en un hogar luterano en Alemania Oriental, que están detrás de los instintos y el estilo de Merkel. Su súplica típicamente subestimada a los alemanes durante la crisis de los refugiados fue simplemente, “Wir schaffen das” – “Nos arreglaremos”.

Eso es lo que ella, ahora de 64 años, ha hecho durante 13 años, escuchando más la “brújula interior” de su fe luterana que cualquier ideología, contra la cual fue inoculada por sus años detrás del Telón de Acero; prefiriendo la suavidad y la ambigüedad a la estridencia, la cautela a la conveniencia. “Soy un poco liberal, un poco social-cristiana, un poco conservadora”, dijo en 2009, un enfoque que demostró el año pasado en su manejo de la propuesta a favor del matrimonio gay, cuando permitió que se votara sobre el tema en el Bundestag mientras se unía a la minoría para votar “no”.

En asuntos internacionales, Merkel ha sido una firme defensora de la Unión Europea, la OTAN y de la protección de un orden internacional basado en normas. Bajo su mandato, Alemania ha incrementado su papel en la seguridad internacional, y la Sra. Merkel se ha comprometido a aumentar el gasto militar al 2 por ciento del producto interno bruto. Una encuesta del Pew Research Center en 25 países reveló que el 52 por ciento de los encuestados confiaba en Merkel, más que en los líderes de Francia, Rusia, China y Estados Unidos. (El setenta por ciento desconfiaba de Donald Trump.)

Esta es una postura difícil de seguir para su sucesor, y hay grandes desafíos por delante: remodelar una Unión Europea sin Gran Bretaña, fortalecer las instituciones que gobiernan el euro, diversos choques con la administración Trump y los populistas vecinos, las relaciones con Rusia.

Pero la Sra. Merkel está haciendo lo correcto al renunciar. “No quiero ser un cadáver insepulto cuando deje la política”, dijo antes de convertirse en canciller, y últimamente tanto ella como su coalición lucen cansados. Su popularidad en las encuestas ha disminuido, y más de 13 años son más que suficientes para cualquier líder político. Y los mejores líderes son aquellos que saben cuándo es el momento de irse.

Traducción: Marcos Villasmil


NOTA ORIGINAL:

The New York Times

In Merkel, Europe Loses a Leader

Editorial Board

Angela Merkel announced Monday that she would not seek re-election as Germany’s chancellor. Credit Sean Gallup/Getty Images

Compassionate when hearts grew cold, committed to unity when others abandoned it.

Angela Merkel announced Monday that she would step off the political stage when her term as Germany’s chancellor ends in 2021. It may happen sooner if elections are called before that, but in any case it leaves plenty of time “to get ready for the time after me,” as Ms. Merkel put it — to check out potential successors and future challenges. This is the time to look back at one of the most remarkable Western leaders of our time.

It is not charisma, daring or eloquence that have made her remarkable. Like her mentor and predecessor as chancellor, Helmut Kohl, Ms. Merkel is rather bland in speech and demeanor. Her slogan in the last election — “For a Germany where life is good and we enjoy it” — about summed up the comforting combination of moderation, stability, centrism and decency that have rallied voters behind “Mutti” (Mommy). In her 13 yearsat the helm, Germany has been a fairly calm and prosperous place, despite some political storms.

But it was precisely in that calm, consistency and decency, at a time when populists were rising in many corners of Europe, when Vladimir Putin was reviving a hostile Russia, President Trump was ceding America’s leadership role and Britain was trying to quit the European Union, that Ms. Merkel made her mark and assumed a role as the de facto “leader of the free world.”

The title may be an exaggeration; it may be more accurate that she became aware of the need to manage a leaderless free world. Yet it is Ms. Merkel, trained as a scientist in East Germany and the first woman to serve as German chancellor, who has stood up to Mr. Trump and Mr. Putin, who nobly — some now say foolishly — opened Germany’s doors to refugees and who agreed to three bailouts to save Greece from bankruptcy. All that was done without drama, without a lot of words and often without rush (“merkeln” has come to mean “to dither”).

Many of Ms. Merkel’s decisions have garnered as much criticism as praise. Her insistence on austerity when Greece was on the ropes was widely denounced as excessive. The opening of Germany’s border to refugees has been blamed for the rise of the right-wing Alternative for Germany party and the decline of Ms. Merkel’s popularity, which was on display in the poor showing by her Christian Democrats in Hesse state elections on Sunday. Yet Ms. Merkel’s principled action, so different from the nativist opposition to immigrants trumpeted by European populists and Mr. Trump, also exemplifies the moral precepts, forged growing up in a Lutheran home in East Germany, that are behind Ms. Merkel’s instincts and style. Her typically understated plea to Germans during the refugee crisis was simply, “Wir schaffen das” — We’ll manage it.

That’s what Ms. Merkel, now 64, has done for 13 years, listening more to the “inner compass” of her Lutheran faith rather than any ideology, against which she was inoculated by her years behind the Iron Curtain; preferring blandness and ambiguity to stridency, caution to expediency. “I’m a bit liberal, a bit Christian-social, a bit conservative,” she said in 2009, an approach she demonstrated in her handling of gay marriage last year, when she allowed a vote on the issue in the Bundestag while joining the minority in voting “no.”

In foreign affairs, Ms. Merkel has been a strong champion of the European Union, NATO and protecting a rules-based international order. Under her, Germany has increased its role in international security, and Ms. Merkel has made a commitment to raising military spending to 2 percent of gross domestic product. A Pew Research Center survey of 25 countries found that 52 percent of respondents had confidence in Ms. Merkel, more than the leaders of France, Russia, China and the United States. (Seventy percent lacked confidence in Mr. Trump.)

That’s a tough act for Ms. Merkel’s successor to follow, and major challenges lie ahead: reshaping a European Union without Britain, strengthening institutions that govern the euro, clashes with the Trump administration and neighboring populists, dealing with Russia.

But Ms. Merkel is doing the right thing in stepping down. “I don’t want to be a half-dead wreck when I leave politics,” she said before she became chancellor, and of late she and her coalition have looked tired. Her polls have fallen, and 13-plus years are more than enough for any political leader. And the best leaders are those who know when it’s time to exit.