España y Bélgica


Soy creyente y no participé por tanto en ningún acto violento, vino a decir Junqueras a la juez Lamela. Que la magistrada le enviara a la cárcel en prisión preventiva indica que no le hizo efecto. Incluso pudo surtir el efecto contrario: la primera obligación de un creyente es cumplir las leyes y Junqueras está acusado de cinco delitos a cual más grave. Sin remordimiento, disculpa o promesa de no volver a hacerlo, animando a sus fieles en las cartas que les envía desde su celda a seguir su senda de rebeldía. Algo que su sucesora, Marta Rovira, cumple al pie de la letra e incluso sobrepasa: «Desde el gobierno –ha dicho– se nos advirtió que estaban dispuestos a usar el Ejército, llegando al derramamiento de sangre». Una acusación tan grave exige que se diga quién, dónde, cuándo. Pero ni palabra de ello, porque se creen por encima del bien y del mal, como los ungidos. Posiblemente, buscan mártires, que corra la sangre. Cuando son unos vulgares embusteros, que mienten como respiran, unos farsantes de que prometieron hacer de Cataluña una Arcadia y lo que han hecho es arruinarla, confundirla y dividirla. Pero se están pasando, mejor dicho, ya se han pasado. Lo de Rovira excede la falacia habitual para entrar en la calumnia. ¿Busca hacer compañía a su jefe o es una excusa de la cobarde huida a Bélgica? De estos fanáticos puede esperarse todo.

Mientras tanto, en Bruselas, un juez se ha tomado más tiempo para decidir si accede a los requerimientos por la Justicia española de repatriar a Puigdemont y comparsa, mientras el fiscal pide su entrega. ¿Juegan al policía bueno y malo? No olvidemos que esa misma Fiscalía pidió un informe sobre las cárceles españolas para saber si son bastante confortables para los huidos catalanes. Ni que denegó la extradición de una etarra acusada de asesinato, que hoy regenta allí un restaurante. Lo que está en juego no son unos mentirosos compulsivos, ni las cárceles, ni siquiera la Justicia belga y la española, sino la calidad de las democracias española y belga. Bélgica es un estado fallido, con dos mitades, la flamenca y la valona, que se odian, pero obligadas a vivir juntas, porque separadas no serían nada. Tras el circo catalán, tenemos la pantomima belga. Pero lo que están consiguiendo el errante Puigdemont y el devoto Junqueras con tanta mentira, teatro, injurias, caradura es mostrar lo que son: gentes sin el menor escrúpulo, que se saltan todas las normas, empezando por las suyas, para seguir gobernando a su antojo y eludir el peso de la ley. Cuánto tiempo van a poder seguir haciéndolo es difícil de predecir porque, al no haber hecho otra cosa en su vida, conocen todas las trampas legales. Pero están disparando los últimos cartuchos, se conocen ya todos sus trucos, cada vez tienen menos amigos y los amigos son menos recomendables. ¿Está dispuesto Puigdemont a ser el huésped indefinido de una embajada venezolana? Que tenga cuidado, una cárcel española puede ser más cómoda.