Homenaje a la Fundación Konrad Adenauer


kas1HOMENAJE A LOS CINCUENTA AÑOS DE ACTIVIDAD INTERNACIONAL DE LA

FUNDACION KONRAD ADENAUER

 

ESTEBAN TOMIC 

En 1964, cuando el Departamento Internacional de la Fundación Konrad Adenauer apenas cumplía dos años de existencia, decidió becarnos a tres jóvenes licenciados chilenos para que, junto con otros jóvenes latinoamericanos, tomásemos estrecho contacto con la realidad de Alemania Federal.

Esa experiencia incidió profundamente en el futuro desarrollo de nuestras vidas: uno de nosotros, Gastón Salvatore, se convirtió en un conocido escritor en lengua alemana y reside hasta hoy en el Viejo Continente. Sergio Cruz, regresó a Chile al cabo de cuatro años, y ha hecho de su estudio de abogado, al cual me invitó hace algunos años a unirme, un lugar que acoge a los emprendimientos alemanes que llegan a Chile. Yo soy el tercero de esos jóvenes de entonces. Mi homenaje a la Fundación que nos llevó a Alemania será esta reflexión sobre el significado de algunos pasajes medulares de la experiencia vivida.

En aquel entonces el mundo estaba alineado en dos campos opuestos que competían por todos los medios- culturales, políticos, económicos y militares- entre sí. Veinte años duraba ya en 1964 esta rivalidad, y sus crudas secuelas se podían observar en la geografía política del planeta: tres países, Alemania, Vietnam y Corea habían sido política y territorialmente divididos como resultado de conflictos bélicos. El primero, por los acuerdos entre las potencias vencedoras en la Segunda Guerra Mundial, los otros dos, por armisticios que pusieron fin a guerras acaecidas posteriormente. Las fronteras así surgidas eran artificiales e inseguras, porque separaban entes desmembrados por la fuerza, mientras se mantenía latente el peligro de un enfrentamiento militar generalizado: la temida Tercera Guerra Mundial.

Catorce jóvenes licenciados latinoamericanos, provenientes de Chile, Argentina, Bolivia, Brasil, Paraguay, Venezuela, Colombia y México fuimos becados por la Fundación, para, en una primera fase de ocho meses, aprender el idioma alemán, y enseguida proseguir nuestros estudios de post grado en la Universidad Libre de Berlín, ubicada en el sector occidental de esta ciudad.

América Latina, nuestro continente de origen, se había mantenido históricamente muy distante de los campos de batalla. Pero la revolución cubana había tenido lugar pocos años antes, en 1959, y Che Guevara había acuñado el lema “dos, tres, muchos Vietnam”, como un imperativo para los pueblos que quisieran seguir su huella.

No sé si alguien lo mencionó antes de la partida, pero para todos resultó evidente que la beca tenía por finalidad permitirnos vivir en carne propia la condición de habitantes de un país dividido, y de una ciudad- Berlín- igualmente seccionada por el Muro que llevaba su nombre.

A distancia de medio siglo puedo afirmar que, al darnos la oportunidad de vivir esa experiencia tan singular, extraña y transida de dolor, pues éramos testigos directos de lo que millones de alemanes habían sufrido a causa de la división de su país, la Fundación permitió que en nosotros se abriera paso una visión del propio futuro como sub-continente, menos ideológica y más humana. Aprendimos, como si hubiésemos nacido en Alemania, que el problema del poder no tenía por qué dirimirlo “la boca del fusil”, como postulaba en esos años Mao Tse Tung, sino clara y definitivamente la voluntad ciudadana expresada en elecciones limpias, secretas e informadas.

Debo confesar que en 1965, cuando recién llegamos a la Universidad en Berlín, luego de haber aprendido el idioma alemán, yo no habría escrito lo que se lee en el párrafo anterior, porque nuestra Universidad estaba convertida en el centro de la protesta estudiantil en Alemania, y no bien me hube familiarizado con el ambiente, opté por simpatizar con quienes protestaban.

Los estudiantes berlineses, dirigidos por Rudi Dutschke, a quien conocimos muy bien, pues era el ayudante de cátedra de uno de nuestros profesores, imbuidos de un afán de denuncia de raíz claramente ideológica, cuestionaban por igual los regímenes políticos de ambas Alemanias. A la República Federal le echaban en cara el carácter capitalista de su economía. A la República Democrática, el haber entregado la construcción del socialismo al aparato burocrático del Partido Comunista, en lugar de confiarle esa tarea a los trabajadores organizados.

Lo que los estudiantes recién llegados desde estas latitudes presenciamos en los primeros semestres de Universidad, fue una prolongada y viva discusión de alto vuelo intelectual, en que tomaban parte, además de los líderes estudiantiles, el Rector de la Universidad, Hans-Joachim Lieber, y profesores de tanto renombre como Richard Löwenthal (que me aceptó como estudiante suyo de Doctorado), y Herbert Marcuse, que enseñaba en California, pero se trasladaba a Berlín para participar en estos debates.

En junio de 1967, con ocasión de una protesta estudiantil contra la presencia en la ciudad del Shah de Irán, murió el estudiante Benno Ohnesorg, víctima de un disparo de la policía. Lo que hasta ese momento había sido una disputa fundamentalmente teórica, prendió como un reguero de pólvora y se transformó en un movimiento político de dimensiones hasta entonces insospechadas. Sólo un ejemplo: el cuerpo de Ohnesorg fue transportado desde Berlín hasta Alemania Occidental, un trayecto que obligaba a transitar por al menos 150 kilómetros por territorio de la RDA, en un cortejo fúnebre en que tomaron parte miles de personas, encabezado por el Helmut Gollwitzer, un pastor protestante que gozaba de gran prestigio por su defensa de los perseguidos durante el régimen nacional socialista. El movimiento se volvió irrefrenable: el año siguiente brotó en Francia, donde tuvieron lugar los disturbios del “mayo francés”, que hicieron tambalear al gobierno del General De Gaulle.

¿Por qué me he extendido en este relato?

Muy sencillo: porque en ningún momento se nos conminó a comportarnos de tal o cual manera, o a pensar de tal o cual manera, en medio del vendaval de manifestaciones que estábamos viviendo. La Fundación Konrad Adenauer nos había llevado a Alemania a vivir la dura realidad de un país partido en dos, y eso fue respetado por ella estricta y lealmente, y hasta las últimas consecuencias. Esa conducta, reflejo de los ideales y la trayectoria política de Konrad Adenauer, me mueve a rendir este homenaje.

No en ese primer encuentro con la realidad que se vivía en la Universidad , pero sí poco después, y a la luz de cómo se portó la Fundación Konrad Adenauer con los catorce becarios latinoamericanos, supe de qué lado del Muro estaban los valores por los que valía la pena vivir.

 10.06.2012