Julio César Moreno León / Marcos Villasmil – Pérez Jiménez y Chávez: Dos autoritarismos distintos


 

“Usted ve a estos dictadores en sus pedestales, rodeados de las bayonetas de sus soldados, y de los garrotes de su policía…sin embargo, en sus corazones anida un miedo tácito. Tienen temor de las palabras y de los pensamientos: las palabras dichas en el exterior, los pensamientos agitándose en el hogar –por prohibidos, mucho más poderosos – los aterrorizan. Un pequeño ratón de pensamiento aparece en la habitación, e incluso los potentados más poderosos entran en pánico”.

 Winston S. Churchill

 

La amplitud de la ambición y de la maldad humanas es tal que no es tarea fácil comparar regímenes que tuvieron como razón de ser el ejercicio del poder autoritario sobre vidas humanas e instituciones por parte de un militar megalómano. En estas líneas intentamos explicar –ante una pregunta proveniente de un amigo del exterior- las diferencias –mucho mayores que las similitudes- entre los regímenes de Marcos Pérez Jiménez (MPJ) y Hugo Chávez Frías (HChF). Nos extenderemos más sobre el primero, por la distancia transcurrida, y porque la catástrofe del socialismo del siglo XXI es todavía padecida por los venezolanos y muy conocida regional e internacionalmente.

I

La dictadura militar de Marcos Pérez Jiménez, como todo régimen tiránico, violó los derechos humanos, estableció una hermética censura de prensa, torturó, encarceló, clausuró a los partidos políticos, y envió al exilio a algunos de los más importantes dirigentes de la oposición.

Su gobierno personal se inicia en 1950 cuando es asesinado el teniente coronel Carlos Delgado Chalbaud, quien presidía la Junta Militar que derrocó a Rómulo Gallegos en 1948, y de la cual Pérez Jiménez formaba parte como Ministro de la Defensa. El régimen llegó a su fin el 23 de enero de 1958, hace 60 años.

Al lado de esa pérfida hoja negra de atropellos, abusos y ruindades, durante su gobierno, ayudado por factores internacionales que impulsaron el alza de los precios petroleros, se desarrolló el más amplio programa de modernización de Venezuela que se hubiese pensado o realizado hasta la fecha, con consecuencias que todavía pueden verse.

Estas líneas no son una justificación, ni mucho menos una apología del perezjimenismo como acción de gobierno; pero si queremos medir lo hecho por las dos más recientes dictaduras venezolanas es necesario comparar sus logros, así como las intenciones que las motivaron.

“El Nuevo Ideal Nacional” fue el proyecto teórico del régimen de MPJ que buscaba realizar cambios profundos en el país mediante la llamada “transformación del medio físico”, que supuestamente traería como consecuencia la modernización y el progreso de sus habitantes.  

En esos años se construyó el más grande plan de vías de comunicación de Suramérica. Al gobierno militar se le otorgó el premio panamericano de carreteras por el gran número de autopistas y otro tipo de vías de comunicación construidas. Entre ellas mencionamos la autopista Caracas – La Guaira, considerada entonces una de las más importantes obras en América Latina después del Canal de Panamá. El viaducto N°1 de dicha autopista fue en su momento el quinto puente más grande del mundo (colapsó, por falta de mantenimiento, el 19 de marzo de 2006, siendo presidente HChF).

En 1957, pocos meses antes de su derrocamiento, el gobierno inauguró el ferrocarril Barquisimeto – Puerto Cabello como parte de un proyecto que pretendía construir un sistema ferroviario extendido por todo el país. Asimismo construyó los teleféricos de Mérida (el teleférico más alto y segundo más largo del mundo) y de Caracas, así como la Siderúrgica del Orinoco, por ese entonces “uno de los complejos siderúrgicos más grandes de la tierra”.

Aula Magna de la Ciudad universitaria de Caracas

Se edificó la Ciudad Universitaria, cuyo proyecto había sido concebido durante el gobierno de Isaías Medina Angarita (1941-1945). Estas instalaciones dedicadas a la educación superior siguen siendo las más grandes y completas del país, incluyendo un hospital clínico que llegó a ser considerado como el más moderno de América del Sur, dos estadios deportivos, uno de béisbol y otro de fútbol, así como un hermoso Jardín Botánico. La Ciudad Universitaria agrupa una serie de edificios organizados en un conjunto limpiamente interrelacionado y enriquecido con piezas maestras de artistas como Jean Arp, Fernand Léger, Victor Vasarely y Wilfredo Lam. El logro más importante fue el Aula Magna, con sus nubes flotantes de Alexander Calder, catalogada como una de las cinco salas con mejor acústica del mundo. Este gran complejo universitario, concebido como un conjunto único y excepcional, fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. 

Sobre el impulso al desarrollo de la ciencia, hay que mencionar al doctor Humberto Fernández Morán. Científico de primera línea a nivel mundial, se graduó de médico en Alemania (summa cum laude) en 1944, a los 20 años. Inventor del bisturí con punta de diamante, Fernández fue el fundador del Instituto Venezolano de Neurología e Investigaciones Cerebrales (IVNIC), precursor del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC). Fue Ministro de Educación al final del régimen de MPJ, por lo cual se vio forzado a salir de Venezuela en 1958. Durante su exilio se desempeñó como docente investigador de la Universidad de Chicago y fue uno de los científicos que aportó al proyecto Apolo de la NASA.

El gobierno militar impulsó un plan de desarrollo de la energía nuclear que pretendía construir cuatro reactores para uso pacífico en distintas regiones del país; sin embargo se construyó el primer reactor nuclear de Sudamérica.

En materia de salud, el Estado multiplicó en Caracas y en el interior del país el número de modernos hospitales y centros de salud que dieron por primera vez asistencia médica de calidad a la clase media y a los sectores populares.

Se construyeron nuevos centros de enseñanza en edificaciones nunca antes vistas en el país, grandes represas, sistemas de riego y colonias agrícolas con un sentido moderno de la agricultura y la ganadería, incorporando a centenares de miles de extranjeros, fundamentalmente europeos que sufrieron los rigores de la segunda guerra mundial, y que llegaron al país mediante un plan selectivo de inmigración.

El régimen dio prioridad al tema de la vivienda popular, y se construyeron los primeros grandes edificios de apartamentos conocidos como los “superbloques”, que eran entregados por el Estado en condiciones favorables y a precios accesibles para la clase obrera y empleados de bajos ingresos. Hasta la llegada del gobierno perezjimenista no se había desarrollado un plan de viviendas de tal magnitud. Y se construyeron los primeros complejos recreacionales para la clase obrera agrupada en sindicatos (Ciudad Vacacional de Los Caracas).

Puede decirse que el rostro del país cambió cualitativamente en cuanto al desarrollo urbano convirtiendo a Caracas en una de las ciudades más modernas y pujantes de Sudamérica.

Al concluir el gobierno de Pérez Jiménez Venezuela tenía la moneda más fuerte del mundo después del dólar, una muy pequeña deuda externa y el ingreso per cápita más alto de América después de Estados Unidos y Canadá.

Pero el déficit de libertades, la imposibilidad de expresión de voluntades políticas –es decir, debatir y decidir sobre el bien común- ahogaba a una sociedad con una muy injusta distribución de la riqueza, y que ansiaba poder acceder a las instituciones democráticas. Ello lo expresaría de forma magistral el arzobispo de Caracas, Monseñor Rafael Arias Blanco, en una pastoral publicada el 1 de mayo de 1957, y que muchos consideran como el documento que no solo develó la realidad socio-económica que se escondía detrás de los logros modernizadores del régimen, sino que además significó un llamado general a rectificar el injusto estado de cosas.

Monseñor Rafael Arias Blanco 

¿Cómo estábamos realmente en ese entonces? Monseñor Arias hacía un urgente llamado al régimen, al que se le reclamaba que “una inmensa masa de nuestro pueblo está viviendo en condiciones que no se pueden calificar de humanas”. En uno de los párrafos finales de esta Carta Pastoral, Monseñor Arias Blanco cita al Papa Pío XII, en palabras que deberían servir de alerta al actual régimen chavista: “No es en la revolución, sino en una evolución armónica donde está la salvación y la justicia. La violencia nunca ha hecho más que derribar en vez de levantar; encender las pasiones en vez de calmarlas; acumular odios y ruinas, en vez de hermanar a los combatientes, y ha lanzado a los hombres y a los partidos a la dura necesidad de reconstruir lentamente, tras dolorosas pruebas, sobre las ruinas de la discordia”.

Para ese entonces, nos recuerda la pastoral, la economía venezolana, profundamente injusta en la distribución del bienestar petrolero, ofrecía no obstante cifras macroeconómicas que ubicaban al país por encima de naciones como Italia o España.

Toda la obra en cemento y concreto que caracterizó a la dictadura de MPJ no justifica en absoluto la censura de prensa, el abuso de poder o el intento de institucionalizar un régimen tiránico, que si para muchos es representado por las obras arriba mencionadas, no podrán olvidarse nunca las horrorosas cárceles -como la tristemente recordada isla de Guasina- la tortura o la persecución de toda disidencia, que fue característica esencial del régimen. Una disidencia formada al calor de la lucha contra la feroz dictadura y que daría muchos aportes durante los 40 años de república civil iniciada en 1958 y abruptamente interrumpida por la oscuridad chavista.

II

Si se quisieran resumir, de forma sucinta, los daños causados por el chavismo, podemos comenzar poniendo atención a un reciente tuit -publicado el 22 de enero, y ya superado por la imparable caída en picada del bolívar- del hoy muy citado economista y académico venezolano Ricardo Hausmann (@ricardo_hausman):

En los primeros 22 días de enero de 2018, el $ se duplicó (pasó de 111.413 a 223.743). A este ritmo terminaría el año en 11.000.000.000. Es decir 9 ceros más desde que Maduro es presidente. Harán falta 10.000 billetes de 100.000 para comprar 1 $.”

El llamado socialismo del siglo XXI ha llevado a una economía estatizada con una lógica de control y de destrucción de lo controlado, sobre todo en el área productiva privada. Coloca de cabeza las razones que dan vida a la producción, distribución y consumo de bienes, con un constante choque con la realidad, usando como única excusa una paranoica “guerra económica”.

A ello se une una violencia represiva desatada primero por Chávez y perfeccionada por el gobierno de Nicolás Maduro –como demuestran los resultados de las protestas en 2014 y 2017, y el reciente asesinato de Óscar Pérez y sus acompañantes- y que atrapa a la sociedad venezolana en un terrorismo de Estado con el fin de intentar liquidar toda esperanza democrática.

Son diversas las crueles dictaduras que ha sufrido nuestro país, pero solo el chavismo ha llegado a utilizar los terribles procedimientos empleados hoy contra las protestas populares y la disidencia.

Su política social y de salud podría considerarse como genocida: no hay preocupación alguna por el retorno de epidemias y enfermedades hace tiempo superadas y erradicadas; por la muerte de centenares de enfermos por falta de medicinas, por la ausencia de procedimientos médicos ante la carencia de instrumental y de herramientas necesarias; una catástrofe humanitaria cuya existencia se niega, además de que se impide la recepción de ayuda exterior.

Pocos entendieron el peligro que representaba Hugo Chávez Frías como el brillante intelectual y académico –lamentablemente fallecido- Luis Castro Leiva. En sus artículos y ensayos retrata con claridad al mayor dictador y demagogo de nuestra historia, quien se consideraba a sí mismo “un gerente humanista [sic] de la violencia”.

En artículo del 20 de febrero de 1998 (El Universal): “Es verdad, Comandante, usted es un gerente humanista de la violencia, nada más, nada menos. Sé cómo quiso usted pensar, pero aún respetando su intención, perdonará usted que le diga que usted no sabe pensar y que lo que piensa no vale la pena pensarse aunque la fuerza la tenga de su lado hoy, después, siempre. Usted no tiene relación con la razón…”

Y el 5 de marzo de 1999, ya HChF presidente: “La república ha vuelto a ser culturalmente lo que ama ser: un cuartel rodeado de mentes alegremente sumisas ante el fracaso de su civilidad; aquello que hacia el final de su vida mereciera tanto desprecio del que fuera su Libertador”.

III

Es evidente que ninguno de los dos regímenes respetó los valores democráticos esenciales. Chávez intentó llegar al poder mediante un sangriento y fracasado golpe militar, mientras que Pérez Jiménez sí triunfó en el suyo. Apenas llegado al poder por vía electoral –por la acción de 3.673.685 compatriotas, pero sobre todo por la omisión de 4.024.729 de ciudadanos que se abstuvieron de votar- HChF se dedicó con ahínco a destruir todo el entramado institucional democrático, las nociones culturales y sociales de convivencia, de respeto al pluralismo de ideas, la diversidad en la opinión. Se dedicó a sembrar con ahínco el odio entre los venezolanos.

MPJ fue un militar de carrera brillante, desde sus estudios iniciales; HchF, en cambio, fue un mediocre oficial, que ascendió a pesar de ello. Para lograr sus objetivos, MPJ usó el poder de la espada; HchF el de la palabra demagógica, la mentalidad aventurera, el engaño y la traición. El primero temía la anarquía y el desorden; el segundo se regodeaba en ellos. MPJ ofreció certidumbre y desarrollo, dentro de los muy estrechos límites de su proyecto; HchF incrementó la incertidumbre personal y la colectiva a cotas jamás vistas.

Ya mencionábamos antes que MPJ desarrrolló un extraordinario proyecto inimigratorio mediante el cual centenares de miles de ciudadanos de todo el mundo (especialmente europeos: italianos, españoles y portugueses) se enraizaron en nuestro país, lo engrandecieron, contribuyendo a su desarrollo cultural, económico y social. Mientras que con HChF Venezuela, país tradicional de acogida y de refugio, en especial de hermanos latinoamericanos huyendo de dictaduras o de pésimas condiciones económicas, se ha convertido, por primera vez en su historia, en un país de emigrantes. Se calcula que para comienzos de este año 2018 más de 4 millones de venezolanos (por encima del 10 por ciento de la población del país) se han ido al extranjero. Y, por desgracia, la mudanza continúa, sobre todo de jóvenes.

Los dos tiranos despreciaban al pueblo; pero para Chávez era fundamental la reacción positiva del auditorio ante su verbo. Leído, el barinés es un mensajero mediocre, de limitado intelecto y cultura. MPJ no fue una figura mítica; HchF no podía dejar de serlo. Para él no hubo nunca fronteras entre el todo y el yo.

Ambos persiguieron y asesinaron a la disidencia; pero el legado de Chávez, lleno de odio, de corrupción y de división no tiene igual en la historia de Sudamérica –y en América Latina solo se le compara su muy querida tiranía castrista-.

Sustentados ambos regímenes en el apoyo militar, durante el gobierno de MPJ la presencia de la oficialidad en los cargos fundamentales fue sensiblemente menor a la actual. Y, un dato nada menor, las fuerzas armadas no se involucraron directamente en las labores represivas, asignadas a organismos civiles como la Seguridad Nacional. El ejercicio de los cargos de la administración pública fue primordialmente civil, y la meritocracia profesional no fue puesta totalmente a un lado, como sucede hoy con la dictadura chavista.

Chávez, supremo sembrador de miseria, manipulador incansable de las necesidades humanas más primarias, sacrificó toda estrategia de crecimiento, de racionalidad económica, a su carácter vengativo, unido a una mediocre visión intelectual seudo-socialista, y a un ego enfermo y del tamaño perfecto para una megalomanía pocas veces vista.

Por ello ni él ni sus herederos han dudado en sacrificar al pueblo, en asesinarlo y diezmarlo de diversas maneras, todas a la vista. Su inmensa e inagotable capacidad para el mal nunca había sido vista en Venezuela e incluso en América Latina, despilfarrando en ello –en medio de una inagotable corrupción- la cantidad más grande de dinero nunca vista en manos de un solo gobierno en estas tierras.

Gracias a Chávez y Maduro, se han destruido todos los grandes avances obtenidos por los cuarenta años de república civil iniciada en 1958, e incluso lo dejado por la dictadura perezjimenista.

Ambos tuvieron visiones de país paternalistas y autoritarias; pero mientras MPJ buscaba construir un país –aunque fuera con base en una obra de cemento, asfalto y piedra- Chávez al final, en su desquiciada pesadilla de poder, solo buscó destruir, controlar, reprimir, dominar.

Además, MPJ nunca aspiró a un dominio totalitario de la sociedad; Hugo Chávez y Nicolás Maduro sí. Y a MPJ se le enfrentó un liderazgo político de gran nivel y autoridad intelectual y política –en buena medida exiliado- encabezado por Rómulo Betancourt, Rafael Caldera y Jóvito Villalba.

La celebración ante la caída de la dictadura chavista, cuando suceda, opacará, dejará sin duda alguna pequeña, la celebración, hace sesenta años, por la caída del régimen perezjimenista, el 23 de enero de 1958.

Pero, luego de la celebración, los venezolanos con vocación democrática tendremos que reflexionar a fondo acerca de cómo desterrar de nuestra cultura política, de nuestras visiones e ideas sobre la sociedad, el mensaje destructivo y demagógico del mesías, del salvador de la patria, del mito casi siempre con uniforme militar, que solo busca salvarse a sí mismo a costa del bienestar general, sin importar cuánto daño haya causado; derribar asimismo, definitivamente, el predominio de un asfixiante estatismo cerrado a toda crítica y centrado en expoliar los beneficios de la teta petrolera. Después de dos siglos de independencia, ya es hora de que dejemos de ser esclavos de nuestras contradicciones como sociedad. Y de que entendamos, en palabras de Luis Castro Leiva, que “tal vez el miedo más intolerable en moral y política sea no atreverse a pensar en democracia”.