La conjura de los necios


Tarradellas, como si lo presintiera, les había advertido de que no hicieran el ridículo. Ha sido mucho peor, ha sido una payasada sin la menor gracia, una broma de mal gusto, una confesión de impotencia, cobardía y dispararse no ya en el pie, sino en la sien. Puigdemont en Bruselas y Forcadell en Madrid han causado más estropicio al proceso independentista catalán que Rajoy con su aguante, los jueces con su firmeza y el artículo 155 con su guillotina legal. El primero, exilándose en Bruselas para «internacionalizar» el procés y encontrarse con que nadie le ha recibido, que el primer ministro belga dice que su único interlocutor español es Rajoy, que incluso el Parlamento flamenco se ha negado a reconocer la «república catalana» y que Amnistía Internacional ha negado el estatuto de «presos políticos» a sus compañeros de aventura encarcelados, o sea, que son unos vulgares delincuentes. Ante lo que a este hombre no se le ocurre otra cosa que arremeter contra la Unión Europea. ¡Menuda forma de hacerse amigos! Como guinda, esa carta que ha enviado a los catalanes animándoles a la lucha contra «el golpe de Estado del Gobierno español». Desde aquel carterista que gritaba «¡Al ladrón, al ladrón!» a la cabeza de sus perseguidores no se había visto caradura semejante. Pues el único que ha dado un golpe de Estado es él.

Lo de la señora Forcadell es patético. Aquella presidenta del Parlament que hizo mangas y capirotes con el reglamento del mismo, que desoyó no ya las sentencias del Tribunal Constitucional sino también las advertencias de sus letrados, amordazó la oposición y permitió pasar una ley más falsa que la otra, se ha convertido en una mujer gemebunda que acata la aplicación del artículo 155 y reconoce que la «independencia» de Cataluña que tan arrogantemente proclamaron fue «simbólica». El fiscal no se lo tragó y pidió para ella y los otros miembros de la Mesa del Parlament prisión provisional, pero el juez del Tribunal Supremo les permitió eludir la cárcel pagando una fianza hasta su proceso. O sea, todo fue una farsa, un engaño, la independencia y la república catalana. Aunque sólo sea por el daño que han causado, no sólo a Cataluña, sino también a España y Europa, su conjura no puede quedar en gamberrada de adolescentes. Han engañado a su pueblo, han ofendido alevosamente a España y han alimentado el nacionalismo, que tanto dolor ha traído a Europa. No se trata de venganza, que no cabe en una justicia auténtica, sino de una advertencia a los necios, para que no vuelvan a las andadas. Alguien preguntará si esta señora se atreverá a salir a la calle en Barcelona. Seguro que sí, e incluso que la aplauden. Los nacionalistas no tienen vergüenza.

En cuanto a Puigdemont, si no acaba en un psiquiátrico, se me ocurre lo siguiente: si alguien quiere concederle el asilo, de acuerdo. Pero con una condición: que no vuelva a España en su vida.