La isla que deshace las islas. El Festival de la Palabra de Puerto Rico


santos-febres-fajardo_mordzinski-e1481439594174Cruce de mares, muros abiertos, San Juan de Puerto Rico se transforma cada otoño, gracias al Festival de la Palabra, en una isla de esperanza. Repartido por los hermosos edificios del viejo San Juan, el festival concentra a escritores de todos los puntos cardinales del español: América de punta a punta (también Estados Unidos), España, y otras islas del idioma muchas veces olvidadas, como, este año, Guinea Ecuatorial. En estos días, San Juan de Puerto Rico es el ombligo de Iberoamérica. Si esto resulta paradójico por la convención política del país, es clamorosamente evidente desde la realidad cultural, y por las personas que portan consigo esta cultura. Puerto Rico nos ofrece el cruce de caminos de los rincones hispanos, y también la redoma donde se destila el futuro.

El tema central del Festival, este 2016, es la utopía. Y, aunque se cumplan cinco siglos desde la publicación de la obra maestra de Tomás Moro, no parece casualidad. Todo el festival suena como un motor utópico que contagia su sueño: en la directora del festival, la escritora puertorriqueña Mayra Santos-Febres; en el autor de los contenidos del programa, el narrador español José Manuel Fajardo; en la coordinadora de los escritores invitados, Awilda Caez, también escritora; en la jefa de las decenas de voluntarios que nos ayudan a movernos por la ciudad, Zoraida Díaz, también puertorriqueña (solo por mencionar algunas de las personas más cercanas a mí en estos días). Y no es un sueño escurridizo: se trata del diálogo concreto, del encuentro, de la creación conjunta de ideas de todos los participantes que hemos sido convocados en esta ocasión.

Dialogamos en las mesas redondas, sí, pero la conversación comienza en los hoteles: Eduardo Lago, de Nueva York; Jesús Ferrero, de Madrid; la cantante limeña Susana Baca; el mexicano Eloy Urroz; los acentos y las ideas sobrevuelan el desayuno con frutas tropicales; y vuelven a entrecruzarse, a la hora del almuerzo, con el venezolano Antonio López Ortega, en un patio de grandes hojas y sones caribeños. En una plaza, al atardecer, me siento con el salvadoreño Horacio Castellanos Moya, que esgrime un humeante puro, aunque menos potente que su ingenio. Pasan los muchachos, las muchachas, la utopía. Atardece. En una charla abierta al público, converso con el escritor puertorriqueño Edgardo Rodríguez Juliá. Estamos de acuerdo en que ninguna utopía contemporánea puede pasar por alto la protección de la naturaleza y su integración en la actividad de los humanos. Estamos de acuerdo en que el talón de Aquiles de las utopías es que fueron pensadas como “no lugares”, tal como su etimología indica.  “Lo falso de la utopía”, decía Ortega y Gasset, es “la verdad no localizada, vista desde lugar ninguno (…). Sin embargo, cada individuo es un punto de vista. Propongo un término: pantopía. Todos los lugares. Todas las miradas.

Será la noche. Abajo, en la plaza, poetas del mundo hispano lanzan versos al aire. Mariposa Fernández, nuyorican, nacida en el Bronx, canta en inglés y declama en español, mixta, pluma y aguja. Dardos. “Qué tremendo con las últimas banderillas de tiniebla”, recita de memoria el dominicano Rey Andújar, rimando con la cadera los versos de García Lorca, quien no pudo exiliarse en esta acogedora isla, como sí harían Juan Ramón Jiménez y Pedro Salinas. Y el guatemalteco Winston González acaba danzando, mientras salmodia: “La poesía está más cerca del misterio que del secreto”.

Tiene razón. Los secretos se desvelan pero el misterio permanece. Marina Perezagua y Eloy Urroz hacen un homenaje al viajero Padilla, que ha partido sin regreso. Las conversaciones se anocturnan. En el hielo se derriten las historias que nos contamos en garitos salteados en las calles del trópico. Una orquesta convoca el baile del son. Anochecidos, la complicidad ilumina la penumbra de tibios neones. Fajardo filosofa sobre el mundo y alcanza una frase genial, atrapada y perdida en un último ron. Eduardo Lago me ha iniciado en las botellas de Don Q, un destilado digno de Cervantes.

Somos sorbos de Cervantes, pienso, destilados de siglos y países y páginas antepasadas.

Alguien me sonríe dentro de un callejón.

Isla de la Simpatía, la llamaba Juan Ramón Jiménez, que, sin embargo, según me cuenta un nuevo amigo, era un hombre muy antipático. De niño, mi amigo puertorriqueño vivía en la misma calle que el maestro viejo, que salía cada mañana, calado el sombrero blanco, el gesto hosco, y apenas refunfuñaba los buenos días. Juan Ramón guardaba su buen humor para la escritura, después de devolver la mirada a la gente de San Juan: “Qué ojos con qué mares dentro” –escribió-; “qué bocas con qué nubes en el fondo; qué ritmos con qué tierras en sismo suave musical”.

Murió en la isla. Igual que Pedro Salinas. Zoraida me lleva hasta el cementerio de Santa María Magdalena de Pazzis. Vengo de dar un taller con niños de diez años. Qué ojos con qué mares dentro. A algunos de ellos les gustan las canciones y los poemas. Una niña me ha dicho: mi madre es poeta. El cementerio está a la orilla del mar. Parece el de Valéry, pero es el de Pedro Salinas. Un sepulturero nos lleva con amabilidad hasta su tumba, restaurada recientemente con ayuda de José Ovejero, escritor habitual ya en el Festival y en la Isla. Blanca, bajo el azul radiante, me hace pensar en el no lugar que no es la utopía sino la muerte. Y, sin embargo, recuerdo un poema que Salinas escribió en esta isla, versos utópicos en los que los vivos ceden la mirada a los muertos: “Qué sin fin/ de muertos que te vieron/ me piden la mirada para verte./ Al cedérsela, gano. (…) Que por mis ojos, suyos, miren ellos/ y todos mis hermanos anteriores./ ¡En este hoy mío, cuánto ayer se vive!/ Ya somos todos unos en mis ojos”.

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Un grupo de escritores invitados al Festival de Puerto Rico rinden homenaje a Salinas en su tumba. Foto: Daniel Mordzinski

Pantopía. Ser todos uno en los ojos. Miro la hierba que resplandece hacia el fuerte del Morro, como la miró Salinas. Maestro, pienso, te cedo la mirada. El argentino Marcelo Carnero y yo unimos nuestras voces para cantar un tango, Garúa. “Y yo voy como un Descartes/ siempre solo y siempre aparte”. Pero caminamos juntos. Nada se aparta. Todo se acerca. Las cometas tiemblan en el aire. Marina Perezagua libera un pájaro hacia el cielo. Se ha puesto a llover.

Me refugio con Mayra Santos en unos soportales.

— Ya somos todos uno en la lluvia —le digo.

— Ya somos todos uno en la isla —me contesta.

Es la magia del festival. Las varas mágicas crecen como raíces de los árboles, y se extienden dentro de la tierra y también sobre ella, como hace la ceiba. Zoraida me ha contado una leyenda: los árboles de Puerto Rico se comunican a través de las raíces con cualquier otro lugar del mundo. Puerto Rico tiene, gracias al Festival, las raíces diferentes del idioma.

Ya en Madrid, en el parque que hay cerca de mi casa, le pido a un pequeño castaño que salude a la enorme ceiba del Morro. Pienso en cada uno de los escritores que se han repartido de nuevo por el planeta. Imagino que en nuestras ciudades, cada uno de nosotros pone sus manos en un árbol cualquiera, las manos con las que escribimos nuestros libros, los libros que nos han llevado al festival. Saluda a la isla, le digo. La isla que deshace las islas.

Foto de portada: José Manuel Fajardo y Mayra Santos Febres, directores del Festival de Puerto Rico. Foto: Daniel Mordzinski