La martellesa y el estado de ‘himnosis’


La cantante Marta Sánchez posa ante las cámaras en el Teatro de la Zarzuela de Madrid, el pasado 14 de febrero. JUAN NAHARRO GIMENEZ GETTY IMAGES EPV

Cualquier persona en uso de sus facultades mentales, averiadas o en perfecto estado, puede acometer la tarea de componer una canción. Esa misma persona sería capaz de escribir un himno. Se hace desde la antigüedad. Y hay himnos (mexicanos, franceses, colombianos) que dicen más de lo que un país abarca, en la letra o en la música. Si se lee con atención la letra del himno francés, el más famoso de todos, puede quedar boquiabierta la razón que el himno dice defender. Y eso pasa con todos los himnos.

El himno es la antesala del golpe de pecho, y cuando ese golpe se exagera estamos muy cerca del golpe… militar. El himno es, por otra parte, el estandarte musical de la bandera, y no será la primera vez, sino la enésima, que se afirma con justicia que detrás de una bandera desfila invariablemente un ejército, compuesto a veces de un soldado solo llamado dictador.

De himnos y banderolas sabemos mucho los que somos de esta generación sepultada por símbolos grises, desde el yugo y las flechas y los vítores a la Falange hasta la inmensa banderola que José María Aznar colocó en la Plaza de Colón, igual a una que, con método imitativo, puso su compañero José Manuel Soria en la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, en la que mandaba con el mismo espíritu con que Aznar mandó en España: para dejar impronta.

Ahora España tirita de emoción ante una incursión patriotera y emocional de la cantante Marta Sánchez, que ha compuesto y dicho la letra del himno nacional, que también se llama Himno Nacional. Como suelen ser fatalmente los himnos con letra, éste de la cantante popular está lleno de tópicos y otras utopías. Y no se le ocurre otra cosa a la clase política, obnubilada por la supuesta novedad que supone la expresión cantada del amor a la patria, también llamada Patria, que rendirse en las redes sociales ante “la valentía” de Marta Sánchez. Como si ella estuviera en una guerra y recibiera telegramas desde la retaguardia.

Que me perdonen Marta Sánchez y sus seguidores patrios: el conjunto de esta historia mueve a la compasión que suele sentirse ante la expresión, en cualquier grado, de la cursilería. La peor de las cursilerías es la cursilería patriótica. Y en ella incurren los que aplauden a la cantante y la cantante misma, que también ha exhibido lágrimas de gratitud por el coro que se ha armado a su alrededor. Que Dios bendiga a Marta, pues ella lo invoca, pero los demás tenemos derecho a decir, invocando a igual divinidad, que ojalá Dios deshaga este equívoco: ni el himno (el Himno) necesita palabras ni necesariamente necesita estas palabras.

El himno no necesita ni mayúsculas ni letras. Déjense de himnos y pónganse a hablar, o a cantar, a ver cómo resolvemos este periodo de hipnosis.

Toni Garrido bautizó, en Hoy por hoy, este himno de Marta con una buena parodia: La Martellesa. Pues la locura que ha desatado esta martellesa hispanoespañola me ha traído a la memoria una anécdota ocurrida en Calí, Colombia. Le entregaban al hispanoperuano Mario Vargas Llosa un premio a su obra literaria. En su homenaje le tocaron los himnos de sus dos patrias. Y, además, los himnos de Calí, de Colombia, de la región del Cauca y del local en el que estábamos. Tras esa exhibición multipatriótica le pregunté al muy ingenioso editor colombiano Moisés Melo: “¿A qué viene tanto himno?” Y me dijo Melo: “Es que Colombia vive en perpetuo estado de himnosis”.

Pues aquí estamos en ello, inaugurando un nuevo periodo de himnosis. Ruego al Dios de los himnos que este estado no se convierta en perpetuo.