La Nicaragua arrecha


Los nicaragüenses vivimos hoy lo que Elías José Palti llama una “crisis de inteligibilidad”. En este tipo de crisis, las instituciones y los procesos políticos pierden su legitimidad y, por lo tanto, su capacidad para absorber y procesar el conflicto de intereses que generan las múltiples y contradictorias demandas que surgen de la sociedad. Como podemos observar en nuestro país, las demandas de la sociedad nicaragüense han desbordado los cauces políticos que establece la ley para organizar el conflicto social. Más concretamente, estas demandas han rebasado las normas, los procesos y los marcos institucionales que existen para organizar “la lucha por el estatus y el poder” (Lewis Coser).

En una crisis de esta naturaleza, las identidades de los actores sociales y políticos tradicionales sufren un “borramiento”. Más aún, surgen nuevos actores, nuevas alianzas, y nuevos discursos que apuntan hacia un futuro diferente. Estos nuevos elementos, sin embargo, no logran re-establecer con claridad el marco ordenador de la política. Así, la sociedad corre el peligro de caer en la anarquía y desembocar en “la guerra de todos contra todos”. Esta expresión fue acuñada en el siglo XVII por el filósofo inglés Tomás Hobbes, para hacer referencia a situaciones en las que el conflicto social desborda los procesos institucionales que sirven para normarlo. Cuando esto sucede, dice Hobbes, la vida en sociedad, se torna “solitaria, pobre, desagradable, corta y brutal”.

En Nicaragua vivimos hoy una situación en la que el conflicto social ha rebasado los estrechos  y corruptos medios y canales de participación política del régimen. Frente a esta situación, el gobierno Ortega-Murillo ha recurrido a la violencia para compensar su incapacidad para responder en forma pacífica y ordenada a las crecientes demandas y reclamos de la sociedad.

La violencia desatada por el gobierno, sin embargo, no ha logrado detener a nuestros estudiantes y a otros sectores de la sociedad que, consciente o inconscientemente, luchan hoy para recrear los ejes de referencia normativos e institucionales que sirven para orientar nuestra conducta política y la lucha por el poder. Hasta la fecha, sin embargo, estos actores no han logrado establecer un nuevo horizonte político para nuestra sociedad. En el Diálogo Nacional, por ejemplo, se habla de “democratización” pero no sabemos lo que los obispos entienden por democracia; ni lo que la empresa privada espera y quiere de la democracia que defiende. Tampoco sabemos lo que los estudiantes y la heterogénea sociedad civil que participa en el Diálogo Nacional entienden por esta palabra.

Lo que sí sabemos es que todos estos actores defienden los intereses y las aspiraciones de los sectores de la sociedad que representan. También sabemos que estos mismos sectores carecen de una visión política compartida que vaya más allá de su oposición al régimen imperante. Puesto de otra forma, ellos no operan dentro del marco de un consenso social que, fundamentado en un conjunto de coincidencias, armonice las diferencias ideológicas, de clase, género, raza, etnia y otras que nos separan. Este consenso, para ser realmente efectivo, deberá extenderse hasta abarcar a los sectores pobres de la población que, por la insensibilidad social de los gobiernos que precedieron al de Ortega, y por el ensimismamiento en el que vivimos la mayoría de los nicaragüenses, han apoyado o todavía apoyan al gobierno.

Así pues, el símbolo de la bandera azul y blanco que cobija las marchas contra el régimen no elimina –ni puede eliminar– las diferencias histórico-estructurales que nos separan y que, en ausencia de normas, procesos e instituciones efectivas, pueden empujarnos al abismo de la barbarie. En este sentido, no debemos idealizar el poder unificador de nuestra bandera. Debemos reconocer que, bajo este mismo pabellón, coexisten en tensión y hasta contradicción, múltiples visiones de lo que es, puede, y debe ser nuestra sociedad. Estas tensiones y contradicciones aflorarían fácilmente, por ejemplo, si los estudiantes exigieran que la democratización del país incluyera la descriminalización del aborto terapéutico; o si estos mismos estudiantes exigieran al COSEP que sus asociados sacrificaran sus ganancias para sacar adelante al país.

¿Significa esto que la imagen de la sociedad nicaragüense agrupada alrededor de la bandera azul y blanco es un engañoso espejismo? Debo confesar que antes de participar en mi primera protesta –en la rotonda de Metrocentro–, yo pensaba que efectivamente lo era. En esa rotonda, sin embargo, me topé con una mujer que vestía una camiseta azul y blanco que decía: “No soy ni de izquierda ni de derecha; soy de la Nicaragua arrecha”. En ese momento “me cayó la peseta”. Me di cuenta de que la palabra “arrecha” encerraba la clave para elucidar el sentido de las protestas que han hecho tambalear al régimen Ortega-Murillo. Tratemos de aclarar la naturaleza de esta arrechura para determinas las posibilidades de cambio social que ella ofrece, así como sus limitaciones.

Santa Arrechura

Las marchas azul y blanco son marchas que yo llamaría “cubistas”, porque parecieran haber sido “pintadas” por un Picasso interesado en mostrar las incongruentes y contradictorias perspectivas desde donde los nicaragüenses entendemos y vivimos nuestra nacionalidad. Pero las pinturas de Picasso “hacen sentido”, como lo muestran, por ejemplo, los estudiosos y críticos que reconocen en la obra de este pintor, las características esenciales de la posmodernidad. ¿Cuál es el sentido que expresan las caleidoscópicas marchas azul y blanco, en las que miles de nicaragüenses corean las mismas consignas bajo un mismo pabellón nacional?

Para responder esta pregunta, es necesario reconocer que hay fuerzas más poderosas que las ideologías políticas, los hábitos e inclinaciones culturales, y hasta los condicionamientos socio-económicos que determinan el comportamiento de los grupos y clases sociales en nuestro país. En efecto, cualquiera que observe o participe en las marchas azul y blanco contra el régimen, puede comprobar que no son los sueños de la izquierda, ni las pesadillas que nos impone a veces la derecha, ni la defensa de los intereses de clase, género, raza o de otra naturaleza, lo que mueve a los cientos de miles de mujeres, hombres, niños y niñas que siguen marchando –literalmente bajo las balas– para expresar su indignación frente a un Gobierno que se suicidó políticamente, con las mismas balas con las que le arrebató la vida a más de un centenar de nicaragüenses.

Aceptemos, pues, que a la Nicaragua arrecha, a la Nicaragua azul y blanco la mueve algo más básico y vital: la rabia y el horror que producen saber que el Estado que está supuesto a velar por nuestra seguridad, asesina a los jóvenes que representan el futuro de nuestra sociedad. Puesto de otra forma: lo que mueve las marchas azul y blanco es la arrechura que, consciente o inconscientemente, nos empuja a defender la vida; el derecho a la vida; el derecho a ser y existir, el derecho de nuestros hijos y nietos a crecer y vivir en paz. Este derecho está enraizado en la predisposición biológica más básica y natural de la especie humana y de las otras especies que conocemos: la voluntad de vivir; la voluntad que nos empuja a defendernos y, si es necesario, a atacar para sobrevivir. Así pues es la voluntad de vivir lo que le da sentido, orientación y forma a las marchas “cubistas”contra el régimen.

Nos mueve, pues, la fuerza más poderosa que podemos imaginar: la fuerza que mueve al universo y que está detrás de la evolución de la vida y de la especie humana. En Nicaragua, esta fuerza nos empuja hoy a luchar contra la muerte y la violencia estatal, así como contra los criminales que la representan. Por eso podemos decir con toda seguridad: el régimen Ortega y Murillo que hoy representa la muerte está boqueando y dejará pronto de existir porque lo derrotará la incontenible voluntad de vivir de un pueblo amenazado.  Lo que no sabemos es el precio que la estupidez y la arrogancia de la pareja gobernante querrá imponernos como el precio de nuestra liberación.

¿El fin de la “sociedad disociada”?

La voluntad de vivir nos atraviesa a todos, pero no hace desaparecer las diferencias socioeconómicas, de género, étnicas, raciales y culturales que nos separaban antes del sangriento abril, y que nos volverán a separar cuando pongamos fin a la pesadilla que vivimos. En este sentido, sería un error asumir que los lazos de solidaridad que hoy nos unen pueden mantenerse indefinidamente. Debajo de la bandera azul y blanco que cobija las marchas contra el gobierno yace lo que Alejandro Serrano Caldera ha caracterizado como una “sociedad disociada”; es decir, una sociedad compuesta por grupos y sectores sociales que operan “sin la capilaridad y los vasos comunicantes” que se necesitan para perseguir objetivos políticos comunes.

Sería ilusorio y peligroso pensar que la “sociedad disociada” de la que nos habla Serrano Caldera ha dejado de existir. Pero también sería un error pensar que la solidaridad que se manifiesta en las marchas azul y blanco es ficticia. Nuestras diferencias histórico-estructurales son tan reales como la solidaridad que nos mueve a marchar para defender el derecho a la vida, y para restituir las normas, los procesos y las instituciones que nos permitan dirimir –ojalá democráticamente– nuestras diferencias. Para lograrlo, debemos aunar nuestros esfuerzos para lograr la salida del gobierno Ortega-Murillo y el castigo a los culpables de las masacres de las últimas semanas. Desde esta perspectiva,  las marchas azul y blanco y las otras formas de lucha que hoy se ensayan contra el régimen Ortega-Murillo, deben verse como un esfuerzo pluralista y multiclasista orientado a crear las condiciones necesarias para organizar civilizadamente, el conflicto de intereses y aspiraciones entre los diferentes sectores de nuestra sociedad.

Porque no debemos confundirnos ni engañarnos. Si salimos de Ortega y no luchamos por integrar económica, social, cultural y políticamente a nuestra sociedad, desperdiciaríamos las dolorosas lecciones que ofrece nuestra crisis, e irrespetaríamos la memoria de nuestros muertos. Manosearíamos el sacrificio de nuestra juventud si, como decía Pedro Joaquín Chamorro, no salimos de las burbujas sociales en las que vivimos encerrados, para ponernos en los zapatos del “otro” y de la “otra”, y priorizar las necesidades de los pobres y los oprimidos de nuestra sociedad.

Utilicemos bien la energía y la fuerza política que se deriva de la lucha por el derecho a la vida, violentado por los francotiradores del régimen. Pero no nos equivoquemos pensando que las marchas azul y blanco que hoy recorren las calles y los caminos de nuestro país, representan el fin de la fragmentación y la polarización social que la pareja Ortega-Murillo ha sabido manipular. La Nicaragua “disociada” es, en última instancia, el caldo de cultivo de la crisis que vivimos, y de las que vendrán si no transformamos nuestra folclórica y epidérmica nicaraguanidad, en una verdadera identidad nacional.