Las nuevas autoras de la distopía feminista


“The Water Cure”, la primera novela de Sophie Mackintosh, surgió de una simple y siniestra pregunta: ¿qué pasaría si la masculinidad fuera literalmente tóxica? Credit Tom Jamieson para The New York Times

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En una isla desierta, tres hermanas han sido criadas en soledad, aisladas de un brote que enfermó a las mujeres. Para protegerse de las toxinas que los hombres transmiten a las mujeres, las hermanas pasan por rituales de limpieza que incluyen un ahogamiento simulado, beber agua salada y exponerse al calor y al frío extremos. Sobre todo, se les enseña a evitar el contacto con los hombres.

Esa es la escalofriante premisa de la ópera prima de Sophie Mackintosh, The Water Cure, una historia que parece futurista y a la vez una espeluznante fábula conocida. El argumento surgió a partir de una pregunta sencilla y siniestra: ¿y si la masculinidad fuera literalmente tóxica?

The Water Cure, que aparece en la lista de nominaciones al Man Booker Prize, se une a la creciente ola de ficción distópica centrada en la mujer, obras futuristas que generan preguntas incómodas sobre la desigualdad de género generalizada, la misoginia y la violencia hacia las mujeres, el menoscabo de los derechos reproductivos y las consecuencias extremas del sexismo institucionalizado.

Para Mackintosh, esas preguntas no son abstractas.

“Cuando desarrollé la idea de un patriarcado tóxico, decidí hacerlo más sólido y físico, porque en ocasiones realmente parece serlo”, comentó Mackintosh, quien reside en Londres. “Me sentí como si no necesitara inventar un desastre, porque el desastre ya estaba ocurriendo”.

Este nuevo canon de literatura distópica feminista refleja una preocupación cada vez mayor entre las autoras respecto a la vulnerabilidad de los derechos de las mujeres y el temor a que el progreso hacia la equidad entre los sexos se haya estancado o quizá incluso retrocedido.

La mayoría de estas nuevas historias distópicas ocurre en el futuro, pero se han convertido en una manera de canalizar el enojo y la ansiedad del presente, un momento en que hombres y mujeres forcejean con los cambios de roles de género y los resultados caóticos y persistentes del movimiento MeToo. Estas historias llegan en un momento tenso y polarizado, en el que una cantidad récord de mujeres se involucra en la política y se pronuncia en contra del abuso sexual y el acoso.

En una época en la que ha aumentado la ansiedad sobre la equidad de género, las novelas distópicas tanto nuevas como clásicas parecen resonar entre los escritores y críticos literarios. La novela de Naomi Alderman, The Power, una fantasía de venganza feminista que ocurre en un mundo en el que las mujeres desarrollan la capacidad de dar choques eléctricos, ha vendido cientos de miles de ejemplares y está en proceso de convertirse en una serie televisiva.

Al mismo tiempo, los clásicos del género que han cobrado relevancia en el actual clima político tienen una gran aceptación entre los lectores. La novela de Margaret Atwood de 1985, El cuento de la criada, ambientada en un Estado teocrático del futuro donde las mujeres son tratadas como esclavas reproductoras, ha vendido más de 3,5 millones de ejemplares solo en Estados Unidos desde 2017; ha generado un total de ventas que supera los cinco millones, y fue adaptada para una galardonada serie de televisión.

Más recientemente, la distopía imaginaria de Atwood ha servido de fuente de inspiración para el activismo político pues manifestantes vestidas con batas rojas y gorros blancos —la ropa de las criadas en su novela— se reunieron en los capitolios de Estados Unidos y otras partes del mundo para oponerse a las políticas que restringen el acceso de las mujeres al aborto y a la atención médica.

Un grupo de manifestantes, vestidas como los personajes de “El cuento de la criada”, afuera de la sala de audiencias del Senado donde testificó Brett Kavanaugh. Credit Win Mcnamee/Getty Images

El progreso como fantasía

Las mujeres han escrito obras distópicas feministas desde hace varias décadas. Algunas de las pioneras más influyentes en la ciencia ficción y la fantasía, incluidas Ursula K. Le Guin, Octavia Butler y Angela Carter, usaron el género como marco para escribir sobre la identidad de género y sus limitaciones.

La proliferación reciente de obras de feminismo distópico se construye a partir de ese corpus literario, con el enfoque de la ciencia ficción para proyectar las preocupaciones actuales en el futuro, al tiempo que se reflexiona sobre el pasado.

“Son libros que de alguna manera explican qué hacer o ‘qué haría yo’ en determinada situación”, dijo Atwood en una entrevista. “La idea de que la historia siempre es progreso es una fantasía”.

Algunas novelas están pensadas para funcionar como advertencia ante la inacción política y la complacencia, y que los avances hacia la equidad podrían ser coartados algún día.

En su nueva novela Hazards of Time Travel, que se publicará en noviembre, Joyce Carol Oates adopta un enfoque casi literal para explorar el temor a que la lucha por los derechos de la mujer esté en retroceso. La novela comienza en un futuro Estados Unidos autocrático, donde se enseña a los estudiantes que los hombres tienen un coeficiente intelectual mayor al de las mujeres, y se centra en una joven que es arrestada por traición tras cuestionar el régimen escolar. De castigo, la teletransportan al estado de Wisconsin en 1959 para que sea “reeducada” y se vuelva más dócil.

En Vox, la primera novela de Christina Dalcher, publicada hace poco, un partido político ultraconservador gana el control del Congreso y de la Casa Blanca y pone en marcha políticas que obligan a las mujeres a convertirse en sumisas amas de casa. A las mujeres ya no se les enseña a leer y escribir; se les prohíbe trabajar u ocupar un puesto político e incluso expresar su opinión: son forzadas a mantenerse casi en silencio después de que el gobierno las obliga a llevar un brazalete que les da un choque eléctrico si sobrepasan la cantidad de palabras permitidas al día.

‘Ya vivimos en una distopía’

Al igual que en El cuento de la criada, muchas novelas distópicas recientes exploran cómo la fertilidad de la mujer puede definir su valía a los ojos de la sociedad, y tiene en cuenta lo que podría ocurrir si el gobierno ejerce un control total sobre los embarazos y los nacimientos.

Leni Zumas intentaba quedar embarazada cuando escribió su novela más reciente, Red Clocks, que sucede en Estados Unidos en un futuro cercano en que el aborto y la fertilización in vitro son ilegales y los embriones son consagrados con el “derecho a la vida”. La idea se le ocurrió mientras buscaba tratamientos de fertilidad y se encontró con referencias de propuestas de ley para vetar la fertilización.

“Fue muy intencional hacer que la situación de la novela se percibiera como algo normal y por lo tanto fuera más aterrador”, afirmó. “Cuando vemos el mundo a través de un enfoque feminista nos damos cuenta de que ya vivimos en una distopía”.

Louise Erdrich les da un giro más apocalíptico a los temas de reproducción y autonomía física de las mujeres en Future Home of the Living God, que gira en torno a un cataclismo biológico que amenaza el futuro de la humanidad y provoca que el gobierno reúna a las mujeres embarazadas y les quite a sus bebés.

“Luchar por los derechos de las mujeres es una batalla sin tregua”, aseguró Erdrich en un correo electrónico. “Me di cuenta de que tal vez mis hijas tendrán que vivir con una erosión constante del progreso humano”.

‘Peor que lo que sucede en El cuento de la criada

Mientras las novelistas de Occidente usan figuras retóricas distópicas para explorar lo que podría ocurrir si se suspenden los avances en equidad de género que tanto trabajo han costado, algunas autoras de Medio Oriente y Asia han recurrido a la ficción distópica para poner énfasis en la opresión que viven las mujeres de la región.

La primera novela de Maggie Shen King, An Excess Male, ocurre en China en 2030 e imagina el escenario posterior a la política previa china de un solo hijo, una ley que derivó en el aborto selectivo de los fetos de sexo femenino. En la novela de Shen King, la política dio como resultado una sobrepoblación de 40 millones de hombres que no encuentran esposa, por lo que el Estado obliga a las mujeres a casarse con varios hombres.

Una idea similar es la base de la novela reciente de la escritora pakistaní Bina Shah, Before She Sleeps, que se desarrolla en un país autocrático del suroeste de Asia después de que una guerra nuclear provoca una mutación genética que desencadena una cepa mortal de cáncer cervicouterino, el cual cobra la vida de millones de mujeres.

Como parte de los esfuerzos del gobierno para restablecer la población, las mujeres son obligadas a casarse con varios hombres y a tomar medicamentos para la fertilidad, lo que origina que tengan embarazos de trillizos o quintillizos. Shah tomó la idea de una “crisis de género” de reportajes sobre el aborto selectivo según el sexo y el infanticidio de niñas en India y China. Imaginó una sociedad, como muchas de las tradicionales y tribales, que valora a las mujeres por ser “recursos preciados”, pero sigue reprimiéndolas.

“En el patriarcado, las mujeres siempre terminarán siendo las perdedoras”, dijo. “Lo que sucede ahora en Arabia Saudita, Pakistán y Afganistán es peor que lo que sucede en “El cuento de la criada”.

Para Atwood (quien se ha convertido en una especie de santa patrona de la ficción distópica feminista que alaba a las escritoras más jóvenes que expanden el género) ha resultado tanto inspirador como inquietante ver el resurgimiento del interés en El cuento de la criada, pues las activistas por los derechos de la mujer han adoptado el lenguaje y las imágenes de su novela como una especie de abreviación cultural para la misoginia.

“Cuando escribí el libro, deseé que jamás tuviéramos que estar en una situación en la que las manifestaciones se volvieran necesarias”, señaló. “En efecto, en Estados Unidos hay una presión muy concreta para convertir el cuerpo de la mujer en propiedad del Estado”.

Por otro lado, Atwood encuentra consuelo al ver que cada vez más personas leen y escriben ficción distópica, un escenario que sería imposible bajo un régimen gubernamental totalitario real que prohibiera la libertad de expresión.

“El solo hecho de que puedas leer estas obras significa que no hemos llegado a ese punto”, concluyó.