Los muros de Trump, Maduro y Castro: verdaderos enemigos del pueblo


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Los neofascistas han puesto de moda diversos tipos de muros. Pero entre los más deleznables se encuentran los muros totalitarios que desean destruir el libre intercambio de ideas, centro fundamental de la sociedad democrática.

I

La primera enmienda de la constitución norteamericana cumplirá el próximo septiembre 228 años. Trata sobre la libertad de expresión, prensa, petición y reunión.

En la constitución venezolana vigente, de 1999, los artículos 57 y 58 hacen mención a los derechos de libertad de expresión, y a una comunicación libre y plural.

Hoy, en ambos países –con las evidentes diferencias de régimen y de sociedad, por supuesto- se sufre la acción de un Poder Ejecutivo que busca disminuir las implicaciones democráticas de ambos documentos. La enfermedad que aflige a la institucionalidad venezolana viene de lejos: exactamente desde que llegara al poder el difunto Chávez, del cual el actual presidente Maduro es alumno con grandes méritos totalitarios.

La desazón norteamericana, que comenzó a mostrarse durante la campaña electoral, ha hecho acto de presencia, de manera cada vez más ostentosa y preocupante, en los tormentosos días transcurridos de la disfuncional y distópica presidencia de Donald Trump.

Maduro, en un nuevo gesto autoritario de agresión a la libertad de expresión y a los medios independientes, y en defensa de su vicepresidente El Aissami, prohíbe la señal de CNN en español en Venezuela; el vocero mediático de Trump, el controversial señor Spicer, hace un par de viernes convoca a una reunión con los medios en la Casa Blanca. A la misma no son invitados CNN, The New York Times, The Los Angeles Times, la revista Politico, y otra serie de medios críticos a la actual administración. Representantes de la revista Time y de The Associated Press, que sí fueron invitados, al final no asistieron como muestra de protesta. También expresó su repudio la Asociación de Corresponsales ante la Casa Blanca.

Es un hecho inaudito y sin precedentes en la política norteamericana, al menos en mucho tiempo.

Como si lo anterior no fuera suficiente, el mismo viernes el innombrable presidente, en un discurso ante la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC, en sus siglas en inglés), con su tufo a sadismo y su ponzoña de odio, denunció a las organizaciones noticiosas que considera críticas a su gobierno, llamándolas “deshonestas”, “suministradoras de noticias falsas”, así como se burló de los periodistas por exigir el respeto a la libertad de expresión. Uno de sus pasatiempos retóricos favoritos ha sido siempre agredir a los medios de comunicación, a los que ante la CPAC llamó “enemigos del pueblo”.

Aquí de nuevo muestra Trump –sin lugar a dudas el neofascista más importante hoy en el mundo- su oceánica ignorancia. Pareciera no tener idea del potente significado histórico de esa frase. Revisemos un poco la historia.

Como destaca Andrew Higgins en el New York Times, la frase “enemigo del pueblo” ingresa en la parla política en 1789, con la Revolución Francesa. En principio, se usaba contra todo el que se oponía a ella. Pero en 1794 tendrá un uso más letal y jurídico con la ley que crea tribunales revolucionarios para “castigar a los enemigos del pueblo”, y que indicaba los crímenes anti-revolucionarios que se sancionaban con la pena de muerte; entre ellos estaba “difundir noticias falsas para dividir o perturbar al pueblo”. En 1883 el dramaturgo noruego Henrik Ibsen escribe “Un enemigo del pueblo”, sobre un chivato idealista que critica a las autoridades y poderes locales porque ocultan la posible contaminación del agua para no perjudicar la economía. Le harán la vida imposible a él y a su familia, acusándolo de traidor.

La frase resurgirá de nuevo con la revolución rusa –está claro que genera una clara atracción a los autoritarios-. Lenin declara a Pravda que “el terror jacobino durante la revolución francesa, contra los “enemigos del pueblo” fue “instructivo” y necesitaba ser reactivado, para liberar al pueblo ruso de los terratenientes y los capitalistas como clase”. Stalin, su sucesor, expandirá su significado, incluyendo a destacados comunistas, incluso colaboradores de Lenin, culpables de no seguir incondicionalmente al nuevo líder sanguinario.

Para Mitchell Orenstein, profesor de Estudios Rusos y de Europa Oriental en la Universidad de Pennsylvania, “en su esencia, la frase significaba la muerte; según ella, usted es un subhumano, totalmente desechable”.

En su discurso ante el Congreso del Partido Comunista de la URSS, en 1956, donde denunció el culto a la personalidad de la era estalinista, Nikita Kruschev afirmó que la fórmula “enemigo del pueblo” “había sido introducida específicamente con el propósito de aniquilar físicamente a aquellos individuos que no estaban de acuerdo con el líder supremo”.

Nikita Kruscheva, bisnieta de Kruschev, en la actualidad residente en los EEUU, y profesora de relaciones internacionales en la New School en Nueva York, ha afirmado que la frase repugna en una persona no soviética, y en un escenario no estalinista. Con ello, Trump ha demostrado de nuevo que “el lenguaje de la autocracia, del nacionalismo de Estado, es siempre el mismo, independientemente del país”; para ella, es probable que Trump no haya leído nunca a Lenin, Mao Zedong o Stalin, pero las fórmulas del insulto, humillación, dominación, y etiquetamiento del enemigo son siempre las mismas”.

En conclusión: Trump ha escogido como una de sus frases favoritas un enunciado que incluso el comunismo soviético en un determinado momento desechó por sus implicaciones siniestras.

La realidad es que los neofascistas que en diversas partes del mundo están intentando destruir la institucionalidad democrática, y a pesar del abanico de diferencias que los caracteriza, tienen en común un profundo desprecio por la libertad de expresión. Buscan construir muros legales e institucionales para impedirla o limitarla; la defienden solo en su propio beneficio.

A fin de cuentas, George Steiner nos recuerda que un tópico más antiguo que Tucídides es que en el ejercicio del poder político, la especie humana, por desgracia, en muchas ocasiones puede y quiere volver a la animalidad.

II

Recientemente, la tiranía cubana, en un gesto profundamente torpe, prohibió la entrada al país para asistir a la entrega de un premio que lleva el nombre del fallecido y destacado líder opositor Oswaldo Payá, al secretario general de la OEA, Luis Almagro, al ex-presidente mexicano Felipe Calderón, y a la ex-parlamentaria y ex–ministra chilena Mariana Aylwin.

La gerontocracia cubana –que se siente rejuvenecida en sus impulsos represores desde el último y reciente congreso del PCC- recientemente no ha cesado de mostrar los envejecidos muros inhumanos generados por su rostro estalinista.

Y, por cierto, en la constitución cubana –uno de cuyos sustantivos más repetidos es “Estado”- es el art. 53 el que toca el tema de la libertad de expresión, y lo hace en los siguiente términos:

artículo 53.- Se reconoce a los ciudadanos libertad de palabra y prensa conforme a los fines de la sociedad socialista. Las condiciones materiales para su ejercicio están dadas por el hecho de que la prensa, la radio, la televisión, el cine y otros medios de difusión masiva son de propiedad estatal o social y no pueden ser objeto, en ningún caso, de propiedad privada, lo que asegura su uso al servicio exclusivo del pueblo trabajador y del interés de la sociedad.

Los sátrapas cubanos, conocedores del inmenso poder de la palabra cuando busca ser expresada desde la sociedad y no desde los pasillos del poder político, no se andan por las ramas. Y lo hacen así, desde hace décadas, porque lo pueden hacer. Desde hace años los presidentes latinoamericanos compiten por ver quién es más condescendiente y comprensivo con la dictadura castrista. Porque la institucionalidad democrática latinoamericana es profundamente insolidaria, no conoce el trabajo conjunto ante la arremetida totalitaria. Por ello actúa de la misma manera el liderazgo chavista, porque cuenta con el silencio y la desidia de los demócratas de la región.

Luis Almagro ha respondido con claridad: Cuba “no está lista” para volver a la OEA. Bueno, si seguimos pensando que allí deben estar presentes solo democracias, la afirmación del secretario general de la organización luce obvia. El problema es que esa misma contundencia no la expresa casi ningún jefe de Estado latinoamericano actual.

En opinión de Almagro, “es muy claro que el sistema cubano condice en muy poco” con los principios que defiende la OEA y que, desde su expulsión del ente en 1962, el Sistema Interamericano (los 34 países que forman la organización) “ha crecido por un camino y el cubano ha permanecido agarrado o atado a determinados principios y conceptualizaciones ideológicas”.

¿Y Trump? En esas latitudes norteñas, hay una diferencia fundamental: las instituciones públicas son fuertes, independientes y saben cuál es su misión (algo que ha sido históricamente imposible de lograr en América Latina). Por eso ya le están haciendo sentir al empresario neofascista que no lo va a tener fácil.

Frente a la demencial posverdad neofascista, el New York Times, durante la ceremonia de entrega de los premios Oscar el domingo 26 de febrero, publicó un video que se inicia y concluye con este mensaje:

“La verdad en nuestra nación está más dividida que nunca (…). La verdad es hoy más importante que nunca”.

Los verdaderos enemigos del pueblo se están quitando la careta en todo el planeta. Que cada ciudadano deje la indiferencia y la mera burla, y ubique cuáles son sus responsabilidades en las confrontaciones por venir.