Los nazis de la gramática


Hay un término en inglés al que le tengo tirria. Se trata de grammar nazi. No sé si el equivalente en español —nazi de la gramática— se usa en el habla o es tan conocido como lo es en inglés. Sirve para definir a una persona obsesionada, o fanática, por corregir fallos gramaticales y ortográficos. Pero no es solo en el ámbito de la lengua donde aparece la palabra «nazi»; de hecho, es bastante ubicua. Tengo una amiga, por ejemplo, que se autoproclama «mamá nazi» porque controla todo lo que hace su hijo en internet, al que de cualquier modo solo le permite el acceso durante una hora al día. Me chirría oírle decir esto aunque, como digo, se usa tanto que nadie más que yo pestañea siquiera. Todos sabemos lo que es el nazismo, ¿no? Pues parece que no, o no se usaría tan a la ligera.

Por curiosidad, consulto el diccionario. En inglés aparece una aceptación que no tiene nada que ver con el nazismo: «persona que se dedica fanáticamente a algo o que persigue el control de una actividad o práctica específica». En español todavía no. La RAE define «nazi» como «partidario, perteneciente o relativo al nacionalsocialismo». Sin embargo y sin duda por influencia del inglés, ya existen blogs de gramática y foros en español que hablan de los nazis de la gramática.

En inglés es tan común que incluso hay un vídeo en YouTube (muy gracioso) que ilustra a un nazi de la gramática. En él vemos a un agente de las SS entrando en una casa en busca de judíos e interrogando a un hombre que con cada respuesta comete un fallo gramatical. Al principio el agente admite estar confundido con las respuestas y explica: «Verá, la gramática es muy importante para el partido nazi», pero a medida que prosigue el interrogatorio, el nazi corrige, da más explicaciones y amenaza con su lenguaje corporal al pobre hombre. El miedo reflejado en el rostro del interrogado, el movimiento de la cámara y la risa malvada del nazi cuando le advierte de que el sujeto y el verbo tienen que concordar son preludio de que algo dramático va a pasar. El nazi saca una pistola y la coloca encima de la mesa antes de anunciar que tiene una última pregunta por formular. Si el interrogado la responde correctamente, lo dejará en paz; de lo contrario, tendrá que acompañarlo. No tiene tiempo de responder, pues alguien que se esconde en la casa da la respuesta desde debajo de unos tablones en el suelo. El nazi se levanta de repente y, apuntando con la pistola, exclama: «¡Escondido debajo del suelo, por fin te he encontrado!». Está a punto de disparar cuando el previamente interrogado pregunta: «¿Es él quien está escondido debajo del suelo o usted?» (En la versión original es «ella» pero uso «él» para que se entienda la confusión, que en español no existiría si fuera «escondida»). El nazi, horrorizado, se da cuenta de que acaba de usar un dangling participle, que es gramaticalmente incorrecto. Se coloca la pistola debajo de la barbilla y se pega un tiro.

 

Que conste que yo no corrijo. Cuando veo a diario los ataques que se cometen contra la lengua en internet, las redes sociales y los carteles y anuncios de la calle, me escandalizo en la intimidad, pero no corrijo nunca a nadie pues es un tema delicado y además, ¿para qué gastar mi tiempo y energía corrigiendo gratis cuando cobro por hacerlo de manera profesional? Pero hay gente que sí se dedica a corregir como afición y se ganan enseguida esa mala reputación que los pone a la altura del nazismo.

En la ciudad inglesa de Bristol hay un «vigilante de la gramática» que lleva una década corrigiendo carteles con errores gramaticales o de puntuación. El pasado mes de abril la BBC lo entrevistó y surgió la cuestión de si esta labor, que lleva a cabo de manera anónima y en la oscuridad de la noche, es un crimen, a lo que contestó que el crimen es cometer esos fallos y exponerlos de manera tan pública. Una de sus armas de corrección es el apostrophiser que utiliza para colocar apóstrofes donde hacen faltan o eliminarlos donde no solo no son necesarios sino que constituyen un craso error.

Debo admitir que el tema de los apóstrofes en inglés es irritante para las personas sensibles como yo que además damos importancia a la gramática. Resulta que no es tan difícil aprenderse un par de normas para utilizar los apóstrofes de manera correcta. Sin embargo, la mayoría de nativos de la lengua inglesa no sabe utilizarlos. Y me atrevo a afirmar que son mayoría porque los errores en carteles públicos abundan en todas partes y poca gente se atreve a rectificarlos. Los que lo hacen, como vemos, recurren a la clandestinidad y el anonimato, y se les tacha de fanáticos.

En abril del año pasado el periódico Daily Mail publicó un artículo en el que aseguraba que «una nueva investigación ha descubierto algunas características que los llamados “nazis de la gramática” parecen compartir: son introvertidos y desagradables por naturaleza». El título fue así de provocador: ¿Eres un nazi de la gramática? Probablemente seas un capullo. Los pedantes de la lengua tienden a ser introvertidos y desagradables.

Como no me fío de la prensa sensacionalista, leí otro artículo más serio al respecto. The Guardian entrevistó a los dos lingüistas que realizaron el experimento en la universidad de Michigan, y no usa en ningún momento la palabra jerk (capullo) o desagradable (sí agradable). De hecho, la gran diferencia entre las personas a las que les molestan los fallos tipográficos o gramaticales parece estribar en si son introvertidas o extrovertidas. He querido mencionar el artículo de Daily Mail para recalcar una vez más la mala reputación que ya tenían esos defensores de la gramática.

El estudio —que se puede encontrar completo en internet— concluyó que a las personas introvertidas les tienden a molestar más esos fallos, tanto tipográficos como gramaticales, hasta el punto de que no quieran compartir piso con alguien que los cometa. El resultado puede parecer descabellado, pero a mí, como persona introvertida, no me sorprendió. Con internet y las redes sociales ahora es muy fácil descubrir enseguida a esas personas (extrovertidas quizá) que no dan ninguna importancia al escribir bien. Cuando se trata de escritores —los hay, los hay— a mí me cuesta una barbaridad leer algo suyo más serio, como una novela. Pero ya me pasaba mucho antes de las redes sociales. Hace muchos años descubrí a una novelista buenísima de Madrid. Es muy famosa en España y continúa escribiendo prolíficamente pero yo llegué a un punto en que no pude continuar leyéndola porque su laísmo me irritaba como a las personas ultrasensibles les irritan las etiquetas de la ropa. En los diálogos no solo acepto el laísmo sino que lo espero, pues así es como hablan algunos en los Madriles, pero cuando la voz narrativa está también plagada de eso que en Barcelona, por ejemplo, no usamos, a mí me choca y me chirría. Desde luego, no creo que jamás pudiera compartir piso con ella.

Dicho estudio también reveló que las personas agradables daban menos importancia a los fallos gramaticales y las más concienzudas tendían a ser más intransigentes con los tipográficos. Personalmente, soy más indulgente con los tipográficos porque entiendo que son «sin querer» o fruto de un despiste mientras que los gramaticales denotan ignorancia y descuido. ¿Me califica eso como a una persona desagradable? Me da igual, y además lo de compartir piso con extraños nunca me ha atraído, pero en defensa de los introvertidos tengo que aclarar su significado.

Según la teoría de la personalidad del psicólogo Hans Eysenck, la diferencia entre introvertidos y extrovertidos se encuentra en las variaciones de la actividad cerebral. Los extrovertidos tienen menos inhibición cortical y por eso son propensos a buscar estimulación exterior, mientras que los introvertidos presentan una mayor reactividad a la estimulación sensorial. De ahí que los extrovertidos sientan más necesidad de compañía, nuevas experiencias y riesgos, y que los introvertidos se sientan agobiados por un exceso de estímulos que para otros resultan emocionantes o sencillamente agradables. Según esta definición, yo sigo siendo introvertida —aunque también soy sociable y me atraen el riesgo y la aventura— pues no soy capaz de ver películas violentas (me provocan pesadillas), me molesta el ruido de la televisión, nunca me he sentido a gusto en las discotecas y jamás he sentido curiosidad por el sexo en grupo.

En defensa de los introvertidos, me gustaría que los que no lo son comprendieran la dificultad que tenemos de procesar el lenguaje por parte de gente que lo destroza sin miramientos. La manera que tenemos de expresarnos, tanto en lenguaje hablado como escrito, dice mucho de la imagen de cada uno, y la red no debería ser excusa para no cuidar esa imagen, al contrario. Un individuo que no respete la gramática hiere la sensibilidad de los introvertidos de la misma manera que un individuo que no se lava, huele y hiere la sensibilidad olfativa de los que lo rodean.

No obstante, la mala gramática abunda tanto que una se acostumbra a ignorar a los que no la saben usar. En los últimos años otro fenómeno me ha estado llamando la atención: la manera corrosiva en que el inglés está afectando al español. Entiendo que las lenguas están vivas y van cambiando constantemente pero algunos usuarios del español emplean expresiones y construcciones tomadas del inglés que a mí, que leo, escribo, hablo, pienso y vivo en inglés a diario, me sorprenden sobremanera, pues estoy segura de no haberlas oído ni leído jamás en español cuando vivía en España y de que los escritores serios no usan. De eso y de los «amigos falsos» hablaré en mi próximo artículo.