Miriam Celaya: En busca de un Guillermo Tell tropical


La gorra en homenaje al fallecido expresidente mide metro y medio de largo por 50 centímetros de alto. (Facebook)

Una enorme gorra metálica de 1,50 metros de largo por 50 cm de alto, cuyo peso alcanza los 30 kg, es el más reciente fetiche parido por la añoranza de cierto sector de la izquierda regional para homenajear al demiurgo favorito del socialismo vernáculo, Fidel Castro, al cumplirse el primer aniversario de su muerte.

El proyecto del tocado-talismán, remedo de la gorra que usaba el célebre difunto como parte de su perenne uniforme militar, fue concebido por la Unión de Residentes Cubanos en Argentina (Urca) y el Movimiento Argentino de Solidaridad con la Isla (MasCuba), dos agrupaciones que desde la distante comodidad de ese país del Cono Sur apoyan con entusiasmo la más larga dictadura del hemisferio, y que han gestionado todo el proyecto escultórico, incluyendo su traslado a La Habana por vía aérea desde el aeropuerto internacional de Buenos Aires.

Hasta el momento no ha trascendido el costo total del nuevo objeto votivo por concepto de materiales empleados, mano de obra, transporte, flete aéreo, etcétera

Hasta el momento no ha trascendido el costo total del nuevo objeto votivo por concepto de materiales empleados, mano de obra, transporte, flete aéreo, etcétera; pero si se asumen como ciertas las informaciones de los medios oficiales cubanos y de la progresía regional sobre la difícil situación económica y social que están atravesando los trabajadores en Argentina bajo el Gobierno de Mauricio Macri, cabe suponer que los responsables de la obra hicieron un enorme sacrificio personal y familiar para hacerla posible.

Esto no debería sorprendernos demasiado. Es sabido que las izquierdas radicales no se arredran ante las dificultades y, en especial, se tornan derrochadoras en recursos y creatividad cuando de culto a los difuntos se trata. De ahí ciertas extrañas prácticas necrológicas que han aplicado en diferentes momentos de la Historia para homenajear a sus fundadores o a determinados cofrades muy queridos, y que pueden parecer retorcidas a algunos burgueses remilgados.

Uno de los ejemplos sería la momificación del cuerpo de Vladímir Ilich Lenin y su exhibición al público en la Plaza Roja de Moscú, convertido a la vez en ídolo material de los comunistas del mundo y en atractivo turístico para millones de visitantes adictos al morbo. Fue quizás el primer caso, y hasta ahora el más famoso, de la epidémica necrofilia de izquierda.

Otro ejemplo, aunque de estilo diferente, es la consagración del culto al Che Guevara –con toda la parafernalia comercial de su imagen multiplicada en camisetas, fosforeras, ceniceros, afiches o postales –, incluidas las peregrinaciones por parte de numerosos fieles de la ideología y otros perseguidores de mitos a La Higuera, en Bolivia, donde el conspicuo guerrillero encontró la muerte que tan denodadamente buscó, o las excursiones turísticas a la tumba-monumento que guarda (¿sus?) sagrados huesos en la ciudad cubana de Santa Clara.

Podríamos mencionar también otros interesantes monumentos mortuorios de personajes de la izquierda, como el de un comunista cabal: el bailarín español Antonio Gades, amigo personal de Raúl Castro. El talentoso artista pasó tan gratos momentos en la Isla que pidió ser sepultado en Cuba y, en consecuencia, sus restos mortales fueron trasladados desde su tierra natal e inhumados en el mausoleo del Segundo Frente Oriental, bajo un sepulcro que exhibe un par de botas de baile flamenco fundidas en metal.

No muy lejos de él yacen los restos de Vilma Espín –esposa del actual general-presidente, Raúl Castro, y madre de sus hijos– protegidos en un conjunto escultórico en forma de pirámide, símbolo de inmortalidad. Modestos que son estos señores comunistas.

El adefesio escultórico participaría en el desfile del Primero de Mayo de 2018 en la Plaza de la Revolución de La Habana, y después sería conducido en caravana para ser reverenciado a lo largo de toda la Isla

Pero, volviendo al asunto de la morrocotuda gorra metálica, la intención de sus creadores es que la alegoría supere la mera existencia física del objeto y su presencia promueva todo un ritual complejo. Así, el adefesio escultórico participaría en el desfile del Primero de Mayo de 2018 en la Plaza de la Revolución de La Habana, y después –tal como sucedió con el féretro del Difunto en Jefe en el novenario luctuoso realizado tras su muerte– sería conducido en caravana para ser reverenciado a lo largo de toda la Isla, hasta llegar al cementerio de Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba, al punto donde permanecen sin reposo las cenizas del homenajeado.

Una liturgia al benefactor de los pobres que, paradójicamente, se convertiría en una especie de saga tropical de aquella antigua leyenda suiza del siglo XIV, inmortalizada casi cinco siglos después por el poeta y dramaturgo alemán Federico Schiller en su obra Guillermo Tell. En ella, los habitantes de la ciudad estaban obligados a hacer una humillante reverencia ante el sombrero de su déspota gobernante, Hermann Gessler, colocado en lo alto de una estaca en la plaza mayor, y donde la rebelión del ballestero Guillermo Tell, que se negó a aceptar tamaño ultraje, marcó el inicio de la revuelta que acaba liberando a su pueblo.

Es posible que, habida cuenta de la fascinación por el culto al Muerto, las autoridades cubanas se apresten a apoyar el ridículo espectáculo de la adoración de la gorra. Lo que sí parece difícil es que surja entre los cubanos un Guillermo Tell con suficiente coraje como para desafiar tan colosal insulto.