Jorge Edwards: Nicanor Parra


“No se diga que Rulfo escribe en prosa”, sostiene Nicanor Parra en verso libre. Hizo esta afirmación en su Discurso de Guadalajara, después de haber obtenido el Premio Juan Rulfo de 1991.

Nicanor Parra es un gran poeta, un poeta excepcional, y es, además de eso, un caso literario interesante, paradójico: un creador literario entre dos mundos, entre dos tiempos, entre dos o más de dos estilos, incluso entre la prosa (siempre que sea como la de Rulfo) y el verso. Tengo el hábito antiguo de releer a Nicanor Parra más que a muchos otros. En todos sus textos, en sus poemas de juventud, en sus antipoemas de la edad madura, en sus artefactos, apostillas, guatapiques de años recientes (el guatapique de mi infancia, probablemente olvidado, es una pequeña cápsula explosiva que sorprende, pero que no alcanza a herir), la escritura de Nicanor es sintética, sorpresiva, altamente coloquial, siempre cargada de ideas, de propuestas, de afirmaciones semiserias y provocativas.

Releer a este autor, por consiguiente, es un buen ejercicio intelectual, una práctica saludable y que me permito aconsejar a todo el mundo, a la gente de esta orilla y a la de la otra. “La novela no-ve-la realidad/ Salvo que sea Rulfo quien la escriba”, continúa Parra en su Discurso de Guadalajara. Como se puede observar, el discurso mencionado es un arte poética que toma como pretexto a Juan Rulfo y su Pedro Páramo. En alguna medida, toda la obra de Parra es una reflexión sobre la poesía, contra la poesía “poética”, en el peor sentido de este último término, y contra la novela o la prosa “prosaica”, esto es, la que nunca escribió ni quiso escribir Juan Rulfo. El resumen de la doctrina se encuentra en otros dos versos: “Rulfo nos da una imagen de México/ Los demás se reducen a describir el país…”

     Me propongo abandonar aquí al Rulfo de Parra y pasar al Nicanor de mi experiencia personal, de mis encuentros y ocasionales desencuentros, de mis lecturas reiteradas a lo largo de casi medio siglo. Parra es enormemente popular en algunos lugares del mundo y curiosamente desconocido en otros. Es poco académico en el sentido más auténtico de la expresión y tiene, a pesar de sus conexiones evidentes con la tradición del idioma, un lugar aparte, marginal, de francotirador.

Si pensáramos en la prosa latinoamericana, habría que compararlo, más que con Juan Rulfo, con Macedonio Fernández o Felisberto Hernández, el autor uruguayo de Las hortensias y de otras historias insólitas. Es difícil, por otro lado, encontrarle parentescos en la literatura española moderna. A primera vista, tiene pocos puntos de contacto, con excepción del tono de García Lorca vagamente perceptible en poemas de juventud: “A recorrer me dediqué esta tarde/ las solitarias calles de mi aldea…” Una reflexión más atenta, sin embargo, me hace pensar en dos escrituras también, como la suya, excéntricas, aunque ya consagradas hace rato por la crítica oficial: las greguerías de Ramón Gómez de la Serna y el Juan de Mairena de Antonio Machado.

De hecho, junto a muchos latinoamericanos y a autores como Stendhal, Adorno, Gombrowicz, Rimbaud, los únicos españoles citados en el Discurso de Guadalajara son Antonio Machado y Cervantes: “Qué es Pedro Páramo?/ Qué es El llano en llamas?/ Unas pocas palabras verdaderas!” No sé si Parra comprendería la referencia a Gómez de la Serna, pero Machado y Cervantes, claro está, no son poco. Y me parece que encajan muy bien con la concepción parriana de la modernidad en literatura

     La poesía de Nicanor Parra viene de dos vertientes muy diferentes, muy distanciadas entre ellas. Arranca de grandes momentos de la poesía culta, desde los poetas metafísicos ingleses, los malditos franceses, los modernistas latinoamericanos, con Rubén Darío y también con Ramón López Velarde, pero encuentra a mitad de camino, en años ya maduros, la inspiración popular, sobre todo en la poesía gauchesca y en el Martín Fierro de José Hernández. La revelación del Martín Fierro lleva a Parra a encontrarse con el Chile campesino, provinciano, profundo de su infancia y adolescencia. Creo ahora que fue un descubrimiento común hecho con Violeta Parra, su hermana de la sangre y del alma. En alguna medida, fui un testigo de ese proceso.

Violeta había comenzado como cantante popular, en el sentido más bien comercial del término, hasta que decidió buscar en el campo, entre viejos cantores y cantoras, las raíces de lo que se llamaba por tierras de Chillán adentro, hacia la cordillera, canciones a lo humano y a lo divino, profanas y religiosas. Así encontró formas musicales originales, que después llegaron a todas partes, en esta búsqueda de un pasado remoto, de una especie de Edad Media que todavía persistía en el sur de Chile.

La llegada de Nicanor al Martín Fierro y a la poesía popular fue paralela, producto de la cercanía y del constante intercambio de impresiones con sus hermanos Violeta y Roberto. Me acuerdo de largas sesiones en la casa de Nicanor, a comienzos de la década del cincuenta, en las que un anciano cantor popular interpretaba en su guitarrón, con el estímulo de un vaso de vino pipeño, versos a lo humano sobre el banquete del Rey Nabucodonosor. Era el tema medieval de la danza y la abundancia inagotables, el de Jauja, el de la Ciudad de los Césares en la imaginación colonial chilena. Poemas populares como “La cueca larga”, que rompieron con la línea de vanguardia que llevaba la poesía de Nicanor hasta esa etapa, derivaron en parte de aquellas sesiones, de aquella atmósfera.

     El descubrimiento o redescubrimiento tardío, a comienzos de los noventa, de la obra de Juan Rulfo no es ajeno a todo esto. Tiene un sentido enteramente coherente. Parra vio en Rulfo un contacto con el mundo campesino e indígena, con la tradición oral, con la tierra, con sus mitos y sus apariciones. En uno de los fragmentos en verso del discurso que ya he citado varias veces dice: “El error consistió/ En creer que la tierra era nuestra/ Cuando la verdad de las cosas/ Es que nosotros/ somos/ de/ la/ tierra/ No sé/ El respetable público dirá.” Ese “respetable público” circense, propio del lenguaje criollo, reducido a menudo a “el respetable”, es un detalle que define bien la poesía de Parra, que se sitúa siempre entre lo coloquial extremo y el terreno de las ideas, de las abstracciones, de las provocaciones intelectuales.

     Nicanor Parra es de Chillán adentro, de las tierras donde Violeta, su hermana, encontró los cantares a lo humano y a lo divino, donde se inspiró él para escribir “La cueca larga” (“Soy de Niblinto/ donde los huasos mascan/ el vino tinto…”). Es un huaso chillanejo que estudió matemáticas en la Universidad de Chile, en Santiago, y que después partió a Inglaterra a perfeccionarse en matemáticas superiores. Llegó a ser profesor de física matemática y director de la Escuela de Ingeniería de la Universidad. He visto a salas atestadas de públicos juveniles, en los Estados Unidos, en Santiago de Chile, en Concepción, pendientes de las palabras, de las comas, hasta de los silencios de Nicanor.

En la época de la dictadura, en una plaza pública, anunció que iba a leer un soneto censurado. Guardó silencio durante el tiempo aproximado de la lectura de catorce sílabas, impertérrito, y recibió una ovación que recuerdo todavía. Me dije para mis adentros que era, además de poeta y de matemático, un actor de primera línea. Su poesía recoge mucho del surrealismo y de su humor negro, pero asimila en un momento decisivo, maduro, la inspiración popular. No sólo la poesía gauchesca y el Martín Fierro, como ya dije, sino también los versos de Domingo Zárate Vega, quien recitaba su poesía a gritos, dando saltos, en los barrios periféricos de Santiago, sobre todo en el sector de la Quinta Normal, y se presentaba como “el Cristo de Elqui”. 

     A fines de la década del sesenta, Nicanor solía visitar La Habana como invitado oficial. En aquellos mismos años cometió la imprudencia de aceptar una invitación a tomar té de la señora del presidente Nixon. Ahora me cuenta que se encontraba en la Casa Blanca, en medio de una visita turística guiada por un profesor de literatura, y que Pat Nixon apareció al final de una galería, le hizo un guiño y lo invitó a tomar unas galletas de almendras y unos pastelillos de hojaldre. Todo es posible. El caso es que fue desinvitado de Cuba para siempre y crucificado en efigie por los jóvenes universitarios del Chile de vísperas de Allende.

Alguien lo vio en un patio de la facultad universitaria donde enseñaba las teorías de Newton, sentado en una silla de palo, frente a una mesa donde había un cartel escrito a mano que decía: “Doy explicaciones”. No sé si alguien, alguno de los jóvenes vociferantes de aquella época, quiso escucharlas. Eran tiempos difíciles, como decía nuestro amigo fallecido Heberto Padilla. No sé si peores. En ningún caso mejores. Deberíamos escuchar ahora, de todos modos, las explicaciones prometidas por Nicanor, en broma y en serio, en verso y en prosa. ~

Jorge Edwards : (Santiago de Chile, 1931) es escritor y diplomático. Actualmente es el embajador de Chile en París, y su libro más reciente es La muerte de Montaigne (Tusquets, 2011).