Ramón Guillermo Aveledo: Nuestra mejor esperanza


A la memoria de Fernando Albán

Siete santos nuevos canonizó Francisco. Dos son mujeres y uno un joven laico. Sus biografías conmueven por la generosidad de su entrega. Me detendré en dos de ellos, por sentirlos muy cercanos a mi vida y mi compromiso social.

Uno es Pablo VI, Giovanni Battista Montini, il Monsignorino que se dedicó a los jóvenes y a los universitarios. Nacido en una familia antifascista, colaborador de Pio XII. “El arzobispo de los pobres” lo llamaron en Milán por su cercanía con los trabajadores. Como Romano Pontífice impulsó y llevó a su final el Concilio Vaticano II, cuyo impacto en la Iglesia es conocido y entre sus documentos, destacan dos que tendrán enorme significación en un momento histórico en el cual los cambios pisaron el acelerador: Vietnam y los movimientos pacifistas, el Mayo Francés y su estela de conmoción en las universidades de occidente, la revolución en la cultura popular y el choque de todo eso en la sensibilidad juvenil. Y, desde luego, ejercerá una influencia mayor en mi generación de jóvenes católicos, llamada así a comprometerse con su sociedad y con su tiempo.

Hablo de la encíclica Populorum Progressio sobre la necesidad de promover el desarrollo de los pueblos, “El desarrollo es el nuevo nombre de la paz” es su definición más conocida y repetida, y de la constitución Gaudium et Spes “Es necesario escrutar los signos de los tiempos para responder, de modo adecuado a cada generación, a los perennes interrogantes del hombre”.

En marzo de 1967, cuando apareció Populorum Progressio, era un estudiante liceísta de dieciséis años, al mes siguiente me hice militante político. Sentía que había recibido un mensaje claro y fuerte: la indiferencia no es una opción. En Gaudium leí otra enseñanza inolvidable, si deploramos “todo aquello que es contrario a la vida y la dignidad de las personas”, es ineludible respetar y amar a nuestro adversario, “Hay que distinguir entre el error y el que yerra, el cual conserva su dignidad de hombre”.

Testimonio vivo de esas enseñanzas fue monseñor Oscar Arnulfo Romero, el otro de los canonizados recién que me toca de cerca. La paz y la democracia centroamericanas fueron causa renovadora de la vitalidad del humanismo cristiano. El obispo mártir salvadoreño, predicó con serena valentía esos valores trascendentes. No se dejó tragar por el extremismo interesadamente polarizador. Lo mataron, pero vive en nuestra mejor esperanza.

Gracias Francisco.