Populismo, democracia y mayorías en versión Evo Morales


Recientemente, a raíz del caso catalán, relacionaba el nacional populismo con la democracia. Simultáneamente apuntaba al valor que en ella tiene el juego de mayorías y minorías y a por qué en determinadas cuestiones no basta con la mayoría simple y se requiere de mayorías cualificadas. En realidad, sin el respeto a las minorías no hay democracia. No sólo porque las minorías de hoy pueden ser las mayorías de mañana, sino también porque hay coyunturas en las que el rodillo de unos no puede doblegar al resto.

Esto viene a cuento del debate político boliviano sobre el afán de Evo Morales de volver a ser reelegido. Da igual que la Constitución boliviana sólo permita una reelección consecutiva, que ya se haya torcido la legalidad constitucional para habilitar su tercer mandato o que, en 2016, el intento de permitir la reelección indefinida hubiera sido derrotado en un referéndum.

A fines de ese año, al celebrar el undécimo aniversario de su primer triunfo electoral, Morales señaló: “hemos llegado (al poder) para quedarnos toda la vida“. Y pese a ser derrotado en la consulta, se mostró contundente: “Si el pueblo dice sí, Evo seguirá con el pueblo”. Más tarde expresó su deseo de gobernar 500 años. Si bien estas expresiones son importantes por haberse pronunciado tras el referéndum, ya había manifestado conceptos similares poco después de su llegada al poder, que fueron compartidos por otros líderes populistas latinoamericanos como Chávez, Correa o Cristina Fernández.

Curiosa manera de entender la democracia en la que los resultados sólo valen cuando se gana, pero si se pierde la lógica que prima es la de volver a empezar

Su último argumento es que la prohibición de la reelección vulnera sus derechos humanos, una idea ya esgrimida por Oscar Arias, Daniel Ortega o el hondureño Juan Hernández. Con esos antecedentes sometió su caso a la Corte Constitucional, integrada mayoritariamente por magistrados afines. Y esta semana señaló que su reelección es irreversible, pese a suscitar un rechazo del 68% según una reciente encuesta de Ipsos, realizada en las 10 capitales departamentales y 14 poblaciones rurales.

El viernes pasado fue todavía más allá en su ataque a la democracia: “No sé si… vamos a acabar con la democracia occidental de mayorías y minorías. Vengo del movimiento indígena originario y he visto cómo se aprobaba en reuniones, concentraciones, del ayllu, de la comunidad, que no haya votación, porque en votación ya hay mayorías y minorías”. En el juego de mayorías y minorías “siempre quedan resentidos, aunque la mayoría tenga razón”. Su sueño sería “llegar a la democracia comunal (en la que) se aprueba por consenso o unanimidad”.

Curiosa manera de entender la democracia en la que los resultados sólo valen cuando se gana, pero si se pierde o se carece de las mayorías cualificadas, la lógica que prima es la de volver a empezar. En sociedades complejas como las actuales, y Bolivia no es ninguna excepción, resulta imposible alcanzar el consenso o la unanimidad en cualquier tema. La democracia no genera resentimiento social. El nacional populismo totalitario necesita dividir y polarizar para impulsar sus políticas hegemónicas y de ese modo se avasallan los derechos de las minorías.