Por qué Casado será el líder del PP


María Dolores de Cospedal y Pablo Casado se abrazan en la noche electoral del jueves, 5 de julio. Victor J Blanco (GTRES) / Vídeo: ATLAS

El viaje a la ortodoxia, la edad y el apoyo de Cospedal favorecen al segundo clasificado

Pedro Sánchez, presidente del Gobierno. Pablo Casado, líder de la oposición. Resultaría extravagante plantearse un escenario político similar hace apenas unas semanas. Pero ocurre que Sánchez es el inquilino de la Moncloa. Y sucede que Pablo Casado aspira claramente al despacho principal de Génova 13. La aversión de Cospedal a Soraya Sáenz de Santamaría predispone la victoria del antiguo cachorro de Aznar. Y consolida una carambola elocuente: las primarias del PP puede ganarlas el segundo con el apoyo de la tercera.

Semejante expectativa proviene de un proceso electoral anómalo en el PP. No ya por la novedad de unas primarias en el partido del ungimiento digital, sino porque la escasísima participación —han votado 58.000 personas— y el protagonismo de los compromisarios en la segunda vuelta contradicen el fervor democrático o asambleario con que se había concebido el proceso.

Estaban previstas unas elecciones a medida de Rajoy. Y hubieran servido igualmente para la proclamación unilateral de Feijóo, pero la retirada del barón gallego introdujo un estímulo imprevisible, incendiario, que ha aprovechado Casado perfectamente consciente de la idiosincrasia del cuerpo electoral. No participaban los votantes del PP. Ni siquiera se manifestaban, pocos o muchos, todos los afiliados. Lo hacía el núcleo duro, el sector fanático, la militancia practicante, de tal modo que el sonriente vicesecretario aprovechó la oportunidad de consolidar el mensaje de la ortodoxia: la patria, la familia, la seguridad, el liberalismo, la unidad territorial.

Los principios delimitan un planteamiento conservador. Y la renovación se restringe al valor de la efebocracia y al significado del relevo generacional. Casado tiene 37 años. Se convierte en el yerno perfecto de un partido en cuyo sesgo sociológico proliferan los jubilados. Es un regreso a la pureza. Una regresión al aznarismo sin los pecados de la corrupción y con la devoción a las dos imágenes que ayer “decoraban” la sede del PP en el Barrio de Salamanca: la virgen del Pilar y Margaret Thatcher. Allí coincidieron sin coincidir Pablo y Soraya para depositar su voto, premonición de un duelo electoral que se promete cruento y despiadado.

La “exvice” no puede reclamar para sí el liderazgo de una lista unitaria cuando solo ha ganado con 1.500 votos de diferencia. Y Cospedal sí puede movilizar su influencia para arbitrar la victoria de Pablo Casado desde la posición de “king maker”. Sería la manera de reciclar la bochornosa derrota, aunque el veredicto de anoche sobrentiende su agonía política. En cuestión de unas semanas, la exministra de Defensa ha perdido el sitial en el partido y en el Gobierno.

Será la libre de Casado en la contienda del 21 de julio, quince días cuya agitación e incertidumbre puede incitar la implicación de los patriarcas que han guardado silencio. Aznar y Rajoy no se molestaron siquiera en votar. Feijóo podría decantarse explícitamente por la candidatura de Pablo. Y el PP coronaría un líder que parece un antídoto de diseño a Ciudadanos.

La segunda vuelta no es una segunda vuelta. Responde al veredicto estricto de los compromisarios. Es la razón por la que no conviene sumar el pablismo y cospedalismo como antídoto al sorayismo. La aritmética es otra, abierta a nuevas incertidumbres, pero no puede decirse que la victoria final de Casado rectificaría a la militancia. Tanto por las apreturas del resultado de ayer como porque el partido reaccionaría al fin del marianismo con el marianismo. El 21 de julio, Soraya se expone a su propio referéndum.