Por qué no fue sorpresa la renuncia de Nikki Haley


Cuéntenme entre los que menos se sorprendieron de que la embajadora de Estados Unidos ante las Naciones Unidas, Nikki Haley, haya renunciado. En repetidas ocasiones le había instado a que hiciera precisamente eso para preservar su reputación y viabilidad política y para que se fuera antes de que el informe de la Comisión Especial Investigadora (dirigida por Robert Mueller) llegase a su destino. Aparte del Secretario de Defensa Jim Mattis, ella es la única funcionaria a nivel de gabinete cuya estatura ha aumentado (o al menos no ha disminuido) durante su tiempo en la administración. Ella es la única con un futuro político.

Haley fue una funcionaria ferviente en las Naciones Unidas, una aliada incondicional de Israel y, en una administración que complació a los dictadores, una voz creíble para los derechos humanos. El Washington Post reportó:

“Aunque Haley promovió las políticas de Trump, ocasionalmente hizo declaraciones públicas en desacuerdo con la Casa Blanca y el presidente al que sirvió.

En diciembre, dijo que las mujeres que habían acusado a Trump de conducta sexual inapropiada “deberían ser escuchadas”. Cuando un asesor de la Casa Blanca dijo que Haley se había confundido al anunciar prematuramente más sanciones contra Rusia, dijo simplemente: “Con el debido respeto, yo no me confundo”.

El momento, sin embargo, es peculiar, pero menos de lo que uno podría imaginar. Está avisando a la administración con suficiente antelación y no se marchará hasta finales de año. Quizás su anuncio se debió a la tibia respuesta de la administración ante la desaparición y posible asesinato del colaborador del Post Global Opinions Jamal Khashoggi, un destacado periodista y crítico del gobierno saudí. Ella podría simplemente haberse cansado luego de la retórica misógina y desagradable del Partido Republicano durante la confirmación del juez Brett M. Kavanaugh. O éste podría haber sido el momento más conveniente – después de que Kavanaugh prestara juramento y con suficiente antelación a las elecciones de mitad de periodo como para no distraer demasiado-.

Haley se encuentra en una posición única entre los ex funcionarios del Gabinete de Trump. No está involucrada en la investigación del caso Rusia (aunque no sabemos si fue entrevistada en relación con la investigación del abogado especial Robert S. Mueller III). Los republicanos no tienen motivos para quejarse, y sin embargo logró que se conocieran sus críticas a incidentes como los comentarios del presidente Trump después del incidente en Charlottesville. Tiene un montón de opciones.

En primer lugar, tiene una perspectiva y un conocimiento invaluables de la condición mental y el temperamento del presidente. Si ella está de acuerdo con muchas fuentes del libro de Bob Woodward y con el autor anónimo del New York Times en que Trump es incapaz de llevar a cabo sus deberes, tiene la obligación de mencionar su punto de vista al Congreso. En enero próximo, si los demócratas ganan la Cámara, el representante Jerrold Nadler (demócrata por Nueva York), que presidiría el Comité Judicial, tal vez quiera hablar con ella, así como con otros que se han ido (Rex Tillerson, H.R. McMaster, Gary Cohn) para evaluar la aptitud de Trump. (Lo que hagamos al respecto más allá de la investigación está lejos de estar claro, pero si Haley sabe de un riesgo para el país, está obligada a informarlo).

En segundo lugar, podría simplemente esperar a que la administración de Trump se derrumbara bajo el peso de múltiples investigaciones. Entonces ella estará en posición de recoger los pedazos, una figura unificadora que no es objetable para los devotos de Trump ni para la multitud de republicanos que cuando las cosas vayan cuesta abajo dirán que se habían opuesto a Trump todo el tiempo. Será el contrincante con más credenciales para enfrentar a Trump en 2020, incluso dentro del redil republicano.

Tercero, podría prepararse para la primaria republicana al Senado por su estado, Carolina del Sur, enfrentando a Lindsey O. Graham, quien se postulará para la reelección en 2020. Debido a que Graham se ha convertido en el perro de presa del presidente,  se verá terrible en retrospectiva si los escándalos de Trump lo incluyen. Su enloquecida retórica durante las audiencias de Kavanaugh lo ha convertido en un héroe dentro del partido republicano, pero también en un hazmerreír fuera de él; dependiendo de cómo les vaya a Kavanaugh y a Trump, la conducta de Graham no sólo con respecto a Kavanaugh, sino también en la defensa servil de Trump, puede ser su perdición.

Cuarto, si el control de Trump sobre el Partido Republicano se mantiene – y sus ataques al estado de derecho, los hechos, las mujeres y la decencia continúan – ella sería totalmente creíble como parte -ya sea encabezándola, o en el puesto de vicepresidente- de una candidatura independiente de centro-derecha, especialmente si los demócratas eligen a un candidato de extrema izquierda o con atracción limitada. ¿Haley-Murkowski? ¿Kasich-Haley o Haley-Kasich? ¿Haley-Heitkamp? Hay una infinidad de opciones.

Columnista – su perspectiva es de centro-derecha. 

Traducción: Marcos Villasmil


NOTA ORIGINAL:

The Washington Post

Why Nikki Haley’s resignation is no surprise

Jennifer Rubin

Count me among those least surprised that U.S. Ambassador to the United Nations Nikki Haley is departing. I’ve repeatedly urged she do just that to preserve her reputation and political viability and to get out before the special counsel’s report lands. Aside from Defense Secretary Jim Mattis, she is the only Cabinet-level official whose stature has arguably increased (or at least not decreased) during her time in the administration. She is the only one with a political future who can say that.

Haley was a forceful advocate at the United Nations, a staunch ally of Israel and, in an administration that pandered to dictators, a credible voice for human rights. The Post reports:

Though Haley advanced Trump’s policies, she occasionally made public statements at odds with the White House and the president she served.

In December, she said that women who had accused Trump of sexual misconduct “should be heard.” When a White House adviser said Haley had been confused in prematurely announcing more sanctions against Russia, she said simply, “With all due respect, I don’t get confused.”

The timing, however, is curious — but less so than one might imagine. She is giving the administration ample notice and not leaving until the end of the year. Perhaps her announcement was triggered over the administration’s tepid response to the disappearance and possible murder of Post Global Opinions contributor Jamal Khashoggi, a prominent Saudi journalist and critic of the Saudi government. She might have had enough after the GOP’s nasty, misogynistic rhetoric expressed throughout the confirmation of Justice Brett M. Kavanaugh. Or this just might have been the most convenient moment — after Kavanaugh was sworn in and far enough in advance of the midterms to not be too much of a distraction.

Haley is in a unique position among ex-Trump Cabinet officials. She’s uninvolved in the Russia probe (although we do not know if she was interviewed in connection with special counsel Robert S. Mueller III’s inquiry). Republicans have no cause for complaint, and yet she managed to let her criticism of incidents such as President Trump’s post-Charlottesville remarks be known. She has a bunch of options.

First, she has invaluable insight into the president’s mental condition and temperament. If she actually agrees with many sources in Bob Woodward’s book and the unnamed New York Times op-ed author that Trump is incapable of carrying out his duties, she has an obligation to relate those insights to Congress. Next January, if Democrats win the House, Rep. Jerrold Nadler (D-N.Y.), who would chair the House Judiciary Committee, may want to talk to her — as well as others who’ve left (Rex Tillerson, H.R. McMaster, Gary Cohn) to assess Trump’s fitness. (What we do about that beyond investigating is far from clear, but if Haley knows of a risk to the country, she is obligated to come forward.)

Second, she might simply bide her time, waiting for the Trump administration to collapse under the weight of multiple investigations. She will then be in a position to pick up the pieces, a unifying figure not objectionable to Trump cultists or to the flock of Republicans who when things go downhill will claim they opposed Trump all along. She will be untainted and arguably the most highly credentialed challenger to Trump still within the GOP fold in 2020.

Third, she might prepare to primary fellow South Carolina Republican Sen. Lindsey O. Graham, who is up for reelection in 2020. Because Graham has become the president’s vicious attack dog, he’ll look terrible in hindsight if Trump’s scandals catch up with him. His crazed rhetoric during the Kavanaugh hearings has made him a hero inside the GOP but a laughingstock outside it; depending on how Kavanaugh and Trump fare, Graham’s conduct not only with regard to Kavanaugh but also in slavishly defending Trump may be his undoing.

Fourth, if Trump’s grip on the GOP remains — and his attacks on the rule of law, facts, women and decency continue — she would be an entirely credible member either at the top of or in the No. 2 slot on a center-right independent ticket, especially if the Democrats choose a far-left candidate with limited appeal. Haley-Murkowski? Kasich-Haley, or Haley-Kasich? Haley-Heitkamp? There are oodles of options.