Ramón Peña / En pocas palabras: Posverdad


posverdad2-ke5c-u2178989759mxh-644x483mujerhoyLa mentira, como forma de manipulación de la emoción, el resentimiento y hasta las supersticiones, no es un fenómeno nuevo en la historia política mundial. Sin embargo, hacía falta que se manifestara ostensiblemente en hechos de trascendencia planetaria, como la elección del Presidente de Estados Unidos, o la  intempestiva separación de Gran Bretaña de la Unión Europea, para convertirse en una categoría socio política universal.

El fenómeno ha dado origen a un neologismo, la Posverdad. La Fundación del Español Urgente (Fundeu), esa institución que vigila el buen uso del idioma Español en los medios de comunicación, se ha apresurado a definirla como “Lo relativo a las circunstancias en las que los hechos objetivos influyen menos a la hora de modelar la opinión pública, que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal.”  Ya es un vocablo de moda internacional, en Francés lo llaman post factuelle y en Inglés post-truth.  El Diccionario Oxford lo ha calificado como la palabra del año.

La trascendencia de esta expresión deviene de sus efectos en la vida de los ciudadanos. Concretamente, de su influencia sobre la voluntad de votantes en elecciones y referendos, cuando sus preferencias son manipuladas con embustes y medias verdades para obedecer a lo instintivo, antes que a  la razón y a la lógica.  Afirmaciones del discurso político que no pueden apoyarse en la realidad, pero que predominan 

En nuestro país la posverdad es de vieja data. En 1998 Hugo Chávez convenció a una mayoría– incluida una buena parte de nuestra clase media ilustrada- de que la peor plaga, causante de todas nuestras dificultades, era el sistema democrático de partidos políticos. Sus mentiras germinaron el revanchismo emocional. Ojalá la miseria de toda especie que ha engendrado aquel engaño, haya creado en nuestra sociedad los anticuerpos para no recaer después que concluya la presente pesadilla.