Ricardo Bada: Joseph Roth en sus cartas


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Como soy epistolómano convicto y confeso, que antes de acceder a internet debía andar por encima del millar anual de cartas, y no debo andar por menos de los tres millares de emails anuales, siempre me dio mucho que pensar la desgana epistolar hispanoamericana. Tanta, que Pedro Salinas se sintió obligado a escribir su Defensa de la carta misiva y la correspondencia epistolar, libro –para mi gusto– en exceso retórico.

De todos modos, hay algunos tesoros. Diversas fundaciones han publicado en volúmenes independientes la correspondencia de Manuel de Falla. Vieron también la luz las deliciosas cartas de amor de la Pardo Bazán a su “ratonciño” [Benito Pérez Galdós], y tenemos varios tomos más de correspondencia de Juan Valera, Ramón Pérez de Ayala, Juan Ramón Jiménez, María Zambrano, Luis Cernuda, e incluso el epistolario completo –y a fe mía que bastante exiguo– entre Ortega y Unamuno.

Del otro lado del Atlántico, la cosecha de correspondencia dada a la imprenta nos gratifica con los nombres de Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Porfirio Barba-Jacob, Teresa de la Parra, César Vallejo, José Revueltas, Rosario Castellanos, Juan Rulfo, Macedonio Fernández, los cinco tomos del epistolario de Julio Cortázar y, sobre todo, los dos volúmenes jamás reeditados, que yo sepa, y poco menos que inencontrables, de las cartas de Horacio Quiroga, un mundo (o mejor, un panóptico) estremecedor. Pero, como ven, no es mucho.

En mi biblioteca hay anaqueles enteros dedicados a epistolarios, y los dedos se me vuelven huéspedes en el momento de ir a elegir: Joyce, Huxley, Gramsci, Lawrence (d. h., ça va sans dire!), Groucho Marx, las hijas de Marx (don Carlos, q.e.p.d.), Pavese, Pessoa, Ezra Pound, Václav Havel, Durrell, Henry Miller, Faulkner, Éluard, Croce, Céline, Lewis Carroll, Freud (¡hasta las que escribió en un español macarrónico!, ver ljs 3/xi/2013), Ibsen, Anaïs Nin, Bertrand Russell, Calamity Jones, ¡Flaubert!, ¡¡Van Gogh!!… y podría continuar rellenando espacio con nombres que le dan a la carta una carta de nobleza en la literatura universal.

 

intercambio epistolar

 

Me detendré sólo en un libro que estoy releyendo de manera apasionada: el espléndido volumen con la correspondencia de Joseph Roth, publicado en 1970 por Kiepenheuer & Witsch (la editorial de Heinrich Böll y García Márquez) en esta ciudad de Colonia, de mis culpas y pecados. (Tengo registro de una edición en castellano, Ser amigo mío es funesto: Correspondencia, 1927-1938, hecha por Acantilado en Barcelona 2014, pero no dispongo de la misma y por lo tanto no sé si recoge íntegramente la de Colonia, aunque creo que no, ya que esta comienza dieciséis años antes y termina un año después, según revela su título, Briefe 1911-1939.).

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Son más de seiscientas páginas que no tienen pierde, editadas y prologadas por un amigo personal de Joseph Roth, y excelente escritor por añadidura: Hermann Kesten. A este hombre le debemos eterno agradecimiento quienes amamos la figura y la obra de Roth, porque su epistolario nos lo revela de cuerpo entero y de alma entera, generoso, atrevido, satírico, doliente, brutal a veces, y otras tierno hasta la melaza, magistral casi siempre en su escritura, hasta en las misivas más breves; un hombre y un escritor en una simbiosis indisoluble y a una altura de pensamiento que en raras ocasiones se encuentra en este género.

Aunque luego me ocuparé más en detalle del tema, vaya por delante que el mayor número de sus cartas es el de las dirigidas a Stefan Zweig, así como también son de Stefan Zweig el mayor número de cartas que no son de Joseph Roth en este volumen. Porque esa es otra: Kesten tuvo la feliz idea de imprimir no sólo las cartas de Roth, sino añadir las que se han conservado de entre las que recibió. Es más, incluye algunas en la que Roth sólo es el motivo, como la de Einstein al editor estadunidense de nuestro autor y que no me resisto a traducir:

 

Princeton nj, 24/ii/1935

 

Estimado Sr. Hübsch, le estoy realmente muy agradecido por haberme enviado este libro tan confortante. [Se trata de Job, y continúa Einstein:] Leyéndolo se comparte el dolor por las injusticias y dolores que la ceguera anímica de los tiempos presentes le han infligido a un alma humana clara y bondadosa, y se siente uno sorprendentemente liberado gracias a esa objetividad de la que sólo es capaz el temperamento artístico tocado por la gracia. Le saluda amistosamente, suyo,

A. Einstein.

 

Posdata: Le ruego que haga llegar esta carta al respetado autor, y a usted lo autorizo con mucho gusto para hacer de ella el uso que crea necesario en favor de la difusión del libro.

Valga este hermoso testimonio como botón de muestra de las cartas que no son de Roth en el libro que comento, y traduciré ahora dos fragmentos de sendas cartas suyas a Klaus Mann, el hijo de Thomas Mann y autor del célebre Mephisto. Desde el exilio al que se marchó en 1933, cuando los nazis tomaron el poder, Klaus Mann dirigió Die Sammlung, revista literaria mensual que contaba con el patronato de André Gide, de Aldous Huxley y de su tío Heinrich Mann, y se imprimía y lanzaba desde Ámsterdam, el gran puerto de refugio (con la editorial Querido) para la diáspora publicística alemana.

Pues bien, he aquí entre otras cosas lo que Roth le escribe a Klaus Mann con fecha 12/i/1934. Es un fragmento que selecciono por lo mucho que dice, pero más aún, sin duda alguna, por lo mucho más que deja leer entre líneas:

En el último número de Die Sammlung publica usted un artículo bastante largo (y además bastante sagaz) de Golo Mann sobre Ernst Jünger. Lo considero en extremo adiplomático [En las citas de Roth las cursivas son siempre suyas.] Hay, por así decirlo, una política de la emigración alemana. No nos metamos en la cuestión de la importancia de Jünger. Supuesto el caso de que tuviese alguna –pero según mi opinión es un insensato, un bárbaro y un confuso–, o bien habría que dejar de tomarlo en cuenta, o bien despacharlo con dos frases desdeñosas. En estos tiempos, una revista no está para dedicarse al negocio literario ni a la política literaria. Usted mismo ha demostrado que lo sabe a través de sus juiciosas reseñas de libros. ¿Es que hemos abandonado Alemania para llamar la atención fuera, en todo el mundo, sobre las “interesantes” novedades literarias del bárbaro paganismo? ¿Es necesario hacerlo? Pero hay algo más: la revista de usted se dirige a emigrantes, a literatos, a los guías del amplio público que son enemigos absolutos de la especie Jünger. Usted no solamente los ofende, usted los insulta. Pues todo individuo es presumido y se pregunta, no sin razón, ¿por qué no publican seis páginas acerca de mí? (Apenas necesito decirle que no me cuento en ese número). En otras palabras, se crea usted enemigos innecesarios.

En aquellos lejanos tiempos, el correo tenía una eficacia con la que hoy sólo podemos soñar. La carta de Roth, del 12 de enero, escrita en París, la responde Klaus Mann en Ámsterdam el 14 del mismo mes, y esa respuesta de Mann le merece a Roth, en París, sólo dos días después, el día 16, la siguiente contestación:

Estimado Sr. Klaus Mann, le quedo muy agradecido por su carta del 14/i. Si usted se remite a los comunistas, “emigrantes radicales” como usted los llama, quienes le habrían dicho que su tarea consiste en describir exactamente las cabezas más interesantes del campo enemigo, ese no es un argumento (al menos para mí). Para mí, las cabezas comunistas de los alemanes (de los alemanes, insisto) no son muy distintas de las de los nazis. Independientemente de ello se equivoca usted si cree que Jünger tiene alguna influencia en Alemania. Con prescindencia de todo lo que se podría decir de él, desde mi punto de vista, es humanamente tan honesto que la gente en Alemania siente mucha desconfianza frente a él. Así que no es “políticamente actual” tan interesante como creen los comunistas. En cualquier otra dimensión (como escritor, “pensador” o lo que usted quiera) es una cabeza de chorlito. Pero si no hay dentro del iii Reich una diferencia entre su honradez humana privada y la absoluta falta de honradez (inclusive la humana privada del iii Reich), entonces, para mí y para muchos otros, hay hacia afuera una identidad entre Jünger y Goebbels. Ya sea que por confusión o por necedad haya preparado o apoyado la ideología bestial del nacionalsocialismo, y eso sin dejar de ser un hombre honrado, entonces es de veras ridículo que en una revista de los emigrantes, sus víctimas mediatas e inmediatas, se le dediquen seis páginas, aunque sean desfavorables.

Como dejé dicho, la mayor parte de la correspondencia conservada de Joseph Roth es el intercambio epistolar con Stefan Zweig, quien tenía en la más alta estima posible la obra de su colega, al que consideraba un genio, y no sólo eso, sino además el modelo de lo que debería ser un verdadero creador, al que ayudó de todas las maneras imaginables, también con dinero contante y sonante… si bien a veces, después de anunciarle en alguna carta, como una de julio de 1934, que le va a incluir en el sobre “una pequeñez […] sólo para que esté un par de días sin preocupaciones”, añade luego la siguiente posdata: “No, no incluiré la pequeñez en el sobre, se la envío a Kesten [en cuya casa de Niza se alojaba Roth por aquel entonces] para que él le compre lo más necesario.

Por una carta posterior, de Roth a Zweig, nos enteraremos de que la pequeñez fueron 10 £ (¡de las de 1934!), las cuales Kesten aún no se las ha entregado, y lo comenta con amargo humor: “Pienso que un buen sudario sería una buena inversión.”

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En esa correspondencia con Zweig, llega el momento fatal de la anexión de Austria por Hitler, el ominoso Anschluss del 12/iii/1938, y sobre ambos exiliados se cierne la sombra de un futuro incierto. Stefan Zweig piensa ya en la huida al Brasil, y Roth debe haber pensado también en América (no necesariamente Latinoamérica) como refugio. Registro por ello con carácter de curiosidad este breve párrafo de la última carta que se conserva de las enviadas a Zweig por Roth, fechada el 10/x/1938 en París: “El jefe superior de la policía mexicana me ha escrito espontáneamente. Puedo ganarlo para mi causa. De inmediato. Pues se trata de un viejo oficial austríaco.”

 

En su magnífico prólogo al volumen Briefe 1911-1939, Hermann Kesten se pregunta qué habrá sido de la mayoría de las alrededor de 5 mil cartas que escribió Roth, y comenta, no sin cierta triste ironía, que ese hombre que coleccionaba cuchillos y bastones (en especial bastones con estoque) no se ocupaba en cambio de conservar ni archivar sus cartas, aparte de que tampoco andaba rodeado de libros ni manuscritos: “Escribía una carta comercial, después una de amor, cartas a editores, a colegas o a lectores y a esposas de colegas, a políticos y periodistas, a rabinos y a los hijos de un emperador, a compañeras de cama y a compañeros de exilio, a mecenas y a quienes le escribían suplicando ayuda, a sus primas y al Santo Padre en Roma. Era uno de los más atareados corresponsales.” Pero, dice Kesten: “Hasta donde yo sé, ni siquiera tuvo nunca una cuenta en un Banco.” A lo que añade: “No poseía ejemplares de sus propios libros ni los recortes de las críticas de ellos. Y en cuanto a las novedades que iban apareciendo y le enviaban los editores, con frecuencia las arrojaba defraudado a la papelera después de leer las primeras páginas.”

Del epistolómano infatigable, y afortunadamente recuperado, aunque sólo sea un diez por ciento de su correspondencia total, hay una luminosísima instantánea que nos brinda Kesten: “Muchas veces he estado sentado, ocioso, junto a Roth, y él escribía cartas, una detrás de la otra, con ágil precisión y letra diminuta, sin interrupción, como si escribiese un dictado; un escribiente decidido y tenaz que pesaba cada palabra, cada ocurrencia, cada emoción, con la exactitud de una balanza de orfebre. Y eso sin dejar de escribir a la velocidad instintiva de un buen centroforward.” Dan ganas, de a de veras, de sentarse a una mesa en una terraza, poner la hoja en blanco al lado de la copa de Chardonnay frío, y empezar: “Querido Joseph Roth:”