Ricardo Bada: La mujer de tierra adentro


La isla de Sylt

A Charo & Luis Fayad

Esta historia ya ha sido contada alguna vez, y mucho mejor de lo que nunca pudiera hacerlo yo, por una de las mejores plumas del idioma. Pero también yo quiero contarla, aunque más no sea por rescatar ese momento sereno… y restituir méritos a quien se los merece, y a quien, por mor de la fantasía de aquella pluma que digo, se los quitaron sin razón convincente.

Como ustedes no me conocen, empezaré por decir que soy alguien que tuvo la fortuna de ganarse la vida, desde siempre, haciendo lo que siempre quiso, y todavía quiere hacer: escribir. No, no soy escritor, me quedo en el número de los periodistas. Claro, claro que sí, algún poema se me escapa de vez de en cuando; quiero decir que algún poema me posee de vez en cuando, porque ¿cómo pretender que uno hace poemas?, ¿cómo negar que los poemas nos buscan y nos encuentran? Y claro está que sí, también sí, he hecho una que otra vez mis pinitos de narrador, y hasta me han publicado un libro, que de veras no sé ya si es mío o tan sólo lo soñé.

Para seguir con el cuento, les diré que soy natural de un puerto de mar y que mi infancia, mi juventud, han sido un estado de gracia del que nunca me he repuesto, y que al revés que al buen Anteo, no es el contacto con la tierra, es el contacto con el mar el que me devuelve las fuerzas que malgasto tierra adentro.

Me sucede todo lo contrario que a mi mujer, venida al mundo en un lugar lejano de la mar y que, hasta donde yo sé, vio la mar por primera vez en mi compañía, en esa orilla atlántica que fue mi cuna. Ya ven ustedes lo que son las cosas, y así se teje la tela del azar, que no sé yo si no será un seudónimo del destino cuando le gusta trabajar de incógnito.

En fin, son muchas más las cosas que podría contarles acerca de nuestras personas, si no fuera que ya está contado en esa otra historia a la que me refería en las primeras líneas de mi… ¿cómo lo llamaré?… sí, ajuste de cuentas con la verdad. Ah, que ustedes no conocen esa otra historia… Pues no saben lo que se pierden, porque está bastante mejor contada que este ajuste de cuentas, como yo lo llamo. Sucede que el autor de esa otra narración es un gran amigo mío, un fabulador de pura cepa, y al oír mi relato se lo adueñó con personajes y todo, esto es: con mi mujer y conmigo a bordo, y hasta con mis hijos. Tenemos tres hijos, que en la época en que sucedieron los hechos eran todavía muy pequeños. Mi padre había muerto en mayo, y esa muerte pesaba sobre nosotros como una losa. Porque tanto los niños como mi mujer, y yo ¡y en qué medida!, habíamos quedado trastornados por la desaparición de una de las personas más buenas que han pisado este planeta henchido de maldad.

Vivíamos muy lejos de mi casa paterna. Visitábamos a mis padres una vez al año, y no todos; cuando mi padre murió fue justo en un tiempo en que llevábamos dos años sin vernos. La ausencia irremediable como que se hizo más intolerable, más injusta. Siempre le muerde a uno en estos casos el perro de la rabia, el que se acuerda de cuánto hijo de puta sigue vivo al desaparecer un alma buena. Pero mejor lo dejo, mejor que meta al perro en su caseta y sólo me acuerde de silbarle cuando termine de contar esta historia.

Así pues, mi padre había muerto en mayo, y al llegar la hipócrita fecha de las navidades no nos sentíamos con fuerzas para gozarlas —¡gozarlas!— en compañía de nadie, y como tampoco tenemos vocación de aguafiestas (nunca la tuvimos), mi mujer y yo acordamos irnos a un lugar neutro, distante, aislado, tan aislado que era una isla. Es una isla en el Mar del Norte, una isla que se llama Sylt, palabra que en el viejo y venerable idioma de los frisios significa “sal”.

Quizás, porque no soy narrador y no conozco bien las reglas del juego, aún no les he dicho que vivo en Alemania, desde hace casi… no, más, más de treinta años. Vivo en Colonia, una ciudad que, ya lo dice su nombre, fue colonia: romana, para más señas. Y esa isla de Sylt, cuyo nombre significa “sal”, también es alemana. Está, me repito, en el  Mar del Norte, y tiene la forma de una T con el palito muy corto. Su mitad norte se encuentra frente a las costas de Dinamarca, pero es alemana, y además, en un sentido bien estricto, ni siquiera es isla: está unida al continente por un dique por el  que llega el tren. Sí, es una isla a la que se puede llegar en tren, ya ven ustedes lo que es el progreso.

Retomo el hilo. Mi amiga Rosemarie, compañera de trabajo antes de que unas afortunadas herencias le permitieron mandar al carajo los horarios inclementes de la jornada laboral, compró un apartamento en la capital de la isla, que se llama Westerland, y es un lugar donde durante los veranos no se puede uno escapar a la sensación de hallarse caminando por una página de una de esas revistas que dicen “del corazón”. ¿De qué corazón?  Pero en cambio, en invierno, allí sólo van gente que quieren disfrutar en paz de la soledad y la respiración insomne de la mar, que yo creo que la calumnian al decir que es mala mujer. ¡Por Dios!

Pero me pierdo, y no quiero perderme. Decía que mi amiga Rosemarie había comprado, con sus pingües herencias, un apartamento en Sylt… ya que no les voy a hablar del resto de sus inversiones inmobiliarias, que son todas igual de bien hechas: Ampuriabrava, el Algarve, la Selva Negra. ¡Inversión inmobiliaria (y lo digo cariñosamente), tienes nombre de mujer! Por ejemplo, Rosemarie. Rosemarie me preguntó, allá por octubre, qué me pasaba, por qué andaba yo con esa cara de no haber encerrado al perro en la caseta. Se lo dije. Estuvo un momento pensándolo, con la calma de una mujer de negocios que sabe separar la paja del trigo, y me ofreció su apartamento en Westerland, en la isla de Sylt. “Yo lo alquilo a buen precio los veranos, y hasta fuera de temporada”, me dijo, “pero hay un par de semanas que me lo reservo para uso personal, y entre ellas están las semanas de Navidad y Año Nuevo, vete allí con Diny y los niños, es un apartamento precioso en primera línea de playa, mejor dicho, son en realidad dos apartamentos, uno exterior, primera línea de playa, el otro interior, de cara a la ciudad. Así que vosotros y los niños podéis estar juntos… y separados. Vete con Diny al exterior, hagan vida de familia con los niños en él, y luego que los niños vayan de noche a dormir al interior y vosotros tenéis el exterior, de cara al mar, a vosotros os gusta dormir con la ventana abierta…”.

Y sí, nos fuimos a Sylt, ocho horas de tren desde Colonia, un compartimento del tren para nosotros, y el desfilar de las estaciones: Düsseldorf, Duisburgo, Münster, Osnabrück, Bielefeld, Bremen, Hamburgo estación principal, y yo diciéndole a los niños “Asomarse a las ventanillas, ahora viene el Alster, que hasta algunos hamburgueses creen que es un lago, y hasta Bernardo Atxaga lo cree y lo va a escribir algún día en un cuento, pero no es un lago, es un ensanchamiento del Alster, que es un río…, y vais a ver veleros y cisnes y patos y cientos de gaviotas…, y luego Hamburgo Dammtor, la Feria, y luego Hamburgo Altona, que hasta hace un par de decenios seguía siendo Dinamarca, y ahí está el museo de mascarones de proa más bonito del mundo, que un día os voy a llevar a que lo veáis… y aquí para el tren lo suficiente como para bajar y comprar periódicos y salchichas y latas de refresco, aunque mamá se enoje de pura preocupación de puro saber que papá saltará adentro del tren cargado de periódicos y revistas y salchichas y latas de refresco con el último pitido del silbato del jefe de estación”, “Pero la verdad es que este cabrón jamás ha perdido un tren en su puta vida, no sé cómo hace, parece que los trenes lo esperan, indefensos frente a la absoluta seguridad de vuestro padre de que ningún amigo tren lo va a dejar en tierra…”.

¿Se dan cuenta? Lo estoy contando así, para que no les resulte muy cansino, pero yo estaba entretanto persiguiendo la loca fantasía de que mi padre no había muerto, de que, por no sé qué milagro —si es que hubiese que calificarlo de milagro, cuando en realidad no sería nada más que regalo de Reyes y de veras merecido para todos, niños y adultos—, mi padre iba a estar esperándonos en Westerland, en la isla de Sylt, con su risa que heredó la más pequeña, y su frente fruncida que heredó mi muchacho, y la inteligencia de su corazón que heredó la mayor, ay, sí, nos iba a estar esperando en la estación de Westerland, después de que el  tren hubiese salido de Hamburgo Altona, conmigo a bordo luego de haber saltado a él casi en marcha, después de que el tren recorriese la costa occidental de Schlesvig–Holstein, pasando por encima del canal que une el Mar del Norte con el Báltico, dejando atrás la ciudad de Husum que asocio siempre con el jinete del caballo blanco y sus fantasmales cabalgadas por la cresta de los diques, metiéndonos por último en el dique del ferrocarril que se mete en el mar y nos lleva hasta Sylt, allí donde, claro está, en la estación de Westerland, no nos esperaba una de las personas más buenas que ha parido madre. Pero ya les dije que era tan sólo una de mis locas fantasías. Y la realidad era una ciudad donde se hacía noche a primera hora de la tarde y soplaba el viento y se oía sin tregua la respiración insomne de la mar.

Era una gloria estar allí, juntos, sin nada que nos recordase la pérdida sufrida… a no ser la perseverante memoria; pero nos la callábamos ella a mí, yo a ella, los niños a nosotros, nosotros a los niños, los niños entre sí. Cada palo aguantaba su vela, y la metáfora se volvía realidad cuando seguíamos al pie de la letra las instrucciones higienistas de la medicina balnearia: salimos ya el primer día a la playa, uno de nosotros ensalivó un dedo, lo alzó en el aire y dijo que el viento soplaba del Norte, así que nos pusimos en marcha contra el viento, media hora, y regresar; y al segundo día una hora, y regresar, y así sucesivamente aumentando cada día media hora la caminata contra el viento y el regreso con el viento a nuestro favor, hasta llegar al límite de tres horas de ida y bastante menos de vuelta, porque el viento pegaba de firme en esa orilla desguarnecida y la caminata con él en contra despertaba el hambre y azuzaba el paso hasta el departamento.

Un segundo paseo lo hacíamos por la ciudad o tomando el autobús y bajándonos en medio de alguna marisma, buscando la cabecera de un dique y caminándolo hasta su término en algún pueblecito de pescadores que parecía hecho por encargo de los fabricantes de tarjetas postales. Y así fue como descubrimos uno de los cementerios más recoletos y bellos de mi extensa colección de cementerios.

Porque esto es algo que no les conté todavía, insisto en que por desconocimiento de las reglas del juego narrativo, o a lo mejor tan sólo porque mi colección de cementerios recién tenía que ser mencionada al recordar aquél poste con flecha que decía Heimatstätte für Heimatlose, y nos preguntamos con la mirada qué hogares serían aquellos y para cuáles sinhogar, y al abrir la puerta de madera pintada de blanco al final del callejón nos encontramos con un camposanto cubierto de nieve en el que brotaban las cruces donde sólo se mencionaba un lugar y una fecha, el nombre de la playa y el día en que se descubrió un cadáver devuelto a tierra por el insomne y tumultuoso Mar del Norte, que la gente de la Frisia, cuando suena la hora de la tormenta, lo nombra der blanke Hans, Juan el centelleante, como si quisieran acalmarlo con un piropo. Una paz indecible la de aquél cementerio chiquito y cuidado con amor, o quién sabe si por un hondo miedo que se exorcizaba atendiendo con mimo las tumbas de aquellos desconocidos, de aquellos Jonás devueltos muertos y anónimos por la ballena cuyo respirar acezante era imposible dejar de oír y que era dueña y señora de todo lo que abarcaba nuestra vista mar adentro.

De regreso a casa brindé por las almas de los despatriados con un buen trago del mejor trago de esas islas, bautizado en buena hora como Fariseo: café caliente y ron a partes iguales, con azúcar y una pizca de sal, en taza alta de porcelana de la que sobresale el penacho de una nata batida espesa, casi con la consistencia del merengue. ¡Cómo guiñan los ojos cómplices de quienes en las otras mesas apuran a lentos y gozosos sorbos el brebaje farisaico por esencia! Algún guiño me recordó tal vez el de mi padre, que reía con los ojos semicerrados y se le saltaban las lágrimas, como a mí con el fariseo casi en los labios, al recordar su risa. Ya ven ustedes en lo que se han metido, en un berenjenal de recuerdos íntimos, cuando lo mejor que habrían podido hacer es seguir mi consejo tácito del principio y leer esta historia como ya fue contada antes (y mucho mejor de lo que pudiera hacerlo yo, les advertí, y el que avisa no es traidor) por una de las mejores plumas del idioma. La cual me atribuye que en la noche de autos, puesto que es hora de que lleguemos a lo que quiero restituir a su verdad histórica, yo estaba bien sesudo y docto escribiéndole una carta nada menos que a Jorge Luis Borges, rectificando un error cronológico del único de sus cuentos que incluye un instante erótico, y es claro que se trata de “Emma Zunz”, y es cierto que sí detecté en una hora de musarañas que en ese cuento hay un error cronológico, un jueves 14 de enero de 1922 según Borges, pero que el calendario universal (que miente menos que Borges) asevera que es un sábado; sí, pero eso fue años antes de Westerland y nunca se lo escribí a Borges, se lo conté de viva voz el día que charlamos hasta el cansancio en su hotel de Stuttgart y en la casa de Ernst Jünger la tarde del mismo día. No, la noche de autos yo no le estaba escribiendo ninguna carta al viejo Borges, más bien estaba llamando por teléfono a mi hermano porque era el 28 de diciembre y mi hermano cumplía años y aunque nuestro padre había muerto se tenían que seguir cumpliendo los ritos y uno de los ritos era decir “Mira tú que inocente salió éste… ” o “Mira la inocentada que le gastó la cigüeña a tu pobre madre”.

Este 28 de diciembre era la Degollación de Santos Inocentes más fieramente fría que me ha tocado vivir en todos los días de mi andar por el mundo. Miraba el ventanal del balcón, que jamás hemos cerrado por muchos grados bajo cero que hubiese afuera, y trataba de imaginar lo que estarían pasando en ese momento los marinos que surcaran allá lejos e invisibles el reino inhóspito y clamoroso de Juan el Centelleante, y lo que sería halar de las redes, en medio del implacable frío, los pescadores que habrían salido aquella noche de Husum para traernos mañana los camarones color siena del Mar del Norte, los rodaballos que se le escaparon a Günter Grass del pupitre en que escribe de pie frente a un grabado de Goya, las acedías que traen en su carne gustosa la savia de ese Juan el Centelleante. Era para tiritar de tan sólo pensarlo, de manera que el remedio, no siendo ya horas para montarse un buen Fariseo, y no habiendo testigos a la vista, pues toda la familia dormía, y además toda la familia sabe de mi afición al agua de la vida, que es el auténtico nombre escocés del whisky… el remedio, ¿tendré que decirlo?, era tomarse un dedo —horizontal, sí señor, que no es cosa de abusar—, un buen dedo —horizontal, pero pulgar— de buen whisky. Y dormir.

Sólo que dormir, esa noche de autos, fue cosa de pocas horas. De pronto, en el corazón de la noche, me despierto con la sensación de que ha pasado algo, ha pasado algo que me desvela sin remisión y que no sé lo que es, no consigo adivinarlo mientras me restriego los ojos y me pregunto por qué carajo estoy ahora mismo tan despabilado como si fuese mediodía y un servidor en pleno uso de sus facultades. ¿Qué pasa? La sensación de que algo raro pasa se obstina en ser más fuerte que la posibilidad de que, dormido, esté soñando que estoy despierto.

Y entonces ¿qué es lo que puede haber pasado? ¿una colilla mal apagada que anda provocando uno de esos incendios que se fraguan lentos, algún plato del horno de la cocina que hemos olvidado apagar, un ladrón que se ha colado sin hacer ruido en el apartamento… a lo mejor uno de los niños que tirita también despierto en el apartamento al otro lado del pasillo y que no se atreve a venir al nuestro para decirnos que no puede dormir y que recuerda al abuelo que lo hacía cabalgar sobre sus rodillas y le preguntaba que si quería que le contase el cuento de la buena pipa y cuando el niño decía que sí el abuelo respondía que no quiero que me digas ni que sí ni que no sino que si quieres que te cuente el cuento de la buena pipa?  La puta que lo parió, estoy otra vez al borde mismo de las lágrimas, vamos, fuera de la cama, no hay colillas humeantes ni fraguadoras de incendios que se incuban lentos, la cocina está apagada, los ladrones piensan en sus camas en cómo hacerse políticos para seguir su profesión sin tanto riesgo, atravieso el pasillo, todo a oscuras, todo sin hacer ruido para no despertar a Diny, los niños duermen y por Dios que hasta ronca alguno de ellos, regreso de puntillas, me oriento bien en la oscuridad donde sólo emergen tenues islas de bulto intuído más que vislumbrado, las sillas, la mesa, la cama. Pero sé que no voy a dormir, que no puedo dormir, que no lograré dormir hasta que no sepa qué es lo que ha pasado, porque éso sí lo sé con toda la seguridad desconsolada que me posee: algo raro ha pasado.

Y con todo el sigilo del ladrón que no ha entrado en nuestro departamento, me sirvo un dedo —horizontal, pero dedo pulgar— de whisky, prendo un cigarrillo, fumo y bebo a lentos sorbos en esa oscuridad densa como aceite donde resido sabiendo que ha pasado algo que no sé lo que es. Y luego prendo un segundo cigarrillo (no sé ya si acompañado de otro dedo bien digitado de whisky), hasta que, sin quererlo, juro por Dios que sin quererlo, provoco lo que he estado tratando de evitar todo el tiempo, y es que Diny se despierta y siente vacío mi lado de la cama y se incorpora y ve en la densa oscuridad la lumbre de mi cigarrillo y hasta puede que una chispa de oro escocés en el fondo del vaso que tengo en la mano. “¿Qué pasa, que haces levantado a estas horas?” “No sé lo que pasa, pero no puedo dormir, me he despertado de repente, algo ha pasado pero no sé qué es”. Y Diny se levanta de la cama, sacude la cabeza, quizá supone que me sigue persiguiendo el recuerdo de todas las conversaciones que no tuve con mi padre, pero no, de pronto se yergue y dice con la inviolable certeza de quienes saben que dicen la pura verdad: “Ya sé lo que pasa”. Ese es el momento que quise recuperar y que creo que rescato para quienes hayan tenido la paciencia de seguir leyéndome: el momento en que la mujer de tierra adentro pasa al lado del hombre nacido a la orilla del Atlántico y de su respiración insomne, y llega a la puerta del balcón, la abre de par en par, entra descalza en la terraza cubierta de nieve y mira dentro de la noche, extiende el brazo hacia Juan el Centelleante y me dice: “Mira lo que pasa”. Y yo me levanto todavía con el vaso de whisky en una mano y el cigarrillo en la otra, salgo también al balcón y lo veo: el Mar del Norte se ha congelado.

Lo que me despertó fue su silencio.

 

Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.