Sadio Garavini di Turno: Arístides Calvani y Centroamérica


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En la convulsa Centroamérica de los años ’70 y ’80 del siglo pasado, caracterizada por dictaduras, guerrillas, guerras civiles y violaciones masivas de los derechos humanos, Arístides Calvani, como Canciller de Venezuela durante el primer gobierno de Rafael Caldera cumplió, en el marco del respeto del Derecho Internacional, con el mandato de la Constitución venezolana de 1961 de “sustentar el orden democrático como único e irrenunciable medio de asegurar los derechos y la dignidad de los ciudadanos, y favorecer pacíficamente su extensión a todos los pueblos de la tierra”. Posteriormente como Secretario General de la Organización Demócrata Cristiana de América (ODCA), trabajó intensamente por la democratización de Centroamérica, no sólo con los partidos de inspiración socialcristiana, sino con todos los partidos y grupos democráticos y puso un especial énfasis en relacionarse con los grupos y sectores no tan democráticos. En efecto Calvani creía que para establecer la democracia en América Central había que empezar por democratizar a los no demócratas.

Durante la década de los ’70, a raíz del marcado retroceso de la democracia latinoamericana, se generalizó un pesado pesimismo sobre las posibilidades democráticas de América Latina en vastos sectores de la opinión pública supuestamente informada, tanto en Europa como en Estados Unidos. Esta percepción se asentaba, y se asienta todavía, en buena parte, sobre un profundo “etnocentrismo” cultural y, a veces, en una crasa ignorancia de la realidad política y socioeconómica del subcontinente. En el marco de esta visión, la democracia en América Latina era poco menos que imposible. Los casos de Costa Rica, Colombia y de la Venezuela de entonces eran simplemente ignorados o interpretados como la clásica excepción que confirma la regla. Curiosamente, en plena Guerra Fría, tanto la derecha como la izquierda de los países desarrollados coincidían en esta especie de escepticismo bipolar, obviamente por diferentes razones. La derecha consideraba que los países latinoamericanos eran sociedades “inorgánicas”, todavía no aptas para el gobierno democrático y que necesitaban de una larga dosis de autoritarismo, que garantizara el orden y la estabilidad necesarios para acometer el difícil proceso de “modernización”. Además los “gendarmes necesarios” eran generalmente, buenos amigos del gobierno norteamericano. Las izquierdas, “liberal” estadounidense y “progresista” europea y latinoamericana, estaban convencidas de que los altos niveles de pobreza crítica y las desigualdades socioeconómicas en la mayoría de los países latinoamericanos impedían el funcionamiento de un régimen democrático y que las requeridas y profundas transformaciones del orden social y económico implicaban necesariamente un período de autoritarismo “revolucionario”, e.g. los sandinistas en Nicaragua, para contrarrestar la oposición de los sectores dominantes.

Desgraciadamente, estas “castrantes” visiones se reflejan en el común interés que, en América Latina y en particular en Centroamérica, han tenido tanto los sectores “trogloditas” como los de extrema izquierda, en tratar de aniquilar, política y/o físicamente, a los dirigentes de los partidos democráticos, para reforzar esa falsa idea de la inexistencia de alternativas entre el autoritarismo reaccionario y el totalitarismo ideocrático “revolucionario”.

Arístides Calvani se opuso firmemente a la lógica perversa de estos opuestos extremismos, que como todos los extremos tienden a “tocarse”; creyó y luchó por el inicio del proceso democrático en Centro América. Calvani fue el abanderado de la tolerancia, del diálogo, de la negociación política, de la necesaria “civilización”, en todos los sentidos de la palabra, de la lucha política, en el período más violento del conflicto sociopolítico en el istmo centroamericano.

En el marco de la “guerra Fría”, el sandinismo, así como las guerrillas marxistas en el Salvador y Guatemala, obtuvieron el apoyo de Cuba y la Unión Soviética, pero también de la izquierda socialdemócrata europea y latinoamericana, recordemos a este respecto la declaración Mitterand-López Portillo de agosto de 1981. El gobierno Reagan apoyaba obviamente a los gobiernos, generalmente militares de derecha, que se enfrentaban a las guerrillas marxistas y financió a la guerrilla anticomunista de la Contra en Nicaragua. La Democracia Cristiana latinoamericana y europea en cambio, orientada por Arístides Calvani, como Secretario General de la Organización Demócrata Cristiana de America (ODCA) fomentó la exitosa democratización de Centroamérica. Calvani y el gobierno del Presidente Luis Herrera Campíns contribuyeron a convencer al gobierno mexicano del Presidente De la Madrid de abandonar el apoyo irrestricto al sandinismo y las guerrillas marxistas y buscar una salida negociada al conflicto centroamericano, a través del proceso negociador que se inició en 1983 con el Grupo Contadora integrado también por Colombia y Panamá y prosiguió con el proceso de Esquipulas en 1987, por iniciativa del primer Presidente democrático guatemalteco Vinicio Cerezo.

Calvani fue una pieza clave en la solución del conflicto entre El Salvador y Honduras de 1969, la llamada “Guerra del futbol”. En Nicaragua, primero como Canciller y después como Secretario General de ODCA, apoyó a los demócratas tanto ante el gobierno somocista como ante el de los sandinistas. En sus visitas al país no se amoldaba a la voluntad de los gobernantes de turno y contactaba a los adversarios del régimen. En sus numerosas reuniones con los sandinistas argumentó siempre en favor del camino democrático. En Costa Rica fue factor fundamental en la firma de Pacto de Ojo de Agua del 30 de enero de 1976, donde diversos partidos formaron la Coalición Unidad, que posteriormente se transformó en el partido Unidad Socialcristiana que llevó a la presidencia a Rodrigo Carazo Odio, Rafael Ángel Calderón, Miguel Ángel Rodriguez y Abel Pacheco.

En El Salvador luchó para terminar el conflicto armado interno y apoyó el inicio de la transición hacia la democracia con la presidencia de uno de sus alumnos, el Presidente Napoleón Duarte, defendiéndolo, en los foros internacionales, contra los ataques tanto de la derecha como de la izquierda. En Guatemala trabajó intensamente, aun en los tiempos de la mayor represión de las dictaduras militares por la democratización del país, a través del fomento de la comunicación y el diálogo entre los dirigentes políticos de los diferentes partidos de izquierda, derecha y centro. Es importante destacar que el establecimiento de la democracia se inició en Guatemala en 1986, con la Presidencia de Vinicio Cerezo, otro alumno del Doctor Calvani. Es justo recordar también que el esfuerzo democratizador de la ODCA en Centroamérica coincidió y se coordinó con el trabajo de formación política que desplegó la Fundación Konrad Adenauer en la región.

Para Calvani, la democracia es el sistema político éticamente superior porque está basado en la centralidad y dignidad de la persona humana como ser libre y responsable de sus actos. Es el sistema más abierto hacia su entorno, que permite con más facilidad la autocorrección y que, por tanto, tiene mayor capacidad de adaptación frente al acelerado ritmo de cambio característico de la “aldea global”. Al permitir el reemplazo incruento y legítimo de los gobernantes, tiende a asegurar una estabi1idad civilizada. Calvani concebía a la democracia como un proceso continuo de democratización. Al respecto, nos decía:” la democracia hay que establecerla donde no la hay, hay que consolidarla donde ya se ha establecido, y hay que perfeccionarla cuando ya se ha consolidado”. La democracia, por tanto, ni es ni será nunca perfecta, pero siempre será perfectible. No es el paraíso terrenal, el “reino feliz de los tiempos finales”, la milenarista “edad del oro” al final de la historia, donde se solucionan todos los problemas, sino simple y humildemente, la mejor forma que la humanidad civilizada ha encontrado para convivir políticamente y tratar de buscar, entre todos y sin matarnos, la solución a los problemas de la sociedad, una sociedad, como decía Calvani, que está al servicio del hombre y no el hombre al servicio de la sociedad.

Gobernar en democracia es difícil. No basta con saber lo que se quiere, decidir y actuar oportunamente. Hay que aprender a convencer, persuadir y corresponsabilizar. Aceptar que la democracia se adapta al cambio gradual e incremental y rechaza el cambio total y violento. Nos decía Reinhold Niebuhr, quizás con una pizca de excesivo escepticismo: “la democracia es un método para encontrar soluciones aproximadas a problemas insolubles”.

Los derechos humanos, el autogobierno y la noción de un orden político verdaderamente pluralista se han convertido en verdaderas aspiraciones de la humanidad. Los países que han logrado combinar la democracia política, el Estado de derecho y la economía social de mercado son los países que más han reducido la desigualdad económica, han hecho desaparecer, prácticamente, la desigualdad de status y han logrado mantener un alto grado de libertad, controlando y limitando el poder del Estado, a través de la ley. Como decía Cicerón: “legum servi sumus ut liberi esse possimus” (somos siervos de las leyes para que podamos ser libres). El antiguo debate de filosofía política entre el gobierno de las leyes y el gobierno de los hombres, fue magistralmente sintetizado por el gran politólogo italiano Norberto Bobbio de la siguiente manera: ”Buen gobierno es aquél en el cual los gobernantes son buenos porque gobiernan respetando las leyes o es aquél en el cual hay leyes buenas porque los gobernantes son sabios”, ha sido ganado por el Estado de derecho. Ya no hay duda que el buen gobierno es el gobierno regido por leyes generales y abstractas que reducen el privilegio, la discriminación y sobretodo la arbitrariedad. En la actualidad, las naciones civilizadas de la tierra se caracterizan por vivir bajo el imperio de la ley y no de la voluntad del gobernante de turno, que aunque fuese ilustrada, si no está sometida a la ley, siempre es arbitraria. La humilde democracia posible no resiste la comparación con la visión deontológica de la democracia, la “ciudad ideal” perfecta. La mayoría de sus enemigos, conscientes o inconscientes, de mala o de buena fe, son aquéllos que desacreditan y desprestigian la democracia cotidiana, imperfecta y gris, con la crítica destructiva y antidemocrática, basada en un maximalismo, que la compara con una supuestamente factible democracia utópica que, insultando nuestra inteligencia, llaman democracia “real“. La necesaria crítica a la democracia debe ser una crítica constructiva y por tanto democrática, que, aprovechando su perfectibilidad, busca aumentar la “democraticidad” de la democracia. El intelectual venezolano Joaquín Marta Sosa, refiriéndose a la democracia nos dice: “Ni paraíso perdido ni extraviado. Tarea terrestre de seres humanos, llenos de condicionamientos, de necesidades y de expectativas, pero imposibilitados, por fortuna, de parir perfecciones.” Y como nos recuerda Ernesto Sabato, en una magnífica paráfrasis de una idea de Pascal: “No pidamos demasiado el ángel al hombre porque aparecerá la bestia.”

Tanto en el ámbito internacional como en el interno Calvani propugnaba el pluralismo ideológico, por tanto fomentaba una cultura del diálogo, de la comunicación, la tolerancia y la negociación. Creía que es posible negociar sobre asuntos prácticos y concretos, sin estar necesariamente de acuerdo con los principios y valores del adversario. La negociación es un proceso de decisión interdependiente, en la cual los resultados para cada parte dependen no sólo de su propia acción sino de lo que haga, deje de hacer o se piense que haga el “otro”. En el ámbito internacional, podríamos afirmar, parafraseando al Papa Pablo VI, que la negociación es el otro nombre de la paz. A nivel interno, la negociación es uno de los instrumentos fundamentales para enfrentar con éxito el desafío de la necesaria modernización socio-política, económica y organizacional y es un mecanismo eficiente para solucionar, sin matarnos, los conflictos de intereses que acarrean profundos y necesarios cambios. En efecto, en la política democrática y pluralista, no hay enemigos que destruir sino adversarios a superar. Como decía Manuel García Pelayo, la política en democracia es agonal y no existencial. Desgraciadamente, en la cultura iberoamericana, el tradicional autoritarismo hispano-árabe-indígena, simbolizado en la trilogía funesta “caudillo-jefe-cacique”, ha dado a la negociación una connotación despectiva, que tiende a confundirla con la componenda y el chantaje. En el ámbito interno, podríamos afirmar que la negociación es el otro nombre de la democracia. A largo plazo, sin negociación no hay paz y sin paz no hay desarrollo, sólo distribución desigual de la miseria.

El concepto de utopía ha tenido y tiene diferentes significados. Aun desde el punto de vista filológico, existen dos vertientes; la mayoritaria afirma que el neologismo, creado por Santo Tomás Moro, provenía del griego “u-topos”, ningún lugar, lugar inexistente, sin embargo hay quienes afirman que es una contracción de “eu-topos”, lugar feliz. Karl Mannheim en su influyente libro “Ideología y Utopía” , utilizó, arbitrariamente, la palabra utopía para describir las ideologías revolucionarias, que tienen como objetivo transformar radicalmente el orden existente y reservó la palabra ideología, para las ideologías conservadoras. Con el auge intelectual del marxismo, la utopía pierde la connotación original de algo inexistente, imposible, inalcanzable y se transforma en una verdad prematura, en algo posible, en la “ciudad ideal”, realizable en este mundo. La idea contemporánea de utopía implica siempre la creencia de que es alcanzable una condición definitiva e insuperable, donde no haya nada más que corregir y mejorar, sugiere la idea de una solución final del destino de la humanidad, una satisfacción perfecta de las necesidades humanas. Esta fe en la posibilidad de recrear el “jardín del Edén” ha sido un mito recurrente en la historia, que ha tenido una capacidad movilizadora impresionante y aterradora en la especie humana. En nombre de la fraternidad humana perpetua y perfecta del porvenir, todo está permitido, todo es justificable. El camino hacia el paraíso terrenal está empedrado con los huesos de millones de víctimas. Todo intento de alcanzar este “reino feliz de los tiempos finales”, nos dice Leszek Kolakowski que “está condenado a producir una sociedad altamente despótica que, para simular la imposible perfección, asfixiará la expresión del conflicto y así destruirá la vida de la cultura por coerción totalitaria”.

El derrumbe de la utopía comunista ha desatado la crisis del pensamiento utópico en general. Esta crisis de la mentalidad utópica, que algunos, hiperbólicamente, llaman la muerte de la utopía, sería un fenómeno positivo, desde un punto de vista antitotalitario. Sin embargo, también es excesivamente fácil utilizar todos los razonamientos antiutópicos para justificar la opresión y la injusticia. Por siglos, la imperfección y la maldad, intrínsecas en la naturaleza humana, no sólo han sido argumentos para enfrentar las delirantes utopías totalitarias, sino que han servido a los reaccionarios para oponerse a toda reforma social y al establecimiento de la democracia. El debilitamiento de la utopía ha fortalecido el escepticismo. Utopía y escepticismo son dos formas de orientarse en el mundo e interpretar ese mismo mundo. Ambas son necesarias, creemos con Kolakowski que “los dos tipos de mentalidad – la escéptica y la utópica – sobrevivirán separadamente, en inevitable conflicto. Y necesitamos su precaria coexistencia; ambos son importantes para nuestra supervivencia cultural. La victoria de los sueños utópicos nos conduciría a una pesadilla totalitaria y al absoluto derrumbe de la civilización, en tanto que el dominio indisputado del espíritu escéptico nos condenaría a un estancamiento sin esperanza…” Frente al derrumbe actual de la utopía, hay que recuperar la esperanza en un mundo mejor y en el hombre, nunca perfecto, pero siempre perfectible, en su capacidad de superar al egoísmo, la codicia, la ambición de poder, a través del amor, la amistad, la fraternidad y el sacrificio. Entre el utopismo y el escepticismo está la alternativa de un sano realismo, “in medio stat virtus”, nos dirían dos voces sensatas del pasado: Aristóteles y Santo Tomás de Aquino. A este respecto, Calvani nos decía a sus alumnos que para los humanistas cristianos la utopía era un ideal histórico que como un faro sirve para iluminar el camino a los navegantes y no para llegar hasta el mismo, porque en ese caso nos estrellaríamos y hundiríamos.

“El socialismo no sólo no creó riqueza, sino ni siquiera distribuyó con justicia la pobreza”. Esta frase del dirigente polaco Bronislaw Geremek explica, en buena parte, el colapso del sistema colectivista de los países del desaparecido Segundo Mundo y el estruendoso fracaso del modelo de desarrollo estatizante y proteccionista adoptado en gran parte del mal llamado Tercer Mundo. Por tanto, en la actualidad, el verdadero debate económico, en los sectores pensantes del mundo avanzado, se limita debatir sobre las diferentes variantes de la economía de mercado. Ahora bien, tanto la vertiente más neoliberal norteamericana como la economía social de mercado europea son capaces de aprovechar la eficiencia del mercado en la producción de riqueza, la diferencia estriba en la distribución del bienestar apoyado en esa riqueza. Calvani, como demócrata cristiano, estaba evidentemente más cerca de la “soziale marktwirtschaft” alemana que del   modelo neoliberal anglosajón; en efecto, la economía social de mercado ha logrado conciliar, de una forma más aceptable, la eficiencia económica con la solidaridad y la justicia social. Se acerca más a lo que Juan Pablo II, en la “Centesimus Annus”, define como “una economía social que oriente el funcionamiento del mercado hacia el bien común”.

Al inicio del III milenio de la era cristiana, todos los países política, social y económicamente avanzados son democracias, Estados de derecho     y economías de mercado. Por tanto, cualquier latinoamericano, en buena fe, “alfabeta”, más o menos informado y que no adolezca de ceguera ideológica, debería comprender, con relativa facilidad, que la democracia, el Estado de derecho y la economía de mercado son las metas que debemos alcanzar en la vía hacia el desarrollo. No hay mucho que inventar, (el antiguo apotegma bíblico: “nihil novum sub sole” es, en buena parte, cierto) pero sí mucho que trabajar, con, disciplina, ahorro, organización, sentido y valoración del tiempo, educación, tecnología y sacrificio, “inter alia”. No hay atajos, la violencia no es la partera de la Historia sino vulgar procreadora de países abortados o retrasados. La “tabula rasa” de nuestros revolucionarios de zarzuela es un mito destructivo del esfuerzo de generaciones. En el largo camino del desarrollo, no hay héroes providenciales, sólo   dirigentes adecuados y políticas públicas sensatas.

La democracia y el mercado vencieron la gran batalla del Siglo XX, frente al totalitarismo y al colectivismo. Sin embargo, la lucha contra la injusticia y la miseria continúa. La democracia, como nos recuerda Octavio Paz: “no es un absoluto ni un proyecto sobre el futuro: es un método de convivencia civilizada.” Es un mecanismo imperfecto. También el mercado es apenas un mecanismo imperfecto. Un mecanismo que ha demostrado su eficacia y su evidente superioridad en la creación de riqueza sobre el colectivismo comunista y el estatismo tercermundista. Sin embargo, el mercado como todo mecanismo es ciego, crea riqueza pero la reparte con indiferencia, produciendo zonas y sectores de abundancia y de miseria. Para colmo, como decía Karl Popper, “los mercados libres no funcionan muy libremente si se les deja libres”. Además de generar desigualdad e injusticia, el mercado es inestable, es sacudido por recurrentes crisis, desastres financieros y quiebras. El mercado es un verdadero y necesario motor de la historia, promotor del cambio y la innovación tecnológica, pero también es el creador de gran parte de la angustia psicológica, que deriva de la inseguridad y de la incertidumbre que lo caracterizan. El mercado es un devastador productor de despilfarro y de desperdicios. El mercado está formando una humanidad “novólatra y cuantofrénica” que, como el hombre necio de Antonio Machado, confunde valor y precio. Una sociedad vulgarmente conformista, que está pendiente de la última imbecilidad, que sale de la boca de alguna estrellita de cine. El afán de lucro desenfrenado está fomentando un barato hedonismo materialista y un desatado individualismo egoísta, una sociedad que lee basura, una “videocracia” que se enriquece por la inagotable estupidez humana. Juan Pablo II, en su “Centesimus Annus”, reconoce claramente la positiva utilidad del mercado, pero al mismo tiempo indica que debe estar orientado hacia el bien común y, por ende, “controlado oportunamente por las fuerzas sociales y por el Estado, de manera que se garantice la satisfacción de las exigencias”.

A Calvani le escuché, hace ya más de cuatro décadas, mencionar unas ideas, que posteriormente manejaron Octavio Paz y algo más recientemente Jacques Attali, en su libro Fraternidades. Se trata, en síntesis, de la fructífera relación entre las tres palabras cardinales de la democracia moderna: libertad, igualdad y fraternidad. El liberalismo pone el acento sobre la libertad, que, aislada, produce y profundiza la desigualdad, que crea las condiciones para la tiranía. El socialismo hace hincapié en la igualdad, pero tiende a oprimir la libertad, transformando la misma igualdad en una farsa grotesca en la cual, como bien decía Orwell: “todos los animales son iguales, pero hay algunos que son más iguales que otros”. Para Calvani, Paz y Attali, la palabra clave y central de la tríada es la fraternidad. Clara herencia del cristianismo, su otro nombre sería solidaridad. Es la virtud en la cual se enlazan las otras dos. Es el nexo que las comunica, las humaniza y las armoniza. En las palabras inmejorables de Octavio Paz: “El único puente que puede reconciliar a estas dos hermanas enemigas – un puente hecho de brazos enlazados – es la fraternidad. Sobre esta humilde y simple evidencia podría fundarse, en los días que vienen, una nueva filosofía política. Sólo la fraternidad puede disipar la pesadilla circular del mercado… Sin la fraternidad, la democracia se extravía en el nihilismo de la relatividad, antesala de la vida anónima de las sociedades modernas, trampa de la nada.”

El liberalismo y el socialismo fueron los grandes interlocutores del debate político, en los siglos XIX y XX, ahora el debate y sus interlocutores están agotados. Quizás, en el siglo XXI, la respuesta esté en la síntesis fecunda de esos dos “hijos pródigos” de la tradición cristiana, a través de la virtud de la fraternidad.

El 18 de enero de 1986, un día antes de cumplir 68 años, Calvani, su esposa Adelita, luchadora social y ex alcaldesa de Caracas, dos de sus hijas Graciela y Marielena, junto con otras 92 personas, encontraron el fin de su vida terrenal al estrellarse un avión en la selva guatemalteca, a escasos metros del lago de Petén Itzá, no muy lejos del mítico Tikal. Como Embajador de Venezuela en Guatemala (1990-1997), tuve el honor de acompañar la noble iniciativa del Presidente guatemalteco Ramiro de León Carpio, que había perdido un primo muy querido en ese accidente, acogida con entusiasmo por el Presidente venezolano Rafael Caldera y el siguiente Presidente guatemalteco Alvaro Arzú de colaborar para convertir 104 hectáreas, aproximadamente, que rodean el trágico paraje, en un parque ecológico-conmemorativo, con el nombre de Arístides y Adelita Calvani. En el propio lugar del accidente se erigió un monumento-capilla, obra del arquitecto guatemalteco Augusto De la Riva, que contiene un altorrelieve en bronce del escultor venezolano Manuel De La Fuente. Los Presidentes Caldera y Arzú, inauguraron el Parque el 8 de febrero de 1997, con la presencia de los ex Presidentes de Guatemala De León Carpio y Cerezo. Calvani había viajado a Guatemala para asistir a la toma de posesión del Presidente Cerezo. Al respecto el Presidente Arzú en su discurso en la inauguración del parque mencionó que “Calvani había venido para el traspaso de poderes que marcó el rumbo de nuestra reconstitución democrática actual. Pero reflexionando en los inescrutables designios del Supremo Creador, podemos pensar que también la muerte en nuestro suelo de ese insigne estadista, político y académico venezolano, vino igualmente a fecundar la ruta de la pacificación de Centro América que se encontraba en aquellos momentos al borde de una guerra regional”.

Arístides Calvani fue una de esas, cada vez más raras, personas que se merecen el título de Maestros, con M mayúscula. Fue un verdadero Apóstol de la Democracia. Dotado de una inteligencia relevante y de una excepcional energía vital, Calvani se caracterizaba, por ser uno de esos pocos hombres que dan testimonio de vivir siempre como dicen que piensan: “facere veritatem” y no sólo ”dicere veritatem”. Al respecto nos decía a los que tuvimos la fortuna de ser sus alumnos que: “cuando el hombre no actúa conforme a lo que piensa, termina pensando conforme a lo que actúa”. Calvani despertaba confianza, exudaba honestidad, tenía credibilidad y, sobretodo, se le reconocía “auctoritas” moral. Virtudes crecientemente exigidas por pueblos hambrientos de puntos de referencia, de luces firmes, que iluminen el camino en un mundo desorientado por una francamente preocupante anarquía valorativa. La exhumación del salvajismo irracional se combina curiosamente con un hedonismo materialista. Al respecto decía Octavio Paz, hace unos lustros: ”no me resigno a este desastroso fin de siglo. Lleno de sangre, lodo y estupidez ¿Comienza una nueva edad bárbara, como la de los siglos oscuros después del fin de la antigüedad grecorromana? Nos amenaza una nueva barbarie fundada en la técnica”.

Entre la idiotez consumista y el fanatismo troglodita, debemos recuperar, en el hombre al ciudadano responsable. Hay que reconciliar, como Calvani, la ética con la política. Para eso es necesaria y urgente, particularmente entre la juventud, la relegitimación de la Política (con P mayúscula), como la actividad humana que, entre otras, cosas busca organizar la convivencia social en función del bien común y de solucionar pacíficamente los conflictos inherentes a esa convivencia. Con las banderas de la eficiencia, la honestidad, la autenticidad y la vocación de servicio, los Políticos de este siglo, siguiendo el ejemplo de Arístides Calvani, pueden y deben convertirse de nuevo en los modelos de vida para la mejor juventud.