«The Crown»: Dios salve a la reina (de las series)



Ignoro si algún consejero de la Reina le habrá dicho al oído: «Señora, ‘‘The Crown’’ es la mejor campaña publicitaria para una reina, aunque usted no lo necesite». Debería saberlo, porque si en la primera temporada empezaba a surgir cierta empatía por la monarca, en la segunda, que acaba de estrenar Netflix, ha logrado lo impensable en mí y creo que para buena parte de la audiencia: que Isabel II me caiga bien; más aún, que vea su fragilidad y den ganas de abrazarla porque es humana.

Uno de los hallazgos de esta serie excelente –desde «Yo Claudio» pasando por «Regreso a Brideshead», los británicos son el «stradivarius» de las series, aunque en ocasiones se les rompa alguna cuerda–, es que a pesar de saber el espectador casi todo de la vida de la monarca… ¡sigue sorprendiendo! Y, atención porque en la segunda temporada vienen curvas. Hay que tener muchos bemoles para arrancar con una conversación entre Isabel y Felipe –les quito los apellidos monárquicos porque está hablando un matrimonio– en el que se oyen frases por parte de ella: «Para que un matrimonio funcione», «eres un niño malcriado», «tienes una conducta impropia…», y su esposo les espete: «¿Quieres decir divorcio?». Con la siguiente replica por parte de la monarca: «¿Divorcio? No es una opción, ¡jamás!». Quién le iba a decir entonces que muchos años después vendría la separación de Carlos de Inglaterra y Diana de Gales, pero esa es otra historia.

Crisis matrimonial

La producción arranca en 1955, cuando la pareja está sumida en una crisis marital. Ante los rumores que ya publica la Prensa, Isabel II decide que emprenda una gira de cinco meses por distintos países de Oceanía. La producción no se corta ni un pelo: muestra cómo en uno de los maletines para su viaje lleva la fotografía de una bailarina, algo que descubre la monarca –¡ay!, el semblante de emoción contenida de la actriz que la interpreta, Claire Foy–, que le deja una carta, escueta, en la que le dice: «Recuerda que tienes una familia». Es solo un aperitivo, porque durante ese «tour» se muestra veladamente a Felipe practicando sexo con otra mujer. Aunque estas escenas están rodadas con elegancia y tacto, los creadores están pisando un campo de minas porque los personajes están vivos y, si no fuese porque Gran Bretaña es una democracia, los responsables de la serie bien podrían haber sido enviados a la Torre de Londres por parte de su Majestad. En una entrevista a «The Telegraph», el actor Matt Smith, que encarna a Felipe, lo deja claro: «Como en cualquier ficción basada en hechos históricos, es un deber arrojar luz ante hechos que quizá sean incómodos para la nación y la audiencia». Dicho y hecho. Igual ocurre con las conversaciones entre la reina y su hermana Margarita. Mientras comen, después de que la segunda haya pasado una noche de juerga, Isabel II le dice: «¿Es posible que sigas aún borracha?». Que sí, que lo sabemos, pero parecía imposible imaginar tanta franqueza en un entorno estético de cuento.

¿Y cómo se maneja en la vida política? Mordiéndose la lengua. Tras Churchill, cuya relación con la monarca, centró buena parte de la primera entrega, llegó un patán llamado Anthony Eden, que llevó al país, junto a Francia e Israel, a la guerra de Suez contra Egipto. El espectador sabe por su mirada y sus preguntas inquisitivas que está en contra, pero le dice a Eden: «La corona siempre estará de acuerdo con lo que diga el Gobierno».

Justamente en esta frase está la seña de identidad de esta serie que la hace distinta a todas que hayan abordado cualquier monarquía. ¿Por qué se llama «The Crown» («La corona») y no «Isabel II»? Porque toda y cada una de las decisiones que ha tomado esta mujer, o así se muestra en la serie, ha sido por su papel. Y lo repite en numerosas secuencias. Cuando Margarita le reprocha que no le dejase casarse con el Coronel Peter Townsend, le dice: «Como mujer te podría haber apoyado, pero la corona lo prohibió». Igual argumento utiliza ante cualquier contratiempo familiar. No es cuestión de victimizarla, pero una persona es la «prima Lilibeth», como la llama Don Juan Carlos, y otra Isabel II, que ha hecho la mejor interpretación de la historia –ríanse de Bette Davis y Meryl Streep– en cuanto estaba con más de cinco personas alrededor.

La soledad de una mujer

Hay que rendir pleitesía a «The Crown» porque lo que ofrece es caviar: ver la soledad de una mujer que intenta conciliar su vida familiar e institucional en una sociedad machista. Y quien mejor la representa es su esposo, desposeído de su identidad, de su estatus de «macho alpha» para convertirse en un subalterno que se distrae en los clubes privados de caballeros.

Lo que sigue sorprendiendo es el esfuerzo de los guionistas. Lejos de pensar que los espectadores van a dar todo por supuesto, se esmeran en la complejidad de los personajes y cómo interactúan entre ellos. En ese sentido, el trabajo de Claire Foy, es de los mejores en muchos años, con sus ojos permanentemente humedecidos –es la única expresión que concede en su hieratismo– y no puede tener mejor consorte que Matt Smith, con una intepretación más extrovertida. El contraste es extraordinario.

Dicen que la producción ha costado 100 millones de dólares. Cada centavo está justificado. Esta serie no es para consumirla, hay que paladearla, porque está narrada con una cadencia exquisita, algo que puede echar para atrás a los espectadores más jóvenes «devora secuencias». La ambientación de época, el vestuario, los encuadres y los movimientos de la cámara… todo va a favor de la historia, tan contemporánea como clásica. Eso sí, provoca desasosiego ver un palacio tan enorme, con tanto personal que, finalmente, parece una jaula de oro para una mujer sola.