Trump: Un comienzo esclarecedor


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“Los hay que entran en la mentira como quien ingresa en una orden religiosa”. 

Albert Camus

 

Quisiera comenzar esta nota con un tweet reciente:

Pilar Marrero @PilarMarrero

@MartinSonnerborn (trad.: Ricardo Bada) ¿Los rusos tienen “material secreto comprometedor” sobre Trump? A mí me basta su cuenta pública en Twitter.

Yo añadiría: y sus discursos, más o menos formales, como el del pasado viernes 20 de enero, o los pesados como ladrillos y cargados con veneno de cascabel, como los que acostumbraba hacer en la pasada campaña electoral.

Ya se han hecho diversos análisis del contenido y del continente de su primer discurso como presidente en ejercicio, en los cuales se destaca la pobreza general, su cortedad de miras, o una visión del país cargada de prejuicios y de ignorancias fundamentales. Para “Adán” Trump el pasado no existe, el mundo y Estados Unidos se inician con él.

A ello podría agregarse el hecho fundamental de que en su nuevo y controversial gabinete hay solo tres mujeres, un afroamericano y (por primera vez en 30 años) ningún latino. No es un hecho desdeñable, sobre todo porque desde que se iniciara el proceso de transición, lleno de las ya acostumbradas improvisaciones, idas y venidas, descalificaciones y arrepentimientos que se dan en los entornos trumpistas, el hombre ha disminuido sus apoyos al punto de convertirse en el presidente más impopular, en muchas décadas, el día uno de su gobierno.

Su gabinete está formado por una variada colección de personajes -algunos pocos con méritos, todo debe ser dicho – que en áreas muy sensibles y debatidas, como el cambio climático, o la energía, parecen representar un acto de provocación. Provocación política que es a la vez provocación intelectual – en Trump la primera no se da sin la segunda -.

Al mismo tiempo, este all-star anti-establishment nos promete toda una serie de desregulaciones, en el sentido y dirección de las implementadas por el gobierno republicano previo, bajo el no muy bien recordado George W. Bush, y que condujeron, por ejemplo, al desastre de la crisis financiera global.

No es que el Estado y sus burocracias sean santos dignos de ningún altar, pero el extremo opuesto, la liberación general de controles a los diversos agentes económicos, puede ser tan negativo como el estatismo express, tan apreciado por las diversas familias socialistas.

El asunto es que la desregulación económica no hace del Estado un árbitro neutral de las relaciones económicas, sino un defensor y favorecedor de los intereses más y mejor protegidos para aguantar las políticas de ajuste, como las que siempre se prometen desde las trincheras de un liberalismo económico tan extremo que uno podría preguntarse si sus autores de hoy han leído a los padres fundadores del pensamiento liberal auténtico, que no dejaba al hombre común a un lado, sin abrigos y sin protección alguna.

Yo, sin ser feligrés de la iglesia liberal, creo necesario recordar a uno de sus profetas, John Stuart Mill, cuando afirma que “el valor de un Estado es, a la larga, el valor de los individuos que lo constituyen”.

Luego de los actos inaugurales de la nueva administración, el discurso de Trump sigue siendo divisionista, xenófobo y excluyente, además de mediocre (el del viernes 20 fue “retórica recalentada de campaña”, en palabras del analista conservador George F. Will). El deber de todo presidente verdaderamente democrático es – sobre todo cuando comienza su gestión – unificar mediante el cuidadoso uso de una liturgia cívica, tender puentes, establecer canales de diálogo con los otros poderes del Estado y con la sociedad, ser en suma el presidente de todos y no del sector que lo votó. Ningún presidente populista – o, como los llama Fernando Mires, neo-fascistas – lo ha hecho, llámese Hugo Chávez, Néstor Kirchner, Daniel Ortega o el nuevo presidente norteamericano.

Hay una cierta ingenuidad en el deseo expresado por algunos actores políticos de que Trump, investido ya presidente, encuentre una especie de “Camino de Damasco” personal, un acto de epifanía que lo convertirá en hombre decente, cauto, parco; todo un estadista. Un amigo psiquiatra me recordaba la ingenuidad de pensar que un ególatra y narcisista de por vida, quien casi siempre se ha salido con la suya, victorioso de una campaña donde se mostró su verdadero y mendaz rostro, no se sienta reforzado en sus pasiones, impulsos y pulsiones primitivas, ahora que tiene el poder ejecutivo del primer país de la tierra.

Una nueva era ha llegado a la Casa Blanca: una era cada vez más distópica (frente a los hechos que negaban las afirmaciones de Trump a pocas horas de la inauguración, su antigua jefe de campaña, Kellyanne Conway, habló de “hechos alternativos”; algo así como que los hechos son lo que yo opino que son) y de profunda arrogancia e ignorancia ciegas. Ya desde el primer día se está expresando un rechazo a la razón, tanto teórica como práctica, con ejemplos como la eliminación de la página web en español de la Casa Blanca, al igual que de diversas secciones que estuvieron en funcionamiento durante los mandatos de Barack Obama. Temas prioritarios para el predecesor de Trump como el cambio climático, los derechos civiles o la educación han desaparecido también de la web actual. Ahora bien ¿Es que todavía alguien se puede extrañar?

Otro ejemplo es el uso que sigue dando a las redes sociales, en especial Twitter. Un arma arrojadiza, que puede afectar empresas (como la Boeing), países (México es un buen ejemplo), o gremios enteros (como la prensa de su país). Las redes sociales son para Trump medios simplificadores de la realidad – característica también, por cierto, de todo mensaje populista – con los cuales sólo busca dar órdenes, atacar, amonestar, sermonear, reñir o censurar.

Comenzamos con un tweet, concluyamos con otro:

Marcos G. Villasmil ‏@lagardere57 

@himmelkreis (traducción del alemán: Ricardo Bada):

A partir de hoy (21.1.2017) las declaraciones de guerra van a hacerse vía Twitter.