Villasmil: Trump, enemigo del deporte (también)


Todo comenzó con una de las acostumbradas rabietas del Narcisista Mayor. En un discurso el pasado viernes 22 de septiembre por la noche, Trump criticó a Stephen Curry, jugador de los nuevos campeones del basketball gringo, los Golden State Warriors, por afirmar públicamente que probablemente no asistiría a la tradicional visita a la Casa Blanca de los equipos campeones deportivos. De hecho, el empresario-presidente manifestó que “le retiraba la invitación a Curry”. Stephen Curry no es un jugador cualquiera; ha sido en dos ocasiones el Jugador Más Valioso de la NBA (National Basket Association).


Stephen Curry

¿La respuesta de los campeones del basket? No irán a la Casa Blanca.

En su relativamente breve carrera política, Trump ha atacado a casi todas las instituciones estadounidenses socialmente importantes: el congreso, las cortes de justicia, Hollywood, el ejército, las agencias de inteligencia, y ahora le ha tocado a los deportes profesionales.

Al momento de escribir estas líneas, el presidente lleva ya cuatro días de insultos, condenas, amenazas y exigencias en contra no solo de algunos jugadores de basket, sino principalmente de los jugadores de fútbol americano. A estos últimos los señala como antipatriotas, porque algunos de ellos recientemente han puesto una rodilla en tierra durante el himno nacional, al comienzo de cada juego, como protesta por la reciente epidemia de brutalidad policial contra ciudadanos desarmados, y por la conducta del gobierno trumpista, que ha abierto la caja de Pandora del odio y la división raciales.

En su gran sabiduría, Trump incluso aconsejó a los fanáticos que abandonaran los estadios si algunos jugadores seguían con su “conducta antipatriótica, y de irrespeto a nuestra herencia”. Además sostuvo que tales jugadores deberían ser despedidos (sus palabras exactas: “Get that son of a bitch off the field right now. Out. He’s fired”.)

¿El resultado? La unión de la gran mayoría de los jugadores de la N. F. L. (National Football League), técnicos e incluso muchos dueños de los equipos en contra del señor de la Casa Blanca. Robert K. Kraft, dueño de los New England Patriots, y amigo por muchos años de Trump, lo criticó duramente: “Estoy profundamente molesto con el tono de los comentarios hechos por el presidente el pasado viernes. Me enorgullece estar asociado con tantos jugadores que hacen una gran contribución al impactar positivamente nuestras comunidades. Sus esfuerzos, dentro y fuera del campo, unen a las personas, y fortalecen nuestras comunidades. En el país no hay una mayor fuerza unificadora que el deporte y, desafortunadamente, nada más divisivo que la política. Pienso que nuestros líderes políticos podrían aprender mucho de las lecciones sobre el trabajo en equipo y la importancia de la colaboración en búsqueda de una meta común”.

Esta nueva explosión de ira del presidente-apóstol-de-la-furia sin duda alguna ha producido efectos contrarios: El domingo 24 decenas de jugadores de la liga de fútbol americano en todo el país demostraron públicamente su rechazo y su desafío a las declaraciones de Trump, masivamente colocando una de sus rodillas en tierra al momento del himno, y enlazando sus brazos en ejemplo de solidaridad. Incluso en Detroit, Rico Lavelle, encargado de cantar el himno, al finalizar puso su rodilla en tierra y alzó uno de sus puños.

LeBron James

La súper-estrella del basket, LeBron James, acusó a Trump de intentar usar el deporte para seguir dividiendo a los norteamericanos, y en un tuit afirmó que “ir a la Casa Banca era un honor hasta que usted apareció”.

En sitios donde el apoyo a Trump es más previsible, como Texas, algunos fanáticos abuchearon a los jugadores, que no dudaron sin embargo en elevar su acción reivindicativa. En Pittsburgh, ningún jugador de los Steelers salió al campo durante el himno, como muestra de unidad.

Terry Bradshaw, un mariscal de campo miembro del Salón de la Fama de la N.F.L., y hoy comentarista de Fox, declaró que no estaba de acuerdo con protestar durante el himno, pero dio en el clavo al decir que “todo ciudadano tiene el derecho de decir lo que piensa y protestar. Créanme, estos atletas aman nuestro país. Personalmente, pienso que nuestro presidente debería concentrarse en asuntos realmente serios, como Corea del Norte, o el sistema de salud, en lugar de atacar a los atletas de la N.F.L.”  

El himno nacional ha formado parte de los deportes norteamericanos durante más de un siglo, incluso antes de que “Star Spangled Banner” fuera declarado el himno oficial del país en 1931. Ha sido tocado en cada juego de béisbol desde 1942, lo cual provocó que otros deportes siguieran luego ese ejemplo. No todos los países hacen lo mismo (salvo los países donde se juega béisbol, donde la costumbre también es seguida). En Europa, no es común que se toque el himno antes de una evento deportivo.

Tommie Smith y John Carlos

Y las protestas durante la entonación del himno tienen historia: los atletas Tommie Smith y John Carlos fueron expulsados de los Juegos Olímpicos de 1968 por alzar el puño enguantado durante la premiación, señal usada por el llamado “Black power”.

Esta reciente epidemia democrática –porque eso es lo que es, ciudadanos ejerciendo sus derechos- ya ha llegado también al béisbol: Bruce Maxwell, jugador novato de los Atléticos de Oakland, puso rodilla en tierra durante el himno, el sábado 23 por la noche.

“Puse rodilla en tierra no como irrespeto a nuestro ejército, a nuestra constitución y a nuestro país (como señala Trump). Mi mano estaba sobre mi corazón porque yo amo a este país, y hay miembros de mi familia, incluyendo a mi padre, que dieron su sangre por nuestra nación, y que hoy todavía sirven en el ejército. Esto va más allá de las comunidades negras o hispanas, porque en estos momentos hay una división racial practicada desde las esferas más elevadas del poder, y que básicamente afirma que está bien tratar a la gente de forma diferente”.

Ahí está el meollo del problema: Trump y los radicales que lo acompañan no creen en el pluralismo de ideas o en el debate democrático, no respetan otra opinión que no sea la suya, y practican un patriotismo selectivo. Lo han demostrado desde la campaña electoral, alcanzando tonos peligrosamente fascistas a raíz de los recientes sucesos de Charlottesville, donde la peligrosa divisoria del odio racial ha renacido gracias en gran parte al mensaje de Trump, favorable hacia los neo-nazis y grupos similares.

El presidente debe entender que una de sus funciones fundamentales es unir al país, no dividirlo, y que ponerse el uniforme de su equipo no significa para un deportista tener que renegar del derecho esencial a la libertad de expresión y al rechazo de la injusticia racial.

Donald Trump ha encendido, y luego le ha echado gasolina, con consecuencias imprevisibles, la pradera de la protesta deportiva. Dale Earnhardt Jr., muy popular campeón del automovilismo en la serie NASCAR, tuiteó el lunes 25 estas palabras del ex-presidente John F. Kennedy: “Todos los norteamericanos tienen garantizado el derecho a la protesta pacífica. Aquellos que hagan imposible la revolución pacífica, harán inevitable la revolución violenta”.