Ursula K. Le Guin, una extraordinaria novelista que muestra todo lo bueno que tuvo el siglo XX en fantasía y ciencia ficción


Atrapar una vida es imposible. Creo que era Stephen King, en esa maravilla no tan conocida llamada ‘Un saco de huesos’, el que subrayaba esta gran verdad. La vida del más mundano, zafio, mediocre de nosotros, de los miles y miles y miles de millones de almas que hemos hoyado la tierra, dilatadamente o en lo efímero, es mejor que la mejor de las novelas, películas, videojuegos, melodías, óleos, esculturas, monumentos jamás creados.

Pero si además se da la casualidad de que la vida a la que nos enfrentamos es una como la de Ursula Kroeber Le Guin, lo que alguien como Marco Aurelio o Aristóteles llamarían: “una vida ejemplar”, la mano se agarrota y las palabras se resquebrajan.

Escribir dichas palabras y pretender dotarlas de sentido panorámico sobre su obra, en cualquier circunstancia, sería harto complejo. Incluso aunque esta pluma fuera uno de los mayores eruditos del mundo en esta autora, contando con un ethos que nadie pudiera cuestionar la tarea que asumo. Hacerlo a la sombra de su muerte es casi un suicidio. Y sin embargo la vida nos coge así, a pie cambiado siempre, y no queda más que asumir la tarea con la consabida imperfección o esconder la cabeza en el caparazón y dejar que llueva.

Así que mi decisión ha sido, querido lector, decirle sí a esta cabecera por mucho que la herida estuviera abierta y por mucho que asuma una cortedad en mis capacidades para llevar la hazaña a buen puerto. Tal vez por una sola razón: que a mí me importa Le Guin de verdad, de corazón, y no sé a cuántos que escriban sobre ella en estos días realmente les importará sobre quién escriben. Espero que a muchos. Ojalá.

Le Guin, persona

Ya que hablamos de una tarea imposible, lo mejor es llevarla a una escala más mundana. Empecemos por la Ursula K. Le Guin ser humano, esa que murió en su hogar el pasado lunes, “en paz”, según ha comunicado su familia. Una muerte serena es la única que merecía esta maestra de las letras, la que rindió a un beligerante de la excelencia cultural como Harold Bloom y lo hizo afirmar: “Le Guin eleva la fantasía a la alta literatura de nuestra era”. Una afirmación tan cierta como petulante que probablemente hizo sonreír, desde el sonrojo, a Le Guin.

Pintemos alguna viñeta relevante. Relevante porque nos cuenta quién era Le Guin, de qué quería hablarle al mundo. Un dónde, Melbourne. Un cuándo, 14 de agosto de 1975. Un qué, la convención Aussiecon. Y un quién, Ursula K. Le Guin, al micrófono tras una presentación que la abrumó porque su intervención arranca con un “qué difícil es hablar después de esto”. Acto seguido nos cuenta que le hizo una promesa a un tal Bill Wright en Sidney, dos semanas antes.

Si este lograba montar aquel encuentro con Le Guin en Melbourne, ella, la gran dama de la ciencia ficción, daría la conferencia con un sombrerito con hélice. Le Guin saca un sombrero con hélice y se lo pone para la carcajada general del público. Su sonrisa mientras lo hace desarma. Y nos cuenta un primer rasgo importante de su personalidad. Le Guin era perfectamente capaz de tomar distancia del respeto y solemnidad que despertaba su figura y reírse de sí misma.

Segunda viñeta. Otra vez, frente al micrófono. Muchos años después, cuatro décadas, 2014. Le Guin recibe el National Book Award, la máxima distinción que otorga el Gobierno de Estados Unidos a un escritor. Casi una década después de que otro ilustre del lado fantástico de la literatura, Stephen King, subiera en 2003 a recibir la suya. Se ajusta las gafas, suelta un tímido “Ay, Dios”, y prueba su voz diciendo: “¿Cómo se oye? ¿Bien?”. Lo que sigue son cinco minutos que coparon todas las cabeceras mundiales. Hoy, es difícil verlo sin llorar.

Hay momentos clave en este discurso de cinco minutos y calderilla. Claves para la historia de la literatura y del arte por antonomasia. Uno sucede justo cuando se va a cumplir el minuto:

“Me gustaría compartir este premio con todos esos escritores excluidos durante tan largo tiempo, mis compañeros de ciencia ficción y fantasía, escritores de la imaginación, que, durante el último medio siglo vieron cómo los premios más bellos eran dados exclusivamente a los, así llamados, ‘realistas’ [a estas alturas, Le Guin hace una onomatopeya despectiva y un mohín con los labios y luego luce su sonrisa desarmante; el público ríe]”.

Esta mención nos aclara que Le Guin no quería la atalaya de marfil que otros le habían otorgado, desde la que sobrevolar un género supuestamente menor. Le Guin no aceptaba los laureles de Harold Bloom y la Academia por el convencimiento de que le eran negados injustamente a otros muchos que también lo merecían.

Muy poco después, camino del minuto y medio, Le Guin dice lo siguiente:

“Creo que se acercan tiempos duros [tres años antes de Trump], en los que querremos las voces de aquellos escritores que quieran ver alternativas a cómo vivimos ahora y que puedan penetrar con su mirada nuestra sociedad, paralizada por el miedo y sus obsesivas tecnologías, para ver otras formas de vivir. E incluso para imaginar unos cimientos reales a la esperanza. Necesitamos escritores que puedan recordar la esperanza: poetas, visionarios, los realistas de una realidad más amplia”.

Aquí vemos a la Le Guin política y pensadora, tal vez, su faceta fundamental, incluso por encima de una prosa de ángel, porque lo suyo no era deslumbrar con el cómo del mensaje, aunque lo hiciera, sino hacer que este cómo reforzara un qué verdaderamente significativo.

Le Guin, en 2014, llamaba a las armas a sus compatriotas. A todos los que conquistaban, como ella, mundos inventados, para cambiar desde esos mundos las reglas (e injusticias) de lo real. Un poco más adelante en el este artículo hablaremos de cómo esta idea de la imaginación que moldea el mundo cimenta una de sus obras más fascinantes, ‘La rueda celeste‘.

Minuto tres:

“Veo a los departamentos de marketing tomando el control editorial. Veo a mis propios editores, envueltos en un estúpido pánico de ignorancia y codicia, cobrándoles a las librerías por un ebook seis o siete veces más de lo que le cobran a un lector común […]. Y nos veo a muchos de nosotros, los creadores, los que escriben los libros, los que crean los libros, aceptando esto […] Vendiéndonos como un producto más como el desodorante y dictándonos qué publicar y escribir […] Los libros no son productos y el beneficio económico está a menudo en conflicto con la meta que persigue el arte”.

En otra cabecera, con un riesgo evidente de los dos guionistas que aceptaron desgranar esta verdad, escribí un artículo sobre cómo Hollywood estructura sus superproducciones en función de las secuencias de acción, hasta el punto que estas se empiezan a localizar antes de que haya un guion que las hilvane. Le Guin veía esto. Lo veía todo. Y veía, con vergüenza, cómo los creadores acataban esta prostitución inaceptable. Y decía: “¡No!”.

Le Guin no quería la atalaya de marfil que otros le habían otorgado, desde la que sobrevolar un género supuestamente menor.

Para terminar, una tercera viñeta, que me proporciona la múltiple lectura de obituarios y retrospectivas que han ido saliendo a la luz las últimas 24 horas. Más que una viñeta es una página de cómic. En todas las viñetas que la componen aparece Le Guin, leyendo, como niña, como madre y como anciana. Allí ‘El Mago de Oz’. Allá su “muy amado” ‘Libro de la selva’. Una gran panorámica, probablemente en picado, de Le Guin leyéndole ‘El Señor de los Anillos‘ en voz alta a sus hijos. Una viñeta solo dedicada a ‘Alpha Ralpha Boulevard’, apenas 14 páginas firmadas por Cordwainer Smith, el seudónimo de Paul Myron Anthony Linebarger, un erudito de Oriente y de la guerra psicológica que también amaba escribir sobre lo imaginario.

El efecto transformador que tuvo este relato en K. Le Guin, según ella, fue total: “¡Guau! Esto es tan hermoso y extraño, quiero hacer algo así”, afirmó en una entrevista realizada por Mark Wilson, periodista especializado en ciencia ficción. El relato narra, en primera persona, la experiencia de un ciudadano de una distopía de felicidad artificial que vive un terremoto social, una deriva mundial a la imperfección, la enfermedad y la incertidumbre. O lo que es lo mismo, la libertad.

Le Guin, obra

Terramar 1 Paperback Minotauro

No se puede hablar de libros así, descolgados, al analizar la bibliografía de Ursula K. Le Guin. Aunque existan, y llegaremos a ellos, primero hay que hablar de universos. Al menos, de cinco. ‘Terramar’, ‘Hainish’, ‘Orsinia’, ‘Catwings’ y ‘Anales de la costa occidental’. De ellos, si el listado del ministerio de cultura de ISBN es la referencia, hay mucho que leer en castellano. Aunque algunos, como ‘Catwings’, están aparentemente huérfanos de edición en nuestro país.

Observar la carrera de Le Guin así, en panorámico, permite entender que hablamos de una escritora que abordó el imaginario en todas sus vertientes. La Le Guin fascinada con la magia, con los cuentos clásicos de los Andersen, Baum y compañía, crea Terramar, un archipiélago de islas donde vuelan los dragones y estudian los magos. Seis libros componen este ciclo, cinco novelas:Un mago de Terramar‘, ‘Las tumbas de Atuan‘ (1972), La costa más lejana (1974),Tehanu‘ (1990) y En el otro viento (2001) y una antología de relatos, Cuentos de Terramar‘ (2002). El público principal al que van dirigidos es el lector juvenil. Pero, como todo en Le Guin, se trata de obras universales, cajas de resonancias de infinitos significados para otras tantas lecturas.

Sirva este primer párrafo de ‘Un mago de Terramar’ como antesala al huérfano de su lectura.

«La Isla de Gont, una montaña solitaria que se alza más de mil metros por encima del tormentoso Mar del Nordeste, es una famosa comarca de magos. De los poblados de los valles altos y los puertos de calas sombrías y estrechas más de un gontesco ha partido a servir como hechicero o mago en las cortes, o en busca de aventuras, haciendo magias a los Señores del Archipiélago y yendo de isla en isla por toda Terramar. 

De entre ellos, hay quien dice que el más grande, y con seguridad el más viajero, fue el hombre llamado Gavilán, que en su época llegó a ser Señor de Dragones Archimago. La vida de Gavilán ha sido narrada en la Gesta de Ged y en numerosos cantares, pero éste es un relato del tiempo en que aún no era famoso, anterior a las canciones».

La Le Guin preocupada por el porvenir, ávida de dar alternativas más bellas al capitalismo totalizador, imagina Hainish, es decir, un futuro de ciencia ficción en el que la humanidad no partió de la Tierra, sino de Hain, a 140 años luz de nuestro planeta azul. Un planeta pacifista, en el que puede apreciarse un pasado tecnológico, ruinas de una civilización avanzada en lo científico enterradas ahora por la natural. Porque los habitantes de este planeta, los más sabios y antiguos de esa humanidad en diáspora espacial, están ya por encima de la obsesión tecnológica. Han alcanzado otro estado vital y de ordenamiento de la existencia.

Es este ciclo el que muestra el lado más adulto de Le Guin, sus reflexiones más profundas sobre la esfera de lo público, lo privado y el equilibrio entre ambos niveles.

La memorabilia nos dice que Le Guin dejó para la historia el ser la primera autora en ganar, dos veces, los Premio Hugo y Nebula con una misma novela.

La componen diez libros, entre novelas y colecciones de relatos:El mundo de Rocannon (1966); Planeta de exilio (1966), La ciudad de las ilusiones‘ (1967); La mano izquierda de la oscuridad (1969),Los desposeídos (1974); El nombre del mundo es Bosque‘ (1976); Cuatro caminos hacia el perdón (1995);El relato (2000) y ‘El nacimiento del mundo y otras historias‘ (2002). Cada uno supone una inmersión en diversos mundos y, lo que es mucho más relevante, diversas maneras de vivir. Pero probablemente es la dupla central, la que forma ‘La mano izquierda de la oscuridad’ y ‘Los desposeídos’, el súmmum de su arte.

ursula k leguin

La memorabilia nos dice que Le Guin dejó para la historia el ser la primera autora en ganar, dos veces, los Premio Hugo y Nebula con una misma novela. Un dato con la misma relevancia que cualquier otro, escasa. Lo extraordinario de estos libros sucede, evidentemente, en lo que viven sus personajes. Y especialmente en la pasión con la que debaten en sus diálogos sobre lo divino y lo humano.

Una muestra, extraída de ‘Los desposeídos‘:

«Pero para la mayoría de las mujeres la única relación con un hombre es tener. Poseer o ser poseída. 

—¿Piensas que en eso son distintas de los hombres? 

—Lo sé. Lo que un hombre quiere es libertad. Lo que quiere una mujer es propiedad. Sólo te dejará partir si te puede canjear por otra cosa. Todas las mujeres son propietarias. 

—Es abominable decir una cosa semejante de la mitad del género humano —dijo Shevek-, preguntándose si el hombre tendría razón».

Otra, de ‘La mano izquierda de la oscuridad’:

«—Permítame una pregunta, señor Ai: ¿Sabe usted, por propia experiencia, lo que es el patriotismo? 

—No —dije, sacudido por la fuerza de esa intensa personalidad que ahora se volcaba enteramente sobre mí—. No me parece. Si por patriotismo no entiende usted el amor al sitio natal, pues eso sí lo conozco. 

—No, no hablo del amor, cuando me refiero al patriotismo. Hablo del miedo. El miedo del otro. Y las expresiones de ese miedo son políticas, no poéticas: odio, rivalidad, agresión. Crece en nosotros, ese miedo, crece en nosotros año a año[…]».

Le Guin no se olvidó de los niños. Ni de los propios ni de los ajenos. EnCatwings‘, Le Guin se dirigió a los lectores más jóvenes, niños lejos aún de los seísmos de la adolescencia. Los protagonistas, fieles a la literalidad de su título, fueron gatos con alas. Orson Scott Card, autor, entre otras muchas cosas, de ‘El juego de Enderhabló así del libro en su columna ‘Libros a los que seguirles la pista’:

“Cuando autores de ficción adulta escriben para niños, a menudo se avergüenzan a sí mismos al hacer un desastre […]. Porque, seamos serios, ¿vale? ¿Qué puede sacarse de historias sobre gatos alados? Las historias de gatos, como género, es de la ficción más repulsiva que existe […]. Pónganles alas y la historia está condenada. Salvo… salvo que este cuento de gatos alados esté escrito por Ursula K. Le Guin, que es aparentemente incapaz de hacer historias que no sean duras y verdaderas”.

Luego están ‘Orsinia’ y ‘Anales de la Costa Occidental’. Y uno pensaría que merecen ser despachados como universos menores de una autora tan prolija. Salvo por que no hay universos menores en Le Guin. En Anales…, Le Guin culmina una trilogía donde las aventuras y la amistad entre jóvenes se entremezclan con temas como la esclavitud en un mundo medieval en lo tecnológico y heleno en su estructura social, con polis independientes fijando sus propias reglas.Dones (2004), Voces (2006) y Poderes (2007) son los libros que la componen.

Pero es en el mundo de Orsinia, que cuenta con solo dos volúmenes, ‘Los cuentos de Orsinia’ (1976) y la novela ‘Malafrena’ (1979) (amén de algún relato y poema suelto en otras colecciones), donde Le Guin firma alguna de sus páginas más íntimas. Tiene sentido porque el nombre de Orsinia viene de dos palabras latinas: ursa (osa) y ursinus (cualidad de oso). Úrsula, el nombre de Le Guin, es, a su vez, derivado de ursus, oso en latín. Por lo que Orsinia, un país europeo inventado que Le Guin integra en la historia del Viejo Continente, no es más que un juego de palabras para afirmar con elegancia que ese es su país. El de Ursula Kroeber Le Guin.

Lo extraordinario de estos libros sucede, evidentemente, en lo que viven sus personajes. Y especialmente en la pasión con la que debaten en sus diálogos sobre lo divino y lo humano

Pero hay mucho, mucho, mucho más en la bibliografía de Le Guin. Abundante ensayo; de uno en específico hablaremos para terminar este artículo. Poesía, también. Incursiones experimentales en la frontera de la ficción y no ficción, como esSiempre volviendo a casa (1985), finalista del National Book Award, en el que Le Guin entremezcla las anotaciones de un antropólogo con la invención de una supuesta cultura primitiva que habría vivido en la actual Estados Unidos, los Kesh. Incluso traducciones, como la que abordó del Tao Te King, una de las obras filosóficas que más la influyeron. Y luego están esas joyas sueltas con las que deslumbraba en un solo fogonazo.

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De una quiero hablar para poner punto final a este repaso a su bibliografía. Su título: La rueda celeste (1971). Pocos libros, de los cientos y cientos que he leído, han marcado a fuego mi imaginación tanto como esta breve novela. Puedo decir que como lector, periodista, escritor y, lo más importante de todo, ser humano, ‘La rueda celeste’ supone para mí un hito vital fundacional. Desde esa convicción recomiendo ardientemente su lectura como la mejor elegía a la ausencia de Le Guin.

El relato comienza de manera sencilla, casi rutinaria, sin nada especialmente llamativo. Los desvaríos del paciente de un psiquiátrico, George Orr, y las sesiones con su terapeuta, William Habber. Pero en esa aparente demencia mundana se va filtrando la verdadera naturaleza del trastorno que padece Orr. Dos palabras: sueños efectivos. Es decir, sueños que afectan a la realidad. Que la moldean. Que despiden un presente, el 2002 de Portland, Oregón, y saludan a una versión alterada del mismo, dejando vestigios enloquecedores de lo que el mundo había sido en la memoria de Orr.

Recuerdo mi obsesión con esta idea y el rastreo incansable en las 184 páginas que ocupa esta obra de las consecuencias extraordinarias de un sueño efectivo, instigado por la ambición de Habber para mejorar el mundo. Acabar con el racismo se convierte en que todos los habitantes de la Tierra luzcan la misma tez gris. Unir a todas las naciones, provocar una invasión alienígena. La idea me obsesionó hasta el punto de que creo que es, en capitulares, LA IDEA. Porque ahonda en un misterio insondable ligado al lenguaje, el pensamiento y, en consecuencia, la humanidad.

‘La rueda celeste‘ supone para mí un hito vital fundacional . Desde esa convicción recomiendo ardientemente su lectura como la mejor elegía a la ausencia de Le Guin

¿Qué es ese mundo paralelo que cada uno llevamos dentro? Porque no es una mera copia de lo real, sino una resonancia, un eco, matizado por el individuo. Y lo más esencial y aterrador y maravilloso. Si el único medio de experimentar el supuesto mundo interior es a través de esa imagen del mundo exterior… ¿Se podría modificar el mundo exterior con la suficiente concentración? ¿Viven aquellos que llamamos locos realmente en otras dimensiones? ¿Es soñar sinónimo de viajar?

Todas estas preguntas encuentran una formulación ejemplar en ‘La rueda celeste’, obra inagotable y relevante al extremo en la incertidumbre de este siglo XXI.

Le Guin, legado

Cuando un autor llama a un libro, No hay tiempo que perder (2017), exige la atención. Cuanto más cuando ese autor es Ursula K. Le Guin. Lo último publicado en vida de esta escritora fue una colección de reflexiones realizadas en su blog a lo largo de una década. Es un viaje imprescindible no solo para los incansables completistas, sino para cualquiera que desee cuestionar el mundo observando a través de la penetrante mirada de una verdadera sabia.

El libro se divide en cuatro secciones: ‘Más allá de los ochenta’, ‘La farándula’, ‘Intentando encontrarle el sentido’ y ‘Recompensas’. Los ensayos que alberga cada una de estas secciones pueden hablar de casi cualquier cosa. De las cartas que recibe de los niños, de los pasteles, de la manía de los personajes de ficción contemporánea de tener todo el día las palabras “mierda” y “joder” en la boca, de su gato, de ver su obra en teatro o de uniformes militares. Pero en todos ellos subyace esa reflexión global, de mirada al final del camino, sobre la existencia en su conjunto y la enorme complejidad de cómo todo se entrelaza entre sí.

Lo último publicado en vida de esta escritora fue una colección de reflexiones realizadas en su blog a lo largo de una década

Lo curioso es que bloguear era algo que espantaba a priori a Le Guin por dos motivos fundamentales, como revela en el prefacio de este libro. Uno, los artículos de opinión siempre le han supuesto un gran trabajo con poca recompensa a cambio. Dos, ella entendía que un blog por fuerza significaba interacción con un lector que por muy lector que fuere no dejaba de ser un extraño, “y yo soy demasiado introvertida para eso, prefiero ocultarme tras un poema o un relato”. El caso es que leer el blog, en edición impresa, del José Saramago octogenario, que le pareció sublime, le hizo cambiar de idea. Y es gracias a Saramago que podemos disfrutar de la Le Guin más humana, cotidiana y cercana sin perder ni un ápice de hondura en su reflexión.

En el ensayo ‘Uniformes’, de febrero de 2011, Le Guin escribe:

«Todo este cambio en el estilo de los uniformes puede ser parte de nuestro cambio en el estilo de la guerra, y con ello el cambio de actitud hacia el servicio militar. Posiblemente refleja una nueva opinión realista de la guerra, una negación a idealizarla. Si dejamos de ver la guerra como algo inherentemente noble y ennoblecedor, cesaremos de poner al guerrero en un pedestal. Los uniformes bellos parecerán entonces una charada, una falsedad obvia para el brutal sinsentido del comportamiento bélico […]. 

Pero no puedo creerme que el ejército piensa así, que está haciendo sus uniformes feos para alentarnos a pensar que la guerra es fea. Tal vez la fatiga del uniforme refleje una actitud de la que no son conscientes y jamás admitirían, un cambio menos en la naturaleza de la guerra que en nuestra actitud nacional hacia ella, que no es ni de idealista ni realista, sino simplemente desinteresada. Prestamos muy poca atención a nuestras guerras o a la gente que lucha en ellas».

‘En tu tiempo libre’, un divertido irse por los cerros de Úbeda mientras envía un cuestionario remitido por la Universidad de Harvard a octogenarios, vuelve a dejar el sesgo de su visión del mundo de manera natural. Durante todo el libro, Le Guin entra y sale de lo mundano de esta manera:

«Pregunta 12: ‘En general, y dadas sus expectativas, ¿qué tal han cumplido en la vida sus nietos?’. El más joven de mis nietos acaba de cumplir cuatro años. ¿Qué tal ha cumplido con la vida? Pues muy bien, globalmente. Me pregunto qué tipo de expectativas hay que tener para un niño de cuatro años. Que sea un chico educado y aprenda pronto a leer y a escribir es todo lo que se me viene a la cabeza. Supongo que se supone que espere de él ir a Harvard o al menos a Columbia, como su padre y su abuelo. Pero ser educado y aprender a escribir me parece más que suficiente por el momento. 

De hecho, no tengo expectativas. Tengo esperanzas y miedos. Sobre todo los miedos son los que predominan hoy en día. Cuando mis hijos eran jóvenes, aún esperaba que tal vez no fastidiaríamos completamente el medioambiente, pero ahora que ya lo hemos hecho y que estamos más vendidos que nunca al beneficio industrial con su horizonte de futuro a pocos meses, toda esperanza que pudiera tener en las generaciones por venir se ha desvanecido y la paz en vida se ha vuelto muy tenue y tiene que horadar muy, muy profundamente en las tinieblas».

Así continúa el texto, artículo a artículo, desvelando a la Ursula en Le Guin. A la abuela, la madre, la hija, la política, la lectora, la escritora. La persona. Un epitafio, quien sabe si voluntario, que se parece mucho a ese ponerse el sombrero de hélice. Un quitarse afectación sin perder por ello la solemnidad. Un acto de intimidad, de amor, con sus lectores, a la distancia que siempre ha querido, la del negro sobre blanco.

Escribo estas últimas palabras de mi esfuerzo, de mi amor a Le Guin, con lágrimas en los ojos. Lágrimas literales, no literarias. He roto a llorar, como un volcán, al escuchar las últimas palabras con las que terminaba el discurso del National Book Award. Con ellas quiero cerrar el legado de Le Guin, porque creo que lo resumen de una manera inmejorable. Porque es ella, la Bruja Buena del Norte, la única a la altura de sí misma:

“Creo que los escritores debemos reclamar el control de una buena parte del proceso literario. Pero el nombre de nuestra bella recompensa no es beneficio. Su nombre es libertad”.

El fantástico español opina

«A mí lo que más me ha marcado de UKLG no ha sido su obra en sí, sino su actitud. La manera en que enarbolaba el género fantástico sin complejos literarios y, especialmente, su defensa a ultranza de la imaginación como catálisis para construir un mundo nuevo desde mundos ficticios y su activismo político y compromiso en ese sentido. Para mí fue un ejemplo de lo que un artista debe ser».

Guillém López, autor de Challenger y Arañas de Marte.

«Ursula K. Le Guin era eterna. Lo sigue siendo. Solo ha cambiado su forma de serlo, y la punzada de dolor que hoy sentimos, esta orfandad, pasará; porque estar vivo o no, de verdad, no tiene tanta importancia cuando eres como Ursula, eterna. 
No es consuelo que nos queden sus libros, que nos quedan. Queríamos más, pero reconozcámoslo, siempre habríamos querido más. Ha llegado el momento de la relectura, de los análisis que solo se pueden hacer a una obra completa. Y eso, amigos, nos va a llevar mucho tiempo. Empezaremos en cuanto nos hagamos a la idea de que las mujeres que vivimos en la ciencia ficción nos hemos quedado un poco solas. Y ya no habrá más Terramar. Para lo que ya no hay tiempo es para ese Nobel que nunca llegó. Borges por fin tiene compañía. Probablemente aprenda unas cuantas cosas de Ursula K. Le Guin».

Cristina Macía, traductora de Canción de hielo y fuego y codirectora del festival Celsius 232.

«Cuando nuestros maestros, nuestros progenitores intelectuales, nos abandonan, con ellos muere una parte importante de nosotros; por eso nos duele tanto. No recuerdo nada que haya causado tanta conmoción en la comunidad de la ciencia ficción y la fantasía como la muerte de Ursula K. Le Guin.» 

«Su obra era, es, un canto a la libertad pletórico de subversión que emplea una voz íntima y acogedora para acercarnos al diferente, al que no es o no piensa como nosotros. Le Guin entró en la escena de la ciencia ficción en su época de madurez y ella sola es responsable de tres novelas capitales: ‘La mano izquierda de la oscuridad’, ‘La rueda celeste’ y ‘Los desposeídos’. Nadie que las haya leído podrá dejar de pensar en los roles sexuales, la textura de la realidad y el capitalismo sin activar el discurso de Le Guin en el recuerdo, sin haber incorporado alguna de sus reflexiones».

«En el mismo periodo, una década antes que Michael Ende, Le Guin revolucionó también la fantasía con la Trilogía de Terramar, la fantasía juvenil y la adulta al mismo tiempo. El sustrato místico racionalista con el que traslada los recursos de la ciencia ficción a la fantasía (su «magia» tiene reglas muy estrictas) redefinió el género y le demostró a un público adulto asombrado que había vida más allá de Tolkien.» 

«Países imaginarios y Malafrena; El eterno regreso a casa; otras dos novelas de Terramar, escritas cuando sentía que tenía algo nuevo que aportar; Lavinia; varias antologías de relatos; poemarios; un total de siete libros de ensayo… La obra de madurez de Le Guin es igualmente valiosa. Nunca dejó de escribir y publicar, ni relajó su grado de compromiso. Y nunca dejó de leer. Era una mujer sabia, pero humilde con sus propios logros, y se consideraba a sí misma una rata de biblioteca.» 

«La ambición y coherencia del conjunto de su obra la sitúan en el reducido grupo de los mejores escritores de la segunda mitad del siglo XX, junto a Philip K. Dick y a Stalislaw Lem. Su calidad humana y su incansable proselitismo del fantástico, en cambio, no han tenido parangón. En este 2018 cumple doscientos años el Frankenstein de Mary Shelley, novela que el británico Brian Aldiss propuso como fundadora de la ciencia ficción. Que Ursula K. Le Guin nos haya dejado revalorizará todavía más la importancia de la fecha. Tal es la vigencia de su obra».

Alejo Cuervo, editor de ‘Canción de hielo y fuego’, propietario de la editorial y librería Gigamesh y pontífice malvado del tebeo.

 

«Ursula K. Le Guin pertenece a esa rara clase de escritores en las que obra y persona van en consonancia. Tejía sus relatos con la aparente facilidad del narrador magistral. Nos hablaba del individuo y de la sociedad, la convivencia, sus costes y sacrificios. Así era también ella, inteligente y amable, firme en las convicciones y en el rechazo absoluto de los absolutos y de la violencia. Y escribía ciencia ficción, literatura que ha marginado tradicionalmente a las escritoras y cuya elección le ha costado seguramente el Nobel. Ursula hacía fácil lo difícil y triunfó de un modo propio, sin abandonar nunca su forma de ser. Sí, en estos raros casos duele el doble cuando nos dejan». 

Eduardo Vaquerizo, autor de ‘Danza de tinieblas’ y ‘Nos mienten’.