Villasmil: Hannah Arendt y el marxismo (I)


Desde comienzos de año ha circulado la noticia en medios de comunicación internacionales de que se ha puesto de moda la lectura (incluso Amazon ha pedido que se reimprima para cubrir la creciente demanda) de “Los Orígenes del Totalitarismo” (1951), una de las obras capitales de la intelectual alemana Hannah Arendt. Ello es resultado, se afirma, del innombrable presidente de los Estados Unidos, de Podemos, de Marine le Pen, de Geert Wilders, y demás peligros que se ciernen sobre las libertades y el modelo democrático, claramente bajo ataque, y ciertamente mal defendido por los actuales actores políticos. Sin duda los ciudadanos buscan en todas las comarcas políticas orientación y guía para la acción.

Ese libro es un verdadero clásico –entre los más importantes escritos de teoría política del siglo pasado- aunque no es de fácil lectura. Sin embargo es indudable que Arendt lo escribió como una señal de alarma ante los peligros siempre presentes de que las sociedades involucionen, de que nuevos mesías prometan lo imposible para hacer posible su victoria, y de que nuevas formas de opresión (o las viejas, bien maquilladas) reaparezcan. Y vaya si lo que estamos viviendo en el siglo XXI hace que luzcan viables tales temores.

Nuestra autora afirma que la política (entendida, según destaca Elisabeth Young-Bruehl en su excelente biografía de la pensadora, como “un conjunto de ciudadanos que hablan y actúan en un “mundo”, un espacio público sostenido por diversas formas de gobierno y garantizado por un sistema de leyes”) se hace visible bajo ciertas condiciones históricas, y puede desaparecer, no está automáticamente garantizada.

El totalitarismo no es la mera atrofia de la política –como ocurre con las tiranías- sino que va más allá: supone la radical supresión de la política mediante la meticulosa destrucción de todo rasgo de humanidad –primero de grupos específicos, luego de cualquiera- para hacer a los seres humanos superfluos, prescindibles, eliminables. Para Arendt, “este es el mal radical del totalitarismo”.

La izquierda, en sus diversas manifestaciones, nunca le perdonó a la autora que, a pesar de sus evidentes diferencias en sus orígenes y desarrollos, considerara que finalmente eran expresiones similares de totalitarismo tanto la Alemania nazi como la Unión Soviética. Porque para comunistas y socialistas, la experiencia marxista tenía un germen idealista y fines centrados en lograr la justicia social.

Pocos años después escribirá Arendt “La Condición Humana”, y “Sobre la Revolución” (en esta última Arendt compara la revolución francesa –que culmina en el horror del terror- con la revolución de independencia norteamericana –exitosa, a tal punto que la pensadora alemana la considera “la real refutación del marxismo”-). Arendt, a su vez, no le perdonará nunca a los marxistas que privilegien los principios de la revolución francesa sobre los de la norteamericana.

Puede verse la opinión de Arendt sobre Marx y su obra, entre algunos ejemplos posibles, en la rica correspondencia con su profesor, amigo y maestro, el psiquiatra y gran filósofo también alemán Karl Jaspers.

Ante la afirmación de Arendt, calificando a Marx de rebelde y revolucionario, Jaspers destacará la legendaria intolerancia y terrible carácter del padre del comunismo, llegando a afirmar –lo que a su manera también señalará otro gran filósofo de la libertad y estudioso del marxismo, el polaco Leszek Kolakowski- que “hay una continuidad sin interrupciones que va de Marx a Lenin…Marx es probablemente un predestinado, como Lutero, no tan importante por sus ideas como por el carácter que imprime a esas ideas”.  

Arendt mencionará luego que “Marx no está interesado ni en la libertad ni en la justicia”, y “no tiene una predisposición seria a estudiar los asuntos del Estado y del gobierno”.

Después de que en 1989 cayera uno de los símbolos del totalitarismo marxista, el muro de Berlín, los escritos políticos de Arendt fueron crecientemente leídos y estudiados –en especial por las generaciones más jóvenes, que sólo conocen a la escritora por referencia- como un análisis que puede ser una guía para el mundo posterior al totalitarismo, como un especial alerta hacia las nuevas democracias que estaban apareciendo en la geografía post-soviética, para que nunca más el monstruo totalitario llegase a revivir en sus sociedades.

Lo anterior se demuestra con un ejemplo que vale la pena destacar para finalizar esta nota: poco después de que saliera de prisión Adam Michnik, uno de los líderes de Solidaridad, el movimiento obrero que encabezó las luchas anti-totalitarias en Polonia, recibió un premio en metálico que decidió dedicar a un proyecto singular y único: traducir toda la obra de Hannah Arendt a la lengua polaca, con el fin de ayudar a sus conciudadanos a orientarse en los nuevos caminos de libertad, y poder construir un mundo sin las cadenas del totalitarismo marxista.