Wolfgang Gil: Tres dictadores, un trágico final


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De izquierda a derecha: Benito Mussolini, Rafael Leónidas Trujillo y Nicolae Ceausescu

“El odio de los hombres pasará y caerán los dictadores, y el poder que le quitaron al pueblo se le reintegrará al pueblo, y, así, mientras el hombre exista, la libertad no perecerá.”
Charles Chaplin, El gran dictador (1940).

 

Pocos tiranos mueren en sus camas. Muchos son derrocados por el pueblo que martirizaban y van al destierro. Otros son ajusticiados por ese mismo pueblo. Los de esta última modalidad dejan de percibir la realidad. El poder los enceguece. No saben parar a tiempo. Los recursos que emplearon para alcanzar el poder no sirven cuando cambia la situación. En la literatura antigua, los personajes trágicos no podían reconocer las señales. Su final estaba escrito.

Benito Mussolini (1983-1945)

“La democracia ha quitado estilo a la vida del pueblo. El Fascismo se lo devuelve al darle una línea de conducta, esto es, color, fuerza, pintoresquismo, sorpresa y mística, todo aquello en fin, que cuenta en el alma de la multitud”  ― Benito Mussolini

Mussolini apostó al triunfo de la Alemania Nazi. A pesar de su rivalidad inicial con Hitler, no supo ponerse del lado aliado a tiempo.

Mussolini fue un hombre de gran pecho y una oratoria apabullante. Inventó la primera forma de socialismo de derechas: el fascismo. Aunque es la segunda forma de socialismo reaccionario, porque elimina los derechos civiles y las libertades democráticas. El primero fue manufactura de los comunistas rusos. El fascismo es un híbrido –que parecía imposible– de socialismo y nacionalismo (como se sabe, el socialismo del siglo XIX era internacionalista), combinado con militarismo. La diferencia fundamental con el comunismo es que no predica la eliminación de las clases. A pesar de ser una ideología aparentemente incongruente, ha sido testarudo en la historia. Se le reinventa una y otra vez. Aparece con diferentes tipos de disfraces.

Los orígenes de Mussolini fueron humildes. Fue hijo de un herrero y una maestra. Estudio para maestro, pero no hizo carrera debido a su vocación política. Se inscribió joven en el Partido Socialista. Estaba más interesado en la fórmula revolucionaria y violenta del socialismo que en su aspecto reformista y pacífico. Desarrolló una gran actividad subversiva, sindical y periodística, en varias ciudades italianas. Fue encarcelado en varias oportunidades.

Cuando estalla la Primera Guerra Mundial, en 1914 toma una postura ultranacionalista favorable al ingreso de su país en el conflicto internacional. Eso provoca que se le expulse del Partido Socialista. Se enrola voluntariamente y combate hasta resultar herido en 1917. En 1919 crea en Milán los Fasci di Combattimento, unas milicias con las que enfrenta a los izquierdistas, ya fuesen socialistas, comunistas o anarquistas. Gracias a ello logra el apoyo de industriales y terratenientes. Con ese arbotante consigue la curul de diputado en 1921.

Para octubre de 1922 organiza la famosa Marcha sobre Roma. Convoca a cuarenta mil “camisas negras” (así llamados por el color oscuro de su uniforme), para hacer presión política. Entonces el Rey Víctor Manuel III lo designa Presidente del Consejo de Ministros. Desde ese momento, se dedica a organizar el primer estado fascista de la historia. Los rasgos de este Estado son el nacionalismo, el militarismo, el anticomunismo, el antiliberalismo, la estricta censura y, sobre todo, la omnipresente propaganda.

Para demostrar su poder y afianzar su posición en el mundo, lleva adelante una política colonialista. Invade Etiopia (1935), Libia (1938) y Albania (1939). Ese año firma con Alemania el tristemente célebre Pacto de Acero, donde Italia se compromete a luchar al lado del Eje en la Segunda Guerra Mundial. Posteriormente organiza una invasión a Grecia que termina en fracaso. También sus tropas son derrotadas en el norte de África. En julio de 1943, los Aliados invaden Italia. Su gobierno cae y es hecho prisionero. Escapa ayudado por paracaidistas alemanes. Con el apoyo de Hitler, organiza un gobierno títere en Saló, al norte de Italia: la República Social Italiana.

Ante el avance de sus enemigos y el derrumbe de la Alemania nazi, intenta huir a Suiza. Para su desgracia, fue capturado por los partisanos. En Dongo, el 28 de abril de ese mismo año, fue fusilado junto  a su amante, Clara Petacci. Los cuerpos de ambos fueron colgados boca abajo para someterlos al escarnio público.

Rafael Leónidas Trujillo (1891-1961)

“Dios manda en el cielo y Trujillo en República Dominicana” ― Rafael Leónidas Trujillo

Trujillo fue el típico dictador tropical. Jamás tuvo conciencia de todo el resentimiento y rencor que producía en sus allegados con sus ofensas. Todo esto ha sido muy bien descrito por Mario Vargas Llosa en su novela La fiesta del chivo.

En 1907, a los 16 años de edad, Trujillo obtuvo un empleo como telegrafista, actividad que ejerció durante 3 años. Después se dedicó al cuatrerismo, a la falsificación de cheques y el robo postal. Por estos delitos fue declarado culpable y encarcelado algunos meses. En 1916 nuevamente se dedicó a actividades criminales y lideró una banda de asaltantes, temida por su violencia. Más tarde trabajó durante dos años en la industria azucarera como guarda campestre.

En un golpe de astucia se una a la Guardia Nacional, un cuerpo militar creado por los Estados Unidos para preservar sus intereses en la isla. Llega al cargo de comandante de ese cuerpo. En 1930 da un golpe de Estado y se proclama presidente de la República Dominicana.

La dictadura de Trujillo se apoyó en el ejército y la policía, reprimiendo brutalmente a sus opositores. El nepotismo y la corrupción enriquecieron, en detrimento de la mayoría del país, a una estrecha oligarquía encabezada por el propio clan de la familia, que se hizo con negocios como el monopolio del tabaco. Trujillo edifica obras públicas enormes para perpetuar su memoria. En su delirio de grandeza llegó a cambiar el nombre de la capital dominicana, rebautizándola Ciudad Trujillo.

Se hizo de títulos rimbombantes: Benemérito de la Patria, Generalísimo, Benefactor, Mejor Presidente de la Historia y Caudillo por la gracia de Dios. El tirano disfrutaba haciendo gala de una honda perversidad rayana en la locura. En 1937, ordena la ejecución de la Masacre de Perejil en la que sus esbirros asesinan a machetazos a buena parte de la población haitiana que vivía en territorio dominicano. Se conjeturan entre 15.000 y 30.00 víctimas. Quería aprovechar el rechazo que sentían sus coterráneos por sus vecinos.

En su locura, se erigió como “padrino y compadre cristiano” de todas las bodas. La pesadilla medieval del derecho de pernada regresó rebautizada como ‘requerimientos tributarios’.

El martes 30 de mayo de 1961, a las 9:45 de la noche, en el kilómetro 9 de la carretera de Santo Domingo a San Cristóbal, el auto en el que viajaba fue ametrallado en una emboscada. El vehículo recibió más de 60 impactos de bala de diversos calibres, de los cuales siete impactaron el cuerpo del dictador. Su cadáver quedo tirado en el camino.

Nicolae Ceausescu (1918-1989)

“El feto es propiedad de toda la sociedad. Cualquiera que evite tener hijos es un desertor” – Nicolae Ceausescu

Ceaucescu fue el típico tirano que no previó las consecuencias del desmoronamiento de la Unión Soviética y de su resonancia en el bloque comunista.

En 1933 se afilió a la Unión de Juventudes Comunistas. Estuvo preso de 1936 a 1940 por sus actividades políticas.

Desde 1941 hasta 1944, Rumania participó en la guerra del lado de las potencias del Eje, bajo el mando de Alemania; pero al entrar Rusia en su territorio, se pasó a los aliados terminando como República Socialista bajo la influencia soviética. Para entonces, Ceausescu desempeña varios cargos en el partido, hasta llegar a ser miembro del Politburó en 1955. Sucesor de Gheorghe Gheorghiu-Dej, como primer secretario del partido y como gobernante de Rumania; en el año 1967 fue designado presidente del país.

Casi durante un cuarto de siglo, los rumanos estuvieron sometidos al terror más brutal que hubieran conocido nunca, en nombre de la liberación de los oprimidos y bajo la batuta del Partido Comunista Rumano. El hambre y la arbitrariedad campearon.

El tirano exportó todos los alimentos producidos en el país, condenando a sus súbditos a una penuria que Rumanía no había conocido ni siquiera durante las Guerras Mundiales.

Los rumanos no eran dueños de nada. Ni siquiera de sus cuerpos o de sus embriones. El dictador impuso la Ley de Continuidad Nacional que obligaba a las mujeres a tener un mínimo de cuatro hijos por “deber patriótico”. Las milicias comunistas se convirtieron en una macabra ‘policía menstrual’ que ajusticiaba a quienes no contribuyeran al crecimiento demográfico. Los anticonceptivos fueron prohibidos, y en torno a 10.000 mujeres murieron en abortos clandestinos, asfixiadas por la terrible hambruna con la que el dictador pagaba la abultada deuda exterior.

El dictador rumano era admirador confeso del sanguinario Príncipe Vlad, alias Conde Drácula. Con la siniestra policía política, la Securitate, velando por la asfixia continua de su masa de ciudadanos hambrientos, Ceaucescu y su esposa tuvieron vía libre para dar rienda suelta a los más extravagantes delirios de grandeza.

A pesar de ser profundamente antimonárquico, el secretario general del Partido comunista, Presidente de la República  y Presidente del Consejo de Estado mandó a construirse un lujoso cetro y se autonombró “Genio de los Cárpatos”. Su  exacerbada megalomanía se amplificaba en centenares de efigies por todo el país, amparándose en la sentencia según la cual “un hombre como yo nace cada quinientos años”.

La brutal represión de una movilización en favor de los derechos humanos en Timisoara, originó un sin número de manifestaciones contra su dictadura. Nicolae Ceausescu intentó escapar de Bucarest el 22 de diciembre de 1989, junto con su esposa Elena, también miembro del Politburó, pero fueron capturados y enjuiciados sumariamente, siendo posteriormente ejecutados el 25 de diciembre en Târgovişte, Dâmboviţa. Para sorpresa del mundo el tirano gritó: “¡La historia me vengará!”, antes de ser fusilado. Pero a nadie pareció importarle.

¿Es lícito derrocar a un tirano?

En el Julio Cesar de Shakespeare, el argumento gira sobre la concentración de poder en la republica romana que culmina en la instauración del imperio y de la figura del emperador por encima del senado. Aquí el bardo pone en escena el enfrentamiento entre la tiranía del general romano y la legitimidad de su tiranicidio como un intento de salvar las instituciones republicanas. Con su genio literario, hace encarnar la oposición filosófica entre libertad y opresión en la contraposición dramática de sus protagonistas, Julio Cesar y Marco Bruto.

Según Dante, Bruto está en el infierno por traicionar a Julio César, fundador de una autoridad imperial estimada por la providencia. (Divina Comedia, Infierno, Canto XXXIV, vv. 61-69). En cambio, Shakespeare le brinda muy buenos argumentos a Bruto. Nos lo describe como un intelectual estoico que no envidia el esplendor de César, pero teme a su poder desmedido. Algunos psicoanalistas han insinuado que la necesidad que siente Bruto de encabezar la conspiración contra el dictador se relaciona con el tema edípico de la competencia entre el padre y el hijo. Esta conexión encuentra asidero en la tradición según la cual Bruto era hijo natural de César. Pero en definitiva Shakespeare prefiere la República al Imperio y sus césares enloquecidos. En su rechazo al despotismo, parece coincidir tanto con la teología cristiana como con la doctrina del derecho natural.

De acuerdo a la teología cristiana, la razón humana iluminada por la revelación evangélica, considera legítimo el rebelarse contra los opresores. Tomas de Aquino define al tirano como aquel que desprecia el bien común y busca sus propios objetivos. En consecuencia, “cuando la tiranía es en exceso intolerable algunos piensan que es virtud de fortaleza matar al tirano” (Del Gobierno de los Príncipes, cap. VI. 1265).

En el derecho natural la razón humana —sin necesidad de la revelación religiosa— queda muy bien expresada por los revolucionarios franceses: “Cuando el gobierno viola los derechos del pueblo, la insurrección es, para el pueblo y para cada una de sus porciones, el más sagrado de los derechos y el más indispensable de los deberes.” (Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Artículo 35. 1789).

Puede que nunca desaparezcan los déspotas de la faz de la tierra. Es otro de los muchos desafíos de la libertad. Le corresponde a las sociedades reducir una y otra vez a sus opresores. En esas lidias, de acuerdo con los clásicos, pueden las naciones recibir ayuda providencial. Es cuando el dictador, enceguecido por su soberbia y su hibris, labra su propia destrucción. Reza el Pseudo-Eurípides: “Aquel a quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco”.