¿Y si los militantes se divorcian de los votantes?


Jeremy Corbyn. DANIEL LEAL-OLIVAS AFP

El mayor riesgo del PSOE y otros socialismos no es la ruptura entre líderes y militantes, sino entre el partido y los votantes

Los líderes suelen sentirse muy orgullosos de ganar las primarias, pero no deberían si con ello no conquistan a los votantes. El dirigente laborista Jeremy Corbyn, aupado por unos militantes más a la izquierda que sus líderes anteriores, sigue cayendo en las encuestas en Reino Unido. Estas son algunas: la realizada por Observer en enero muestra una intención de voto de los tories con el 38% de los votos frente al 30% de los laboristas. La conservadora Theresa May es la preferida por el 47% de los británicos para el puesto de primera ministra frente al 14% que prefiere a Corbyn, que sigue acumulando tasas negativas de aprobación en un descenso a los infiernos metroscópicos que no tiene fin.

Las malas noticias para el laborismo no se limitan a la gestión del Brexit, para el que mayoritariamente los británicos apoyan a May y al Partido Conservador, sino a cuestiones como el sistema sanitario británico: el 43% cree que los tories lo gestionarán mejor, frente al 31% que apuestan por los laboristas, según una encuesta para Independent. Algo está fallando cuando hasta la gestión de un servicio público emblemático para la izquierda como es la sanidad se confía más a la derecha. Sobre todo, algo está pasando en la sonrisa de Corbyn.

En Francia, Benoit Hamon también sonrió al imponerse al mismísimo exprimer ministro Manuel Valls en las primarias del Partido Socialista Francés, pero las encuestas siguen registrando un lento descenso hasta situarle en quinto lugar entre los candidatos presidenciales, con un 10,5% de intención de voto. Podríamos estar hablando de su propuesta de gravar a los robots o extender el salario social, pero por primera vez en Francia la irrelevancia socialista ha descalabrado los debates y sus temas no se han abierto paso.

En España, el PSOE se enfrenta a unas primarias complicadas tras la traumática salida de Pedro Sánchez. Éste se arroga el calor de las bases y tal vez lo tenga en cierta medida, pero los votantes le fueron dando la espalda en las citas electorales: consiguió 5,4 millones de votos en junio de 2016, frente a 5,5 millones en diciembre de 2015 y los 7 millones que había conseguido el PSOE en 2011. No se puede decir que su estrategia atrajera a más votantes.

En Andalucía, el PSOE de Susana Díaz en 2015 perdió terreno en 2015 y sumó 1,4 millones de votos frente a los 1,5 millones de 2012. La emergencia de Podemos dificultó la mayoría absoluta que sumaba con Izquierda Unida y Díaz gobierna tras un pacto con Ciudadanos.

La situación es de alerta para una izquierda europea que parece haberse quedado sin discurso (con la interesante excepción de Schulz en Alemania). Pero conviene no confundir el mayor riesgo, ya que es doble: el primero es el peligro de divorcio entre los líderes y las bases; pero el segundo y principal es el riesgo de divorcio entre esas bases y los votantes. Si eso se produce, si los votantes no acompañan a los militantes en sus decisiones, los socialistas españoles, británicos y franceses deberán hacérselo mirar.