2026 se anuncia volcánico

El Etna, siempre sulfuroso, ha recibido el año nuevo con una actividad particularmente intensa que perturba la aviación regional y mantiene en alerta a las autoridades sicilianas mientras la colada de lava ha recorrido dos kilómetros y una meteorología excepcional magnifica el esplendor del espectáculo.
Dos veces hizo erupción en el verano de 2024 y una más en junio pasado y coincide ahora con un despertar de la familia volcánica global, anunciadora de sobresaltos; como si no le bastase al planeta la conjunción de hasta siete focos de tensión geopolítica para sumirnos en una temporada de ansiedad y pesadilla.
Doce de los 1.500 volcanes activos en el globo – parte en su mayoría del denominado Anillo de Fuego que va desde Sudamérica hasta Oceanía- están en erupción y se hace más evidente que nunca la sensación de vivir sobre ascuas, que contrasta con la atención más bien olímpica por la procesión que avanza rugiente en el subsuelo con un peligro real para nuestra supervivencia.
Ahora, además del Etna, mientras celebrábamos jubilosos, las autoridades del Volcanic Ash Advisory Center en Washington daban cuenta de actividad en el Manam, de Papúa-Nueva Guinea, el Ibu y el Semeru en Indonesia; el Home Reef de las Islas Tonga, el Pavlof en la Península de Alaska; el Okmok y el Shishaldin en las Islas Aleutianas y, más próximos, el Popocatepetl en México, el Santiaguito y el Fuego en Guatemala, el Puracé en Colombia y Reventador ecuatoriano.
La data existente desde 1800 refleja un sostenido aumento anual, de quince a más de setenta erupciones, y aunque se haya logrado avanzar en el monitoreo con sismógrafos, GPS y sensores de gas y agua, urge una predicción más exacta que permitiría rescatar a las comunidades aledañas; sobre todo en el caso del Vesubio, cuya explosión en un horizonte no lejano aniquilará a millones de napolitanos que viven indiferentes a sus faldas.
Son ellos una minúscula porción de los 800 millones de personas, casi la décima parte de la población mundial, residentes a una distancia de hasta cien kilómetros de alguno de los volcanes catalogados como activos en 86 países y territorios, y es fácil imaginar las consecuencias de una explosión como la del Krakatoa en Indonesia, que una mañana de 1887 se escuchó hasta en Australia, a 3.500 kilómetros, arrojando cenizas que oscurecieron el cielo a una altura de ochenta kilómetros y causaron crepúsculos espectaculares en cada rincón del planeta.
Quizás es propicia la ocasión para visionar en Netflix la miniserie La Palma, que recrea la experiencia de una familia noruega cuyas vacaciones en las Canarias en 2021 fueron truncadas por la emergencia del volcán Timanfaya, que entonces sembró terror y desolación aunque luego, en generosa compensación, regalase a la isla cuarenta hectáreas de magma petrificado ganadas al mar.
Además incrementó la agricultura con el abono natural vomitado por las entrañas del globo, sin hablar de la actividad industrial generada por el cristal de olivino, un material verduzco semiprecioso, útil en joyería e importante en geología y mineralogía, junto a otras rocas de valor, inclusiones magmáticas y fluidos y la iniciativa, que lanzaron al rompe los pícaros isleños, del primer Congreso Internacional de Cocina y Ecosistemas Volcánicos que sesionó en la vecina Lanzarote mientras ardían aún las fumarolas.
Varsovia, enero de 2026.





